Puzle incompleto de un desierto infinito

16.01.2020

He salido al balcón a mirar el desierto, con una taza de café en la mano. El Sol estaba saliendo por el este, cosa que no reviste noticia, y las sombras desaparecían en progresiva cadencia tragadas por la tierra de las dunas. Un poco a la derecha del sol, como cada mañana, se ha empezado a formar el espejismo con aspecto de pequeño oasis: tres palmeras, una de ellas siempre en discordia; un lago suficientemente grande para nadar un poco, suficientemente pequeño para que no quepan monstruos peligrosos; un poco de césped nunca cortado a gusto de todos en el que tumbarse mientras esperas, en vano, a que alguien te traiga una berbida exótica o una tapa de piel de serpiente frita. El oasis, como todos los sueños que no me creo, desaparece siempre que intento acercarme demasiado.

Entonces he reparado en algo que había omitido hasta hoy, por aquello de "no será nada" o "no vale la pena darle más importancia" o por aquello de qué pereza llenarme los calcetines de arena fina pudiendo quedarme aquí. He reparado pues en una de las sombras que se niega cada mañana a desaparecer cuando todas sus compañeras, con las que quizá no se soporten, ya lo han hecho. Siempre me ha atraído la rebeldía y a la vez siempre me ha molestado la perseverancia excesiva que se torna cansina. Estando más que convencido que siempre es la misma sombra la que se resiste, he decidido vestirme con mi traje de beduino y encima del camello protestón, que no protestante, he recorrido la distancia entre la casa y la sombra. Efectivamente, al llegar allí seguía, cierto que a cada minuto, a cada metro que el sol gana en altura, ella pierde en tamaño. Estando tan cerca, me ha sorprendido, aunque no tanto como yo mismo podría esperar, ver que no es una simple sombra, sino que se trata de un conjunto de piezas de puzle oscuras, rodeadas de piezas color arena. He dejado ir, en medio de la soledad del desierto pues al camello no me atrevo a considerarlo compañero, algo elocuente e inteligente como "vaya" o "qué cojones" y me he agachado. Algunas de las piezas que quedaban estaban siendo engullidas por la arena o, debería decir, por las piezas amarillas de tacto terroso, que iban ganando terreno, como lo hacen en un reloj.

Así pues, todo este desierto está formado de piezas de puzle, de uno solo o de muchos, el puzle imposible de millones de piezas del mismo color solo que con pequeñas variaciones tonales y el oasis destacando a la derecha del sol. A la izquierda a partir del mediodía. Mi camello me ha mirado con esa cara de camello que les hace parecer profundamente antipáticos y soberbios. Por supuesto de él no he esperado ninguna respuesta al enigma, si es que se trataba de un enigma, cosa que constitye otro enigma, saber si el enigma es un enigma. ¿Y yo?, he pensado, y quizá lo he pronunciado incluso puesto que el camello, al que nunca he puesto nombre, ha desviado su mirada de profundo aburrimiento dirigida desde hacía unos segundos a la profundidad interminable del desierto, para volver a posar su enormes ojos sobre mis ojos chicos. ¿Soy una pieza o un conjunto de piezas de este puzle? ¿O acaso soy un espejismo? Espejito, espejito, dime quien es de todos el más bonito. El camello, atontado.

He pensado en tomar una de las piezas del puzle, de las ya escasas de color oscuro de la sombra resistente, pero me ha entrado la paranoia de que, entonces, quedaría un hueco en el rompecabezas e igual sucedía como en La Historia Interminable de Michael Ende, puesto que este es un desierto interminable, y la nada dejada por el agujero, empieza a crecer y a comérselo todo como la nada del libro que simboliza la falta de imaginación se va comiendo el Reino de Fantasía. De hecho, me he dicho, todas las piezas parecen estar en su lugar, las dunas tienen siempre la misma forma o no tengo capacidad para diferenciar los cambios que durante la noche, azotadas por el siroco habitual o por el simún menos común (y sin haberlo deseado, me ha salido un pareado). Tanto sol me está ablandando el cerebro, no por convertirme en alguien más blando, sino más idiota. Sí, claro, decir y pensar estas tonterías es culpa del sol, majo.

No he hecho nada. Me he quedado un rato allí, observando como las últimas piezas de la última sombra se volvían amarillas. Luego, he intentado elevarme para verme como el puntito de color distinto en el puzle imposible, salvando el oasis, que es la parte fácil de completar. Me he visto como la típica pieza que cuando la encuentras la separas para cuando la necesites, la dejas allí porque es la distinta en el mar de amarillo, puesto que el camello tiene un color que se confunde con la arena. Y verme así me ha gustado y he sonreído, a pesar de que mi transporte me ha vuelto a mirar con cara de "mira, y el idiota todavía sonríe", pero creo que ser la pieza distinta es mejor que ser la pieza que no encaja. No lo sé, a pesar de lo bien y de lo guay que queda decir que no encajas en ningún puzle, en realidad todos queremos encajar y encajar está bien, pero no ser una pieza amarilla más en el puzle infinito, aunque bien mirado, incluso, si quitas una sola de estas piezas todas iguales, el puze quedará incompleto, y un puzle terminado pero incompleto es decir que no lo has terminado y se queda alli, con ese vacío que quizá, cuando no mires, irá creciendo y lo engullirá todo.