Que llueva en otros patios

29.05.2019

29 de mayo de 2019

Hoy estreno esta columna, que como siempre que me propongo algo, la veo más fácil y con más entusiasmo de cómo la veré en el tiempo, a no ser que me imponga cierta disciplina. Este espacio, breve (un folio), me servirá para emitir opiniones sobre hechos diarios, pensamientos, conversaciones, sucesos y otras cosas, con menos contenido que un artículo.

Para ser el primer día, hablaré de una cosa remota, que sigue reverberando en mi interior de vez en cuando, que insiste en no largarse nunca del todo a pesar de sus largas ausencias. Pues hay factores, personas, recuerdos y olvidos que se instalan en un rincón y lo hacen suyo, se creen amos de una casa que solo se les alquiló temporalmente. Depende de cómo esto se enfoque, puede ser tomado como rencor, como trauma, como nostalgia o como sueño.

Hace muchos, muchos años, yo tenía a un amigo. Este amigo lo fue durante la infancia, la adolescencia y parte de la juventud durante la cual, por razones de estudio y estilos de vida, nos fuimos distanciando. Recuerdo especialmente algunas anécdotas concretas que no relataré aquí porque robarían un espacio que no quiero robarle a la columna. La mayoría de estas anécdotas, eso sí, son buenas, pero vienen manchadas por un final que pesó demasiado, supongo, constituido de piedras que sepultaron lo demás. En este final, el amigo en concreto me pidió una serie de favores, de aquellos que no son directamente requeridos como tales, sino que son manifestados en forma de acciones normales dentro de una amistad de mucho tiempo. El último favor, este sí fue instado así, le permitió a esta persona usar relatos míos para acceder a un puesto de trabajo al que, de otra forma y debido a no haber terminado sus estudios y no tener la misma capacidad que yo para inventar historias, no habría accedido. Hicimos trampas, haciendo pasar por suyo lo que era mío. El tema, y ahí viene el quid de todo, es que esta persona consiguió el trabajo y yo no lo supe hasta mucho, muchísimo, tiempo después y a través de terceros. Es decir, después de concederle el favor, desapareció de mi vida. Si bien es cierto que yo no le estuve llamando con insistencia, que no fui a preguntar a otros cómo le iba, también lo es porque siempre he pensado que lo lógico, lo correcto incluso, habría sido que él me llamara y me dijera: gracias, tío, tengo el curro, te invito a un café o a una cerveza, por poner un ejemplo.

Pasado ya el doble de tiempo de la edad que teníamos entonces o casi, por casualidades que la vida ofrece y que cada vez más me cuestiono como azar, en una especie de conversión mía a pensar que el universo confabula, esta persona volvió a aparecer de forma indirecta y no fue hasta ese momento, aunque tenía salpicaduras de instantes vagos en que rememoraba su desaparición, que me di cuenta de eso dolió, y provocó una serie de interrogantes implícitos: ¿cómo no pude darme cuenta de que era alguien a quien mejor no hacer favores, visto lo antecedido? ¿Tan débil era yo por aquél entonces, tan necesitado de acogerme a alguien, como para no reivindicar mi posición y hacer valer lo que era mío? ¿Fui manipulado durante más tiempo y, por eso, los recuerdos que eran buenos se han ido nublando y tomando la forma de algo irreal? Así mismo, me ha llevado a tener claro que las cosas que se abren (desde una botella a una relación que termina), hay que cerrarlas y, a poder ser, cerrarlas bien. Esta persona, a la que veo ahora como invasora de mi espacio y mi seguridad de entonces y de ahora, ¿se acordará de algo? Esto, que tampoco es que me haya llenado la cabeza para hacerme reventar, pues estoy en otro momento, me ha hecho ver, con claridad, que no se puede vivir con rencor, pero tampoco perdonarlo todo y de que ahora, después de sembrar vientos, sé cómo protegerme de las tempestades y hacer que llueva en otros patios.