Razones para no salir un sábado

28.02.2020

Tumbado en la cama, luces apagadas, la habitación ligeramente iluminada por la luz de las farolas de la calle principal del pueblo colándose entre las rendijas de la ventana, los escasos segundos o minutos que tardas en dormirte, te viene un sentimiento de soledad, quizá acompañando los haces del alumbrado urbano. Lo más curioso es que no es un sentimiento triste, tampoco es alegre, simplemente es un sentimiento. Tu vida social gira alrededor de los niños y sus actividades: padres y madres de la escuela, madres y padres de la actividad extraescolar; y también alrededor de las escasas ocasiones en las que quedas con alguien para cenar. Te viene a la cabeza aquella gente que siempre está haciendo o participando de actos sociales y no sientes ni envidia ni lo contrario hacia ella. Alguien te hizo la reflexión, o la hizo para sí misma y simplemente tú estabas a su lado, de que la gente con una vida social excesiva es porque no saben estar solos, cuando lo están se angustian. Tú has aprendido a estar solo y disfrutas de ello, necesitas algunos espacios en los que la única compañía que tengas sea tu sombra, seguramente por esto que tu vida social no sea un continuo no te angustia. Y te preguntas si pensar que deberías tener más vida social se debe a la visión de mucha gente de que si no la tienes es como que no mereces la pena, que eres un lobo solitario, un aburrido, un lo que sea. Pero no es así. La socialización, evidentemente, comporta riqueza, la soledad también. En otra ocasión, una amiga, hablando de una tercera persona, se refería a ella como que no era precisamente el alma de la fiesta. Tú tampoco lo eres, y qué, puedes pasártelo bien igualmente.

No hace demasiado que de vez en cuando te viene el pensamiento de que, si te pasara una desgracia (un infarto, un resbalón y la cabeza contra el mármol) nadie se enteraría, tu cuerpo quedaría allí tumbado y tu mente en estado de inconsciencia hasta morir. ¿Tardarían cuánto? ¿Dos días en encontrarte? Ya no habría nada qué hacer. Este sentimiento no es solo un sentimiento, viene acompañado de algo de angustia y de la imagen triste de tu yo imaginario y futuro tumbado sobre el suelo del piso con un reguero de sangre saliendo de la cabeza (demasiadas películas), quizá la cortina caída al intentar apoyarte en ella para no caerte. Por suerte no serían tus hijos quien encontraría el cadáver ahora mismo. Pobres. Un amigo tuyo vio morir a su padre delante de él, un derrame cerebral mientras cenaban y conversaban, no supo ni pudo atenderle y la ambulancia llegó demasiado tarde. Puta tragedia. Crees que te estás haciendo viejo, has pasado el ecuador y ya te queda menos futuro que pasado, al menos por lo que a tiempo se refiere. Sin embargo dentro de ti vive alguien más joven que fuera, con muchos sueños por cumplir todavía, con la sensación de ser capaz de hacer de todo a pesar de que ya no te atreves a saltar las mismas barandillas y de que tienes que agacharte flexionando las piernas. Cuanto más se acerca el final, piensas, más prisa tienes. ¿Te lo has tomado todo con demasiada calma? Es posible.

A cada día que pasa le encuentras menos sentido a levantarte para ir a trabajar, en pasar un tercio de tu jornada dedicada a ganar dinero para vivir, a sustentar un sistema creado desde arriba. Quizá como consecuencia, o quizá como causa de esto, aprecias más las cosas que haces cuando no trabajas o, no te engañes, las que haces también en horas de trabajo. A cada día que pasa te parecen más bonitos los ríos, los bosques, el mar, la playa, las nubes, la infancia, la juventud, la madurez, la vejez, las sonrisas, las calles, las sombras, la Luna, la noche, el amanecer y el atardecer y todo aquello que es probable que no hayas sabido apreciar como merece hasta ayer, hasta ahora. El concepto equivocado de que eres más aburrido por no salir un sábado en lugar de por apreciar un buen libro, una buena película, un buen paseo, una cerveza en una plaza, el ruido de las olas golpeando las rocas o jugando con la arena, el vuelo de una gaviota. Levantarte a las seis o las siete para aprovechar el día. Y que ya saliste mucho y ahora te apetecen otras cosas, mira que es simple. 

La sensación de estar desperdiciando gran parte de tu vida trabajando en algo que no sea un proyecto tuyo, propio, que te llene como te llena estar con tus hijos o cerrar los ojos con el Sol acariciándote en competencia con la brisa, es a cada despertar una sensación mayor. Quieres ser rico en tiempo, no en dinero, y eso que tu trabajo es social, imagina si fuera en una multinacional dedicándote a producir para enriquecer a otros y alimentar el sistema que nos han vendido como el bueno. Suerte que según parece va creciendo la gente que piensa como tú y empieza a rebelarse con pequeños pasos, encontrando las formas de convivir de maneras distintas, de vivir de formas más en sintonía con la cantidad de cosas preciosas que nos rodean. O quizá no sea nada de esto y simplemente la crisis de la mediana edad, la de darte cuenta que has pasado el ecuador, esté planeando sobre tu cabeza que se niega a perder pelo y, por suerte, a dejar de imaginar cosas.