Regresar al infinito de la infancia

16.12.2019

Ayer mi hijo pequeño, ya en la cama, antes de ponernos a leer el quinto volumen de Harry Potter (con las voces que pongo a los personajes y que por suerte nadie graba), se puso a llorar. Fue un llanto triste de aquellos que solo puedes consolar con un abrazo. No recuerdo exactamente cómo llegó, algo dije yo o dijo él o su hermano que provocó su respuesta o su reflexión de "cuando todavía mamá y tú no estabais separados". Entonces se hizo ovillo en su cama, la superior de la litera, y le oí llorar. Subí y le pregunté qué pasaba, a pesar de ya saberlo, porque quiero que puedan expresar sus sentimientos y no hagan como mucha gente, como yo seguramente, que por algún motivo durante mucho tiempo y algunos incluso hasta que mueren, prefieren no hacerlos salir. Pero es un niño, es pequeño, y no sabe comerse lo que siente, y espero que nunca aprenda o que si aprende sea para darse cuenta de que no es bueno. Me contó entre lágrimas que se sentía triste al pensar que sus padres no estaban juntos. Le abracé y le conté, tan bien como pude o como sé, que cuando alguien toma decisiones difíciles e importantes, hay que confiar que lo hacen por un buen motivo. No con estas palabras exactas, sino en una adaptación. No fue una contestación larga, una exposición, simplemente un comentario. Luego añadí que quedarnos estancados en algo es como no avanzar y que hay que mirar hacia adelante, seguir, por muy difícil que resulte el camino o por mucho que pese el equipaje. También en otras palabras.

Curiosamente (o no), hace muy poco hablaba con alguien de aquello que nos ha marcado en la infancia. Mis padres se separaron siendo yo muy pequeño y no tengo ningún recuerdo de nuestra vida juntos, las fotos son recuerdos de las mismas fotos, no de algo que yo viviera. El problema, por llamarlo de alguna manera, de la infancia es que todos los golpes te los dan los demás, no es como en la vida adulta que te los das a ti mismo. Nada de lo que sucede, de lo que te marcará, es o puede atribuirse a la culpa de uno mismo. Las decisiones trascendentales que te afectan de niño o niña las toman otros: a qué colegio vas, dónde vives, qué comes, qué haces, quién te rodea, cómo vives. A medida que vas creciendo, si la educación que has recibido es más o menos acertada, irás teniendo más peso en las decisiones y si sabes jugar tus cartas -también es una forma de hablar- podrás influir en las decisiones de esta gente que gobierna, sin democracia o con una democracia escasa, tu existencia. Del mismo modo que en un sistema (social, económico, cultural), nacemos siendo dependientes, vamos aprendiendo y comprendiendo y luego nos rebelamos contra el sistema mientras intentamos imponer el nuestro y al final, o bien hay un tratado de paz en el que cada parte esté más o menos contenta, más o menos descontenta, o bien hay una ruptura total. En la sociedad se llaman revoluciones, en el ciclo vital se llama adolescencia. Y son totalmente necesarias en ambos casos.

Los niños y las niñas tienen que reír y ser felices, pero será difícil llegar a ser feliz después si la vida que se ha tenido no ha hecho entrar en ella obstáculos que nos hayan hecho daño, nos hayan tumbado, nos hayan hecho darnos cuenta de que esto no va de cómo caes, sino de cómo te levantas (esta frase es mía, suponiendo que nadie la hubiera dicho antes en mi desconocimiento, y me encanta). De esta manera, siguiendo tal doctrina, si sobreproteges a una niña o a un niño, le estás desprotegiendo, no le estás dando las herramientas para que sepa defenderse solo cuando sea necesario. Pasa lo mismo si no le proteges de ninguna forma, por supuesto. Hay cosas que siendo niños tenemos que entender que no dependen de nosotros y que no nos ayudarán en nada mil explicaciones, pero nos ayudará menos aún que se ignore nuestro malestar o bienestar, que se omitan nuestras peticiones infantiles con bastante probabilidad repetitivas e incoherentes en ocasiones. Leyendo la saga creada por J. K. Rowling, mi hijo pequeño, el que ayer noche lloraba, me pregunta por el significado de muchas palabras (cada vez más, atendiendo a que la saga está pensada para algo mayores y que va creciendo con el lector), algunas de las cuales le he explicado qué significan muchas veces. Si me enfado y le digo que ya se lo he contado, no le estoy ayudando; si sin enfadarme me limito a decirle que intente recordar lo que le expliqué sobre esa palabra ayer o anteayer, le estoy ayudando un poco; si se la vuelvo a explicar, mencionando que ya me lo ha preguntado otras veces e incluso haciendo algo de broma sobre ello; le estoy ayudando más. El psicólogo del desarrollo Lev Vigotsky postuló que el desarrollo intelectual de un niño viene determinado en básicamente por el entorno humano en el que se encuentra, más que por sus capacidades individuales Entre sus teorías más destacadas, la que apoya esto es la determinación de la llamada Zona de Desarrollo Próximo, que se define como "la distancia entre el nivel real de desarrollo (determinado por la solución independiente de problemas), y el nivel de desarrollo posible, precisado mediante la solución de problemas con la dirección de un adulto o colaboración de otros compañeros más diestros." Es decir, y ya termino, que una cosa es dónde estás y la otra el potencial de dónde podrías estar con la estimulación adecuada, con una guía que no con alguien que te ignore o que te solucione los problemas.

Así pues, le abracé, le dije que me sabía mal que se sintiera así y que me dolía verle triste, añadí los dos comentarios que he escrito antes y seguí leyendo. Mi hijo mayor, de mientras, escuchaba en silencio y luego les oí hablar un momento en la cama y se ayudaron más entre ellos de lo que seguramente hice yo, el mayor fue quien impulsó la Zona de Desarrollo Próximo esta vez.



Charlas para padres/madres y profesorado sobre adolescencia y lectura - Talleres de narrativa y novela - Copywriting - Informes de lectura - Lectores 0 - Corrección de estilo