Reunión familiar

01.10.2018

No entiende todavía porqué ha tenido que venir. Le fastidia. Cosas más importantes y sobretodo más interesantes podían estar ocupando su tiempo que no esa visita. Ha recibido la llamada justo cuando acababa de irse ella, al menos eso le ha respetado la vieja. Pero después de casi tres horas conduciendo, la última media por aquél camino impracticable que sí, que muy bonito con los árboles tapando el sol del atardecer y las hojas caídas y las putas ardillas que debe de haber por ahí y todo eso, pero que le jode los bajos del coche, lo único en lo que piensa es en que debería estar haciendo cualquier cosa, menos esa.

Antes de llamar a la puerta, la Sra. María ya le abre, le ha visto venir. Él deja su chaqueta en los brazos de la mujer y el sombrero y pregunta bruscamente que dónde están. La sirvienta, que lleva en esa casa tanto tiempo que él siempre la ha recordado mayor y gorda, le dice con tono servil que en el salón. El recibidor es enorme. Unas escaleras demasiado pomposas suben a la primera planta. El suelo es de mármol negro con finos adornos blancos. En las paredes hay cuadros que valen una fortuna. Con uno solo de esos tendría para sufragar las deudas que se le van acumulando. Las ventanas muestran el jardín, con la típica fuente de piedra de un querubín cursi, seca. Su coche está aparcado junto al de Alba, ese vulgar turismo de ciudad. Del recibidor salen cuatro puertas: la de más a la izquierda da a un comedor amplio que, a su vez, da a la cocina; la segunda por la izquierda lleva a la biblioteca donde tantas horas pasa el viejo, allí sentado en su sofá leyendo o en su escritorio, escribiendo; la segunda puerta por la derecha lleva al salón, con su mesa de billar, más libros y cuadros, un mueble bar y una mesa como de reuniones; la de más a la derecha da a un pasillo que conduce a las estancias del servicio donde ahora sólo duermen la sirvienta y la enfermera. Antes habían vivido allí hasta cinco o seis personas más. A medida que los hijos y familiares gorrones habían ido abandonando el hogar y que sus dueños se hacían mayores, las necesidades se redujeron y se fue despidiendo gente. Suerte de eso que se metió en medio el tío Carlos, que sino seguirían allí cobrando sin pegar sello. De acuerdo, él no es un currante nato. Está de gerente de una de las empresas de su padre, del viejo, y además la está arruinando, aunque eso no lo sabe nadie más que él y su abogado. A él lo que le gusta es disfrutar del dinero heredado, gastarlo en coches y en regalos para su amante, ir a comer a restaurantes caros y acudir a citas sociales con gente importante. A parte de eso, no repara en gastos para que sus dos hijas tengan lo mejor y para algún detalle para su mujer, de vez en cuando, que no la haga pensar que se está cepillando a otra, que lo hace, pero que no lo piense.

Mientras se dirige al salón, pregunta a la Sra. María si sólo ha llegado su hermana Alba, y la señora responde que no, que él es el último. Previo a hacer su entrada llena de frustración por el mero hecho de haber acudido a la llamada, Martín se pone bien la americana, cuello y puños, carraspea y con ambas manos abre la doble puerta. Todavía es atractivo, a sus cuarenta y pocos. Reducir barriga no le iría mal y un poco de forma física tampoco. Le gusta su pelo rubio sedoso con el que disimula la incipiente calva, y sus dientes blancos y si piel relativamente rosada. Se gusta a sí mismo, no puede evitarlo.

Entra el sol del atardecer por los ventanales y dan una iluminación bonita al salón. No, si la casa es jodidamente bonita, eso sí lo tiene a pesar de estar en el culo del mundo y de necesitar un mantenimiento demasiado costoso. En el fondo, sentada en el brazo de una butaca antigua, está Alba, su querida hermana, de las dos mayores la menor. Él, Martín, es el cuarto de cinco hermanos. Alba es la tercera. Está fumando de cara a la ventana, con ese aspecto de ensoñación permanente. No es que no la quiera, que algo sí pues son hermanos, pero se siente tan lejano a ella.

"Mi adorada hermana", saluda él con falsa cortesía.

Su hermano mayor, Carlos, pone cara seria y le mira mal al darle la mano. Su hermana mayor, Claudia, con su impresionante belleza, le da un abrazo algo hipócrita. Y preparándose una bebida está su hermanita, su querida Anabel. Ah, sí, y allí también está Miguel, su hermano adoptivo. Suspira, saluda y pregunta qué coño están haciendo allí, porqué su madre les ha pedido que vayan con tanta urgencia. Papá se muere, responde Carlos. Y él, sin darse cuenta, sonríe.