Sácala a bailar (antes de que acabe la canción)

10.03.2021

Suena una música frenética y, frenética, la chica baila en su espacio de la zona de baile, espacio que se ha ganado por su forma de moverse. Agita los brazos arriba y abajo, salta, gira la cabeza provocando que el pelo largo, cuyo color no puede adivinarse a causa de las luces policromas, aseste golpes al aire siempre cargado de estos lugares. Viste como si fuera una chica yeyé que ha viajado en el tiempo y se acaba de comprar ropa actual parecida a la que conoce de los años sesenta. Sentado en la barra, mientras Carla no para de rondarlo, Miguel no puede dejar de mirar a la chica frenética. Carla o bien va demasiado borracha para darse cuenta o no quiere darse cuenta, en la certeza de que quien la sigue la consigue. Miguel se imagina levantándose del taburete, sin decirle nada a su amiga ―que desea ser más que amiga―, al menos esta noche, caminando entre las siluetas marcadas por los focos, acercándose a ella y poniéndose a bailar juntos; ella sonreirá e imagina, anticipando unas horas en el futuro, que ya se besan con frenesí en la zona chill out de la discoteca y le mete mano por esas piernas que ahora, sentado en la barra, se le antojan suaves y de temperatura prodigiosa. Luego se seguirán besando de camino a su casa, la de él o la de ella, la de ella mejor, que será un amalgama de libros desordenados en estanterías repletas, una cama futón en una pequeña habitación de luz naranja aterciopelada y sexo como nunca, y saber que aquello marcará sus vidas cuando él, tras hacer ademán de irse, aceptará quedarse a dormir porque ella se lo pedirá. Y la envidia de sus amigos y los celos de Carla al estar él con una chica culta, inteligente, simpática y carismática, y su madre emocionada, quién lo iba a decir.

Pero Miguel se imagina también levantándose, diciéndole a Carla que lo siente, yendo hacia la chica mientras tropieza o choca o aparta con dificultad a la multitud de cuerpos sudados que danzan y que, al llegar hasta ella, se pone a bailar con su estilo patoso y mediocre y ella le presta atención una milésima de segundo o menos y se gira, dándole la espalda, pues está bailando para divertirse, no para ligar, que en caso de querer ligar no sería con un tipo anodino como él, y cuando acabe la canción ella volverá a su época montada en un Seiscientos amarillo pastel.

Carla no cree que él sea anodino. De hecho, piensa Miguel, lleva tiempo prestándole mucha atención, insinuando posibles espacios a solas como que si el sábado voy al teatro y tengo dos entradas y la amiga con la que tenía que ir no puede y puntos suspensivos, esperando a que él pillara la indirecta y dijera algo y él no dijo nada porque tenía la cabeza puesta en chicas como la que ahora baila de forma frenética, en armonía casi perfecta con la música. Carla no se da cuenta o no quiere darse cuenta, o sí, por eso al final se aleja de Miguel, cruza la pista de baile sorteando con gracia a los bailarines nocturnos y se pone a decirle algo a la chica frenética y ella que lo mira a él, sentado en la barra, que se ruboriza, suerte que lo disimulan los focos multicolores y entonces las dos le hacen señas para que vaya a bailar y Miguel no sabe dónde meterse y se le atraganta el último trago aguado del cubata, pero qué cojones, se levanta, sonríe, se señala a sí mismo en un gesto de cómico malo y ellas insisten y le parece ver o le gusta creer que le ríen la gracia y Miguel cruza la pista de baile mientras tropieza, choca y aparta con dificultad a la multitud de cuerpos sudados que danzan y, al llegar hasta ellas, se pone a bailar.