Sobre estos pilares

18.09.2019

Después de tanto tiempo, me he puesto a observar los pilares sobre los que se ha ido construyendo mi vida, como el arquitecto -sin conocimientos de arquitectura - que mira su casa desde fuera después de vivir en ella y haberla visto siempre desde dentro. Suponiendo que esto, lo de mirarse desde fuera, sea posible. El hecho de observar los pilares no habría tenido lugar, imagino, si no fuera porque algunos de los muros parecen estar a punto de romperse, algunas de las ventanas no ventilan y algunas de las puertas no se abren. Me he dado cuenta, observando a veces con paciencia y otras sin ella, de que muchos pilares, en realidad, ni siquiera eran eso. Otros, como columnas de unas antiguas runas, permanecen erguidos y solemnes, aunque ya no sustenten nada. En tercer lugar están aquellos que siguen siendo pilares porque uno se ha empeñado en que lo sean, sin embargo ellos no quieren seguir siéndolo o apenas les quedan fuerzas para pedir ayuda antes de desmoronarse. En cuarto lugar, he encontrado aquellos que fueron alzados sobre fango y, a pesar de su robustez, ésta de nada les sirve.

He intentado clasificarlos, también, por lo que en teoría sustentan: quizá ese, elegante y de estilo exclusivo, sea el de la vida social, sin embargo veo que a fragmentos está construido con el mejor de los materiales y a fragmentos es arcilla reblandecida por demasiada lluvia, o por lluvia inconveniente o simplemente por la lluvia, a la que no debo echar ninguna culpa, ella no construyó el pilar. Puede que ese otro, que parece a punto de caerse y revestido de apoyos, sea el de la vida sentimental. Es probable que el pilar central, el de las paredes maestras que no son maestras en nada, sea el de la autoestima, el del yo mismo, ese que a veces no miro por feo y, otras, intento aguantarle la mirada ya sea con altitud de miras o como reto. El pilar más nuevo y más fuerte, un pilar doble, sé de qué es, es fuerte y hermoso, constante, incondicional y sin embargo temo que si me abrazo demasiado fuerte a él otros caerán o éste mismo se hundirá bajo mi peso. Al contarlos, que hay más, no tengo claro si son muchos o demasiado pocos.

El pilar que no sé imaginar qué sustenta o debería sustentar, es ese que va creciendo como una enredadera, envolviendo a otros pilares, los cables de la luz y las cañerías, delgado, con flores de vida corta. Es el que me gusta mirar más a menudo pues parece que crezca solo, un superviviente que se agarra también a las rejas del balcón mostrando sus colores al exterior gris, una llamada de atención silenciosa, un "estoy aquí" sin alardes ni miedos. Quizá ni siquiera sea un pilar. O acaso precisamente este sea EL pilar, el que nace sin permiso o sin permiso consciente, el que gracias a su falsa fragilidad envuelve a los demás y les dota de vida, otorga belleza a la fealdad, esperanza a la desesperanza, seguridad a la vacilación. Lo hace suavemente, más con una caricia que con una bofetada, más con un abrazo que con una estrujada, con el aliento tierno del crecimiento imparable. Es la flor en el muro, la isla en el océano o el oasis en el desierto, me digo a mí mismo; al menos hasta que me vence la flaqueza, ese pilar indeseable que ha crecido como mala hierba.

Lo curioso, no obstante, es que la observación de esos pilares no es nueva, ya los he mirado en el intento de extraerme en más ocasiones; pero las sensaciones de dicha observación sí son nuevas en cada intento. Hoy a algunos los veo tan gastados, tan poco firmes, que tengo ganas de dejarlos caer, como hice con otros hace tiempo, no tanto o ya mucho; a otros creo que seguiré poniéndoles pequeños andamios o reforzando los hierros que los mantienen erguidos, más por sentimentalismo que por convencimiento. Y por último, aunque creo que lo he estado mirando siempre de reojo, miro al que lleva conmigo casi toda la vida y que en ocasiones he construido tan bien que me admiro y en otras he abandonado tanto que me critico (dependiendo del estado de ánimo es una crítica destructiva o constructiva). Hoy, animado por el pilar enredadera, creo que voy volver a dedicarle mi atención, repararé algunos de los huecos que no supe o no quise o no me atreví a rellenar en su momento y luego, en lugar de alejarme o de meterme dentro de nuevo, simplemente cambiaré de perspectiva.