Sorteando las olas

25.11.2019

pasear v. intr. y prnl. Andar por placer o para hacer ejercicio por un lugar, generalmente al aire libre, despacio y sin un destino determinado.

Tuve que aprender a pasear de nuevo, pues se me había olvidado. Me di cuenta mientras dejaba mis huellas sobre la fina arena de la playa en una tarde de un domingo de un otoño como el de ayer. Llegué a la playa deprisa, como si me esperara alguien y yo llegara tarde y después de detenerme a mirar el mar un rato, volví a poner en marcha mis piernas a un ritmo alto hasta que me detuve de nuevo, me senté en un lugar en que las olas formaban un pequeño muro natural de arena elevada, en el que me senté. Antes de aprender o de reaprender a admirar el paisaje, tomé un par de fotos (malas, como siempre) del mar y grabé un vídeo corto (malo, como siempre) de cómo el agua salada y espumosa subía por la orilla hasta mis pies, calzados con unos zapatos maltratados por el uso excesivo. Entonces fue cuando me di cuenta, allí sentado, notando la humedad traspasar los límites de la tela del pantalón, nada adecuado para el momento. Había salido a pasear pero no sabía hacerlo.

Me acordé de aquellas caminatas que hacía no hace tanto muchas mañanas, levantándome muy temprano y recorriendo caminos que sorteaban árboles de bosques cercanos y se enfilaban por las montañas tímidas de la comarca en la que vivo. Aquellas caminatas para hacer ejercicio en las que, curiosa y contradictoriamente, andaba deprisa pero sin prisa. Eran una huida, lo supe tiempo después de empezar a tomar afición a aquella actividad, y me servían para pensar mucho sin que mi cerebro, gracias al ejercicio físico que acompañaba al pensamiento, colapsara, en un momento en que colapsaba con facilidad, igual que la sangre del alcohólico ya lleva consigo el alcohol como a un amigo que lo va destruyendo pero sin el que no puede vivir, o cree que no puede vivir sin él. Entonces sí paseaba. Me perdía por senderos y cada vez que descubría uno nuevo sentía un placer inmenso y me invadía un espíritu de da igual hacia dónde me lleve o el tiempo que me tome recorrerlo. Mi vista se perdía entre los árboles, se quedaba maravillada cuando algunas mariposas revoloteaban cerca o admirando la diferencia entre flores o brotes de hierba. Y cuando emprendía el regreso con las piernas ya cansadas, después de bastantes kilómetros, a veces 10 a veces 20, lo hacía satisfecho, algo perjudicial había salido para dejar un vacío que se había ido llenando de la belleza del entorno, del aire puro y del sonido de la naturaleza. Sí, mientras lo escribo me asalta la sensación de que suena entre remilgado y presuntuoso, pero así lo sentía. En alguna ocasión, admirado de lo que iba encontrando, tomaba una foto, pero nunca hacía justicia a lo que veía ya que la belleza de un lugar, como reza el dicho, se basa en gran parte en los ojos que la miran.

Pero la tarde de domingo, mientras el sol iba cayendo por detrás de los mástiles de los veleros anclados en el nuevo puerto, caí en que ya no sabía pasear. Había llegado a la playa como si tuviera el tiempo justo y me movía por ella dirección noreste como si tuviera que volver rápido. Pero no, no me esperaba nadie, no estaba allí para quemar calorías. Había salido a pasear. Así que aminoré el ritmo, mis pasos se hundieron en la arena bien cerca de las olas y las fui acompañando. Cuando ellas subían yo desviaba mis pasos un poco hacia arriba para no mojarme, aunque ya notaba la humedad en los calcetines. Me dije que llegaría hasta el principio del pueblo adyacente y luego regresaría exactamente por el mismo lugar, deshaciendo, nunca mejor dicho, el camino y me distraería mirando como la marea iba subiendo. Pasé junto a una pareja con perro que charlaba, muy cerca él de ella y ella de él mientras el can husmeaba como si debajo de la arena hubiera tesoros. Recordé paseos por allí con otras personas, unas trascendentes, otras importantes, algunas insignificantes en mi vida. Observé como los guijarros dejan una curiosa huella, arrastrados por la resaca, minúsculos puntos en la arena. Cogí unas pocas conchas y también unos pocos cristales redondeados por el agua.

Al volver, en ocasiones me veía corriendo playa arriba para evitar que las olas, que jugaban conmigo, me atraparan. Pensé en qué pensaría la mujer que paseaba con su perro unos metros detrás de mí, viendo a un tío como yo con un libro en la mano, subiendo y bajando por la orilla sorteando olas. Me pareció que sería bonito tener un perro que paseara junto a mí, pero yo sería un mal amo para un buen perro. Recordé también la última vez que vine a la playa con mis hijos y lo precioso que es verlos jugar allí, como sonríen constantemente. El mar es mágico, pasear es mágico. Los últimos rayos de sol convertían mi sombra en un gigante altísimo y muy delgado que intentaba llegar al final de la playa en dirección opuesta a donde yo iba. En las piedras del rompeolas me quité los zapatos y los sacudí para que cayera la arena que quería descubrir mundo viajando de polizonte escondida en mis pies. Miré la inmensa extensión de agua, sal y vida unos instantes antes de abandonar la playa y le di las gracias. Luego enfilé la parte final del paseo, que ya era un paseo, por la zona asfaltada entre zonas de juego y mesas para picnic. Atendí la llamada de A., de quién por alguna señal extraña había escrito anteayer en el diario y ella me escribió un mensaje por la mañana, en una coincidencia que escapa a mi comprensión, hasta que la cobertura decidió que ya bastaba, que pasear no es eso. Para terminar, antes de meterme por el túnel que cruza la nacional por debajo, me detuve una última vez, contento, y dejé que una última ola golpeara contra las rocas para salpicarme, como si me dijera: hasta luego, espero que vuelvas pronto.


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