Susto o muerte (24x6)

16.09.2018

00:00 - 01:00

"Y en la más tenebrosa oscuridad del laberinto de su memoria se encontró con esa bestia que le acechaba en sus pesadillas. El monstruoso ser se abalanzó sobre él y sintió crujir todos sus huesos bajo el peso del terror..." ¿Qué ha sido eso? Estoy loca, no ha sido nada. Sí, joder, ahí está otra vez, es como un golpeteo rítmico. Mierda, mierda, mierda, hay alguien en la puerta, seguro. ¿Dónde tengo el bate? Aquí, voy a ver. No oigo nada. Está oscuro ahí fuera. ¿Eso era una sombra? Mierda, Gabriela, no hay nadie, estás paranoica. ¿Qué te dijo el psicólogo? Respira hondo, no hay nada acechando en la oscuridad, tus monstruos, fantasmas y asesinos en serie no existen, sólo están en tu mente. Son representaciones creativas de tus miedos y nada más. He de acabar este libro de una vez o Gloria me matará. Vamos, céntrate, joder. A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí: "...sintió crujir todos sus huesos bajo el peso del terror. Trató de luchar contra él con las manos, los pies, las uñas y los dientes sin ningún tipo de éxito. Pudo notar cómo se apoderaba de su cuerpo, de todas las fibras de su ser, de su conciencia, de su aliento; para convertirle..." ¡Ahí está el ruido otra vez! Es en la ventana, ¡no me lo he imaginado, no estoy loca!

-¿Quién hay ahí? Tengo un arma y sé cómo usarla. Y llamaré a la policía. Y a los geos. Y a todo el mundo. ¿No contesta? Voy a abrir la ventana y si no se ha ido, pienso tirarle al vacío (Así, Gabriela. Con decisión.) A la de tres. Uno, dos tres.

¿Agua? ¿Llueve? ¿Me ha acojonado la lluvia? La madre que me parió.

01:00 - 01:59

Es un sueño. Sé que es un sueño porque estoy a oscuras y no tengo miedo. Me siento flotar en algún tipo de líquido. Suena una música relajante que proviene de todas partes, como en una de esas cámaras de suspensión sensorial en las que alguna vez han tratado de meterme con la promesa de una relajación total y de donde han tenido que sacarme con las uñas completamente ensangrentadas por arañar la tapa y golpearla para poder salir. Ese no es el caso ahora mismo. Siento una paz que hacía muchísimo tiempo que no sentía y deseo con todas mis fuerzas que no acabe nunca. Poco a poco, el cielo (o lo que sea lo que tengo sobre la cabeza) empieza a iluminarse con una luz verde amarillenta y a revelar las formas que me rodean. Estoy rodeada de árboles que, dada la mortecina iluminación, parecen completamente negros. Mi cuerpo se halla en una laguna también negra que refleja sutilmente la luz del cielo con un tono violeta oscuro. Levanto una mano que chorrea agua negra y algo se remueve en mi subconsciente "no debería verse negra en mi brazo" pienso perezosamente. Me quedo embobada contemplando como gotea brazo abajo, hacia mi codo. Extiendo los dedos y las gotas me caen en la cara mientras la luz se aclara más y más. Cierro los ojos al tiempo que siento el agua entrarme en la boca y un sabor metálico. Los abro abruptamente para descubrir que el sol ha salido y el mundo al fin tiene los colores que tiene que tener. Los árboles son verdes, el cielo azul, el sol insultantemente amarillo y yo estoy flotando en una laguna de sangre arterial que gotea insistentemente de mi mano a mi boca. Me despierto de un salto y tiro el vaso de agua, que tengo junto a la cabeza, encima del teclado del ordenador antes de caerme de la silla. Me he quedado dormida en el escritorio mientras trataba de terminar en una sola noche lo que debería haber escrito las últimas semanas y que sólo tengo 24 horas para entregar.

02:00 - 02:59

Definitivamente, el teclado ha muerto. La reanimación ha sido imposible. Hora del óbito, 01:59. Descanse en paz. Dadas las circunstancias, no hay tiempo para un funeral en condiciones con violines, gaitas y 21 salvas así que opto por arrancarlo de la torre con furia, apagar el ordenador y sacar el portátil. Menos mal que tengo la obsesiva costumbre de mandarme un Mail a mí misma cada cinco minutos con todo lo que he escrito. El buzón de entrada de mi correo electrónico sufre el síndrome de Diógenes más literario de la historia. Mientras se enciende el PC, voy a la cocina a prepararme una cafetera del tamaño del Titanic. No puedo permitirme el lujo de volver a dormirme. Ya lo haré cuando esté muerta que, al ritmo que llevo, probablemente sea en unas 48 horas. O 24, porque como no termine el libro, mi editora me asesinará y después bailará sobre mi cadáver desmembrado. Pongo el filtro en la cafetera, echo el café, la lleno de agua y a esperar a que la electricidad obre su milagro. Me siento en el pico de la mesa mientras escucho con impaciencia el burbujeo del mágico elixir y pienso sin demasiado interés en el rumbo que ha tomado mi vida. Recuerdo que de niña quería escribir cuentos para otros niños. Cuentos llenos de luz y poesía que desterraran la oscuridad que llevaba dentro. De aquella niñez ya sólo quedan recuerdos borrosos, la cafetera (herencia de mi madre) y... lo otro, lo único que tuvo a bien dejarme mi querido padre. "Hola soy Alberto Quirós, Cazatesoros"; "Y un cabrón" pensaba yo cada vez que oía esa frase. No supe de él durante gran parte de mi vida más que por la tele y ahora que quería recuperar el tiempo perdido dijo. "¿Sabes que a todos mis monstruos les pongo anagramas de tu nombre?" le contesté yo. Aun así, él insiste, me escribe cada día mensajes que contesto o no, según estén alineados los planetas. La cafetera de mi madre acaba de escupir café. Siempre acaba. Lo que me dejó ese malnacido no. Herencias.

- ¡Me cago en dios! -grito con rabia mientras doy una patada al mueble, me jodo el dedo meñique del pie, suelto un alarido de dolor y, para rizar el rizo, derramo el café ardiendo por encima de mi pantalón.

03:00 - 03:59

Cojeando, invocando el Apocalipsis y con la dignidad chorreándome por los pantalones, me dirijo al cuarto de baño para hacer una evaluación de los daños y darme una ducha para quitarme el sabor a café y el olor a derrota. Me quito la ropa con menos cuidado del que debería y estoy a punto de caerme. Para evitar males mayores, me pongo el albornoz, me siento en el taburete del baño y procedo a examinarme el pie y la pierna. Por suerte hace frío y llevaba leotardos gruesos debajo del vaquero y la pierna, aparte de colorada, parece estar bien. El meñique ya es harina de otro costal. Duele a rabiar al tocarlo y se está amoratando. No sé si está roto y valoro la posibilidad de acercarme a urgencias para que me lo curen, lo escayolen, lo amputen o lo que sea. "No seas exagerada, Gabriela", pienso mientras abro el agua de la ducha y la dejo correr, "Sólo ha sido un golpe, duele, pero mira, bonita, sobrevivirás". Veo que empieza a salir vapor y, con un suspiro, me quito el albornoz y me meto en la ducha. Cierro los ojos y dejo que el agua caiga sobre mi cabeza como un bálsamo relajante, llevándose toda la ansiedad, el pánico, el dolor, los malos recuerdos y hasta los buenos. De pronto, me viene a la cabeza el sueño que he tenido un rato antes y la magia desaparece en un escalofrío. "Jesús, ¿qué más puede pasarme esta noche?". Y, como si ese cabronazo me hubiera escuchado, de repente, se apaga la luz. Haced aquí una pausa, imaginaos la escena. Yo en la bañera, completamente desnuda, medio cegada por el agua que me entra en los ojos, con el dedo meñique del pie probablemente roto, de los nervios porque debo acabar la novela, con miedo a la oscuridad y perturbada por una pesadilla. ¿Ya? Continuemos.
Es como si todos los botones del pánico existentes en el mundo fueran pulsados a la vez, pero en el reducido espacio de mi cabeza. Choco contra la mampara y reboto contra la pared, resbalando y cayendo de culo, llevándome por delante todos los botes de champú, gel, mascarilla, la esponja de lufa, la radio que prometía ser acuática y que dejó de funcionar a los tres días porque le entró agua, pero nunca tiré por la esperanza de que su muerte fuera algo pasajero... Con los ojos muy abiertos dando vueltas en sus cuencas de puro terror, pero sin poder gritar porque el pánico me ha paralizado las cuerdas vocales, abro la mampara a manotazos descoordinados y, sin ni siquiera levantarme del suelo porque las piernas ya no me sostienen, repto fuera de la ducha, perdida ya toda la dignidad. Abro histéricamente todos los armarios del baño sin dejar de mirar a todas partes, deseando no ver nada y creyendo ver de todo. "¿Es una especie de niebla eso que se forma en aquel rincón del techo?". No puedo respirar, me asfixio. Los dedos de mi mano derecha se cierran sobre la familiar forma de una linterna y, antes incluso de sacarla del cajón, pulso el botón de encendido y dirijo su haz hacía la díscola esquina. La niebla, acobardada, vuelve al infierno del que salió. Aún desnuda y chorreando, me parapeto tras la linterna, resbalando una y otra vez al dar frenéticas vueltas intentando atacar a la mayor cantidad de oscuridad posible, haciendo retroceder a todos los monstruos que me acechan en ella. Voy al cajón donde guardó las cerillas y, mientras sujeto la linterna con los dientes, la cual empieza a mojarse con las lágrimas que, inevitablemente ruedan por mis mejillas sin control, rasco tres o cuatro fósforos a la vez contra la caja. Casi no puedo respirar. Los monstruos se acercan, me rodean, les oigo rascar las paredes. Rac, rac, rac... Comienzo a encender las velas de todos los candelabros de la casa. Rac, rac, rac... Aún les oigo. Rac, rac, rac... Cada vez menos, se retiran vencidos por la luz. Rac, rac, rac... En menos de quince minutos, la casa parece la tarta de cumpleaños de Matusalén y yo estoy sentada en medio, llorando y tiritando de frío, empapada y completamente desnuda. Entonces, tan de repente como se fue, la luz decide volver, pero yo ya no puedo verlo, porque estoy inconsciente.

04:00 - 04:59

La luz volvió, sí, y mi consciencia, al poco, también. O, por lo menos, mis ojos están abiertos. Muy abiertos, de hecho. La duda me corroe. Tengo los ojos, como ya he dicho, muy abiertos, estoy sentada con las piernas cruzadas en el suelo, siento el frío de la noche en mi piel desnuda, y el del suelo, en mi culo. Por tanto, debo estar despierta, todo encaja. Lo que no lo hace es lo que tengo delante. Ahí, ante mis ojos, hay un dragón mirándome. No es un dragón muy grande de esos capaces de fundirte el alma con sus llamas, no. Mide alrededor de un metro cincuenta, sus escamas son de un color marrón rojizo, sus patas, retorcidas como las raíces de un árbol y sus garritas, parecen hechas de latón, con una pátina que recuerda un poco a la sangre seca. Por algún motivo, al mirarlo, pienso en una cómoda, lo cual me hace pensar que estoy alucinando o soñando. "Gabriela, despierta, no es real, fíjate en que no tienes miedo". Y es verdad, no tengo miedo, pero no sé si es porque estoy dormida o porque no percibo amenaza alguna de él. Hasta parece simpático a su dragonil manera. Me mira fijamente, pero no a la cara. Parece muy concentrado en algún punto algo más abajo de mi cuello. Instintivamente agacho la cabeza. Sigo desnuda. "¡¿Me está mirando las tetas?!". Me levanto de un salto y, tratando de ignorarle, me dirijo al armario para buscar algo de ropa porque, aparte del hecho de que me esté mirando los pechos un dragón es algo extraño e incómodo, hace un frío que pela, llevo un buen rato desnuda y una pulmonía ahora mismo me vendría fatal. Mientras me visto, le lanzo miradas furtivas. Él me sigue con la mirada con bastante atención y me siento un poco sucia. Inclina la cabeza hacia la izquierda e intuyo en su rostro una mueca parecida a una sonrisa. Sí, parece amistoso. Demasiado amistoso. Decido que ya he tenido suficiente. Esta noche está siendo muy rara incluso para mí. Necesito airearme un poco porque en este estado no voy a escribir nada así que, termino de vestirme, me abrigo bien y cojo las llaves del coche. No hay mal que no cure la cerveza. Me voy al Hell.

05:00 - 05:59

Voy conduciendo con precaución. No porque haya mucho tráfico, porque la verdad es que la calle está desierta sino porque no estoy acostumbrada a conducir teniendo que vigilar a un dragón de metro y medio de alto que posee serios problemas con el cinturón de seguridad. Ha sido imposible dejarle en casa. En realidad, creía haberlo hecho. Incluso antes de salir por la puerta, al mirar atrás le he visto parado en mitad del pasillo, observándome con ojos lastimeros. Al llegar al coche, sentarme, abrocharme el cinturón y ajustar los espejos ¡sorpresa! ahí estaba él, sentado (o lo que sea que hacen los dragones para ponerse cómodos) en el asiento trasero de mi Ford mirándome con un poquito de rencor. Así que nada, he decidido que si el alcohol era bueno para mí, también lo sería para "Alber"(esta vez ni anagramas ni hostias). Veo el luminoso cutre del Hell. La calle está vacía y no tengo problemas para aparcar. Apago el motor, saco las llaves del contacto y todo se queda oscuro. Mierda no. Enciendo a toda prisa la luz de lectura y suelto un largo suspiro. No había contado con la mala iluminación de esa calle y ahora no puedo salir del coche. Empiezo a hiperventilar y, en ese momento, noto que algo me toca el hombro. Alber ha apoyado su cabeza sobre él y emite un sonido que es como el ronroneo de un gato y que ejerce un efecto tranquilizador sobre mí. Giro la cabeza y sus ojos me transmiten seguridad. Él luchará contra los monstruos de la oscuridad por mí. Le sonrío y me doy cuenta de que ha inclinado la cabeza y, en una postura algo forzada, me está mirando el escote. Maldito bicho salido. Salgo del coche y, aunque no estoy del todo tranquila, no siento ese miedo que me nubla completamente los sentidos. Alber sale del coche detrás de mí, después de saltar el asiento delantero, desgarrar el reposa cabezas y meter tres marchas distintas. Qué maravilla, poseo el único dragón del mundo y resulta que es un bicho torpe y pervertido. En ese momento siento que me rodea un rugido y miro hacia el cielo. Una versión gigante de Alber me contempla entre los edificios y lejos de sentir miedo me siento agradecida. Nada podrá pasarme en esa calle oscura. Por algún motivo, pienso en mi padre y por otro aún más desconocido, sonrío al hacerlo. El Hell tiene el mismo aire de derrota que siempre. Hay un par de parroquianos que presentan pequeños cortes y moretones, como si se hubieran metido en una pelea. Lo de siempre, vamos. De repente me preocupo un poco. ¿Y si me hacen dejar a Alber fuera? no creo que consintiera ni de coña y no me apetece ver a un dragón cabreado, por pequeño que sea. Sin embargo, nadie nos presta la más mínima atención, así que cada vez me convenzo más a mí misma de que es una alucinación. Una que puede tocarte en el hombro, pero alucinación al fin y al cabo. Me siento en un taburete que queda libre en la barra y la camarera se acerca a mí. Es una de esas mujeres que son más. ¿Más que qué? Más que todo en general y más que yo en particular. Mis ojos son color verde musgo, los suyos, dos esmeraldas que brillan con el fuego del infierno. Mi cabello moreno es eclipsado por el ala de cuervo del que está hecha su melena. Lleva un generoso escote y Alber lo aprecia favorablemente. Le pellizco una alita algo celosa y baja la mirada avergonzado. "Dime qué te pongo" me pregunta o me ordena o yo qué sé y le respondo que un Ballantines cola. Ella se da la vuelta y busca la botella, entonces me fijo en que hay una mosca revoloteando a su alrededor. La sigue en cada movimiento que hace y ella trata de espantarla continuamente. Miro a Alber, encima de la barra y veo que también la ha visto y la sigue con los ojos. Mientras me pone la copa yo me doy la vuelta y de frente, me encuentro con el personaje más extraño que me he encontrado en la vida. Parece ser un hombre, pero lleva puesta una minifalda. Muy mini. Debe rondar los cuarenta, viste una camiseta blanca con un dibujo de unos... ¿spaghettis con ojos?, zapatillas de deporte y ¡sí! ¡una jodida minifalda! "Hoy no gano para alucinaciones", pienso. "Podría flipar con algo menos grotesco, digo yo". De repente, el personaje se fija en mí y se acerca, me susurra algo que no entiendo al oído y me siento atrapada entre su cuerpo y la barra. Se aparta un poco y yo respiro aliviada. Entonces, cuando creo que ya no puede haber nada más raro, se pone a bailar. Es como ver a una anguila eléctrica algo subida de peso sufriendo convulsiones y no puedo ni parpadear. Estoy tan alucinada que no me he dado cuenta de que la camarera se ha colocado a mi lado apoyada en la barra hasta que la oigo hablar. "No, nena, no estás flipando", me dice. Yo la miro con los ojos muy abiertos "¿Tú también puedes verlo? Entonces, ¿eso es de verdad"; "Sí, y es un espectáculo lamentable", me responde. Lo está mirando con una cara donde se mezclan la diversión, el asco y el más profundo desprecio. Con bastante más dosis de asco y desprecio que de diversión. Vuelve la cabeza y me mira. ¡Qué ojos más verdes tiene! Y qué mirada tan intensa. Detrás de ella, la mosca sigue con su revoloteo y Alber, que la ha detectado, intenta comérsela, aunque sin ningún tipo de éxito. Sé que alguna vez he escuchado su nombre en boca de otros, pero no lo recuerdo. Me sonríe y me alcanza la copa que había dejado sobre la barra y al hacerlo me roza deliberadamente la mano con los dedos. A mí se me seca la boca. "¿Qué coño me pasa?". Le doy un buen trago a la copa y carraspeo. Siento que he de decir algo, pero no me salen las palabras. Veo que alguien se marcha y deja libre una mesa alta al fondo, así que murmuro una disculpa (joder que cerca está esta chica) y me dirijo hacia allá, poniendo tierra de por medio entre ella y yo. El grotesco bailarín sigue a lo suyo mientras de vez en cuando da sorbitos de una botella con una pajita que parece batido de chocolate. La mirada de la camarera me abrasa la espalda. ¿Cómo se llama? Entonces lo recuerdo. "Alma, se llama,a Alma". Termino mi copa lejos de la mirada y las manos de Alma, que ya está ocupada en otras cosas, y me escabullo con Alber trotando mohíno detrás de mí. No ha conseguido cazar a la mosca de Alma y la frustración se refleja en su rostro. Salimos a la calle y yo vuelvo a sentir ese agobio al envolverme la oscuridad y la soledad. Miro hacia arriba y ahí sigue el Alber gigante rodeándolo todo mientras el pequeño se apoya en mi pierna. "¿Te quedarás siempre conmigo?" le pregunto mientras caminamos hasta el coche. Él se detiene y me mira intensamente como valorando las posibilidades. De repente, desaparece convirtiéndose en una nube de humo rojo que impacta contra mi pecho dejándome sin respiración. Alber ha desaparecido, pero al mismo tiempo le siento ahí, dentro de mí, protegiéndome desde el interior.

06:00 - 06:59

Conduzco de regreso a casa en completo silencio. Echo en falta la curiosa carita depravada de Alber. Se me hace raro comprobar lo rápido que me había acostumbrado a su cercanía y lo mucho que le echo de menos ahora que no puedo verle. Su presencia protectora en mi interior me anima un poco, aunque no es lo mismo que sentir el calor que emanaba su pequeño cuerpecillo en mi nuca. Me siento extraña. Algo ha cambiado dentro de mí aunque no tengo claro qué. Me siento más fuerte, con menos miedo y... algo más que no consigo identificar. Aunque eso no es lo más raro que me ocurre. Lo más extraño es, que desde hace ya un buen rato, siento la imperiosa necesidad de hablar con mi padre. Suelto un bufido irritado, aunque me da la sensación de que ya no tiene la dosis de irritabilidad adecuada, ni el hastío de antaño. Pruebo con otro. Nada, que no, que no me sale. ¿Qué está pasando? Algo eriza el pelo de mi nuca. Es una sensación de premonición bastante desagradable. Algo está a punto de ocurrir. "¿Alber, qué me has hecho?". Le pregunto al bichejo que se oculta dentro de mí. Puedo verle con los ojos de mi mente encoger las alitas y soltar una carcajada traviesa llena de nubecillas de humo. Maldito bicho. Llego a casa y miro con resignación el ordenador valorando si acabar la historia o meterme en la cama y dormir un par de horas al menos. "Te quedan como mucho cinco páginas, te sientes fuerte y activa, llevas un dragón dentro. No me seas vaga, joder", oigo que dice mi voz interior. ¿O es la de Alber? Ay, mira, ni idea. Enciendo el portátil, el cual me da un fantástico pantallazo informándome de que se ha apagado mal y comienzo a ponerme nerviosa. ¿Y si el apagón se ha cargado el ordenador? Había guardado hacía poco, pero no sé cuán poco. Puedo escribir desde la tableta, pero no me gusta. Joder, como tarda. ¡Enciende ya! ¿Quién me manda tenerlo conectado a la corriente en vez de ponerle la batería? Mientras espero a que el ordenador se digne a iniciar, enciendo el móvil. Ni una llamada, ni un mensaje. Mi vida social es una mierda. Me extraña que mi padre no me haya escrito, incluso me inquieta un poco. Luego recuerdo que no son ni las 7:00 de la mañana y que cualquier humano normal a esas horas no está pendiente del teléfono. Enciendo la tele y hay un episodio de dibujos animados que ya he visto (¿qué niño está despierto a estas horas, por favor?), pero aun así lo dejo. El reinicio del ordenador se me está haciendo eterno y, cuando ya empiezo a agobiarme bastante en serio, por fin aparece mi escritorio en pantalla. Abro el procesador de textos rezando a varios dioses en los que no creo para que lo que he escrito siga intacto.

"Buenos días, interrumpimos la emisión para dar una noticia de última hora, considerada de vital importancia y que podría ser el hecho más trascendental del siglo, incluso de la historia. La NASA acaba de confirmar la existencia de vida extraterrestre inteligente. La observación a través del programa SETI ha permitido detectar la presencia de una civilización en el planeta Kepler-442b, que hasta ahora se encontraba en el cuarto lugar de los exoplanetas habitables. El parecido de este planeta con la Tierra, afirma la NASA, ha resultado ser mucho mayor del estimado y los últimos datos, como decíamos, confirman la existencia de vida inteligente. La NASA irá detallando esta información a lo largo del día".

Vuelvo la cabeza hacia la tele muy lentamente, completamente paralizada de cerebro para dentro. Después me levanto con mucho cuidado, sin dejar de mirar la pantalla del televisor y me dirijo a la estantería donde tengo los libros. Con dedos temblorosos acaricio los lomos y me detengo en uno de ellos. En diez años he escrito siete libros. Siete. Todos de terror y no precisamente escasos de páginas. No puedo decir que me sienta orgullosa de ninguno de ellos porque los siento como una purga de todo lo que llevo dentro. Para mí, cada página es un aterrador reflejo de los profundos miedos que habitan en mi interior. Cojo el libro con ambas manos y acaricio el lomo. Mi primer libro. Lloré mientras lo escribía. Lloré como una niña durante meses mientras oteaba el cielo atemorizada ante cualquier luz extraña en mitad de la oscuridad. "Espacio 342" lo titulé. 342 pársecs, 1.115'5 millones de años luz. Exactamente la distancia del planeta Kepler 442b. Ese en el que, al parecer, acaban de hallar vida. También en mi libro había vida en ese planeta. Una que no nos gustaría conocer. Noto como empieza a subirme un calor desde el mismo centro de mi cuerpo. Empiezo a temblar aterrorizada y, una vez más en esa larga noche, vuelvo a preguntarme a mí misma qué está pasando. Hay una bola de fuego ardiéndome en el pecho. Casi no puedo respirar. Me abrazo el tórax, pero cuando los miro mis brazos no son brazos, y mis manos parecen garras. Unas pequeñas garritas que parecen de latón manchado de sangre. "¿Alber?!, ¡¿qué haces?!". Alber no responde, aunque puedo sentir como toma el control de mi cuerpo. Me fuerzo a respirar con calma, contando cinco segundos antes de volver a soltar el aire. Al mismo tiempo, cojo el móvil y busco un número. No sé por qué, pero pienso que es la única persona que podría ayudarme. Da tono, uno, dos, tres, cuatro... hasta diez veces, antes de saltar el contestador. No puedo contenerme y le grito desesperada al pitido de la señal del buzón de voz. "¡Alberto! ¡Papá! ¡Contesta, joder! No sé qué está pasando, se ha encontrado vida en otro planeta. Yo lo escribí. Alber se ha ido, pero está dentro. Era mi dragón. Tengo dentro a mi dragón y está tomando el control y vienen del espacio y te echo de menos. ¡Papá, por favor!".

07:00 - 07:59

"El celo, el celo. ¿Dónde tengo el celo? Aquí, por fin. Tengo que acabar antes de que lleguen. Joder, no puedo sujetar el celo con las garras. Sí, así sí. Ahí no llego. ¿Tengo alas, no? Pues arriba. No, este no es el sistema. Si muevo las alas no puedo pegarlo. Mierda, no se me había ocurrido, tendré que usar la escalera como una humana más. ¿De qué sirven las alas si no puedes usarlas cuando las necesitas? Aunque seguro que ningún dragón antes se encontró con el problema de tener que volar mientras pegaba papel albal en las ventanas. ¿Debería forrar también el techo? Ellos te detectan a través del cristal, pero ¿y si están más avanzados de los que suponemos y el cemento no es un problema? Lo mejor será no arriesgar". Llaman a la puerta y todo mi cuerpo se contrae al tiempo que emito un agresivo siseo en su dirección. ¿Quién se atreve a molestar al dragón? ¿Es que no saben que se acercan? ¿Que ya vienen? Hay mucho por hacer. No pueden encontrarnos desprovistos de defensas. Vuelven a llamar y suelto un rugido de furia. Se van a enterar. Atravieso el cuarto en un aleteo feroz, alcanzo la puerta y tiro de ella furiosa. Al otro lado se encuentran dos hombres vestidos con túnicas granates largas, botas militares negras y unos colgantes dorados con un sol enorme que les queda justo en mitad del pecho. Los identifico como pirados mesiánicos de algún tipo. El sol de su colgante me llama. Es fuego y yo ahora soy la criatura más letal nacida de él. Retroceden amedrentados ante la ira del rugido que se les ha venido encima de improviso. Les veo mirarme con los ojos muy abiertos. Seguramente impresionados la iridiscencia rojiza de mis escamas, tan similar en algunos de sus reflejos al color de sus túnicas. Al cabo de unos segundos de silencio, uno de ellos se atreve a hablar, no sin algún titubeo.

- ¡Bienamada! Venimos a invitarte a unirte a la Iglesia Nuevo Sol. Únete a nuestra comunidad y viaja con nosotros al planeta Kepler 442b por un agujero extradimendional. Abandona esta tierra de podredumbre y sigue a nuestro líder, el Haz de Luz en su viaje a un mundo mejor.

Me abalanzo sobre ellos a la vez que otro rugido, aún más potente escapa de mi pecho y huyen despavoridos. ¿Nuevo planeta? ¿Mundo mejor? Estáis locos. No es un mundo mejor, yo lo sé, yo lo inventé. Yo les creé. Fui su diosa. Y ahora soy un dragón. Me miro al espejo del hall, muy erguida, para que éste me devuelva mi magnífica y poderosa nueva imagen. El esplendor de mis alas, la furia de mis garras, el brillo de mis escamas. Pero en el espejo sólo está Gabriela. Pálida, con el pelo hecho una maraña y los ojos enrojecidos desafiando desde reflejo con una mirada enloquecida.

08:00 - 08:59

Llevo ya un rato tecleando sin parar. Las palabras fluyen solas, acercándose inexorablemente al punto y final. Todo lo que al principio de la noche eran dudas ahora se están convirtiendo en certezas que mis dedos trasladan al papel en forma de palabra escrita. Nunca había tecleado a esa velocidad. Las alas me molestan al rozarse con la silla, pero me aguanto. Mis nuevas garras parecen estar hechas para escribir y mi cerebro infestado de dragón es mucho más retorcido que antes. Estoy a punto de acabar el libro, ya por necesidad. Escribo con furia, casi en defensa propia. El descubrir que lo que escribí hace diez años, al ser poseída por Alber se ha convertido en realidad, me ha hecho pensar. ¿Y si todo lo que escribo lo hace? ¿Y si no son sólo los extraterrestres? ¿Estará el mundo a punto de llenarse de vampiros, zombis, doppelgängers, mutantes y demás seres que pueblan mi imaginación? ¿Y si (y está era la pregunta más importante de todas) ahora que soy consciente de mi poder, puedo usarles en beneficio propio y del mundo entero como defensa contra esa nueva y aterradora civilización descubierta en Kepler 442b? ¿Y si pudiera dominarles también a ellos? También he dado cuenta de otra cosa y esa es que hoy, es mi cumpleaños. Tal día como hoy, hace diez años, terminé "Espacio 342". Y esa es casi la prueba más definitiva de que todo está relacionado conmigo. Casi puedo verme ante su líder, arrodillado a mis pies, con una cohorte de monstruos a mis espaldas, siendo coronada como su reina. No, no, su ama. ¡No! su diosa. Yo les he creado, están ahí por mí, es lo que me corresponde por derecho. Casi puedo escuchar las fanfarrias sonando en mi honor. A los dirigentes del mundo libre postrándose a mis pies. A los líderes de los alienssuplicando clemencia. Y yo, en mitad de todos, magnífica y poderosa, ya sin miedos, siendo el centro de la admiración y el temor general. Pero primero he de acabar el libro. He de completar mi ejército con el monstruo de los monstruos. La más grande y aterradora de todas las bestias jamás imaginadas. Un semidiós entre los suyos. Mi general. Mi guardaespaldas. "¿Y cómo piensas llegar hasta Kepler, Gabriela?" pregunta suavemente esa parte de mi mente que aún se aferra a su humanidad. Esa parte débil, confusa y asustada. "Ay pequeña. Qué ganas tengo de librarme de ti", pienso bien alto para que me escuche. "¿Sabes que soy lo único que te ata a la cordura? Esto es una locura, Gabriela. No tienes poderes, no eres un dragón, no has creado vida en otro planeta, no eres una diosa y, por supuesto, no puedes llegar de ninguna de las formas a ese planeta. ¿Cómo piensas hacerlo? ¿Volando con las alas de ese dragón imaginario?". Siento la ira quemarme en la garganta. Me irrita esa vocecilla insulsa que me habla desde dentro. Si la tuviera enfrente en vez de en mi interior, ya la habría abrasado con mis llamas. Me viene a la mente un enorme sol dorado. "Maldita estúpida", le contesto con una media sonrisa "¿Ya no recuerdas quienes han llamado a la puerta? ¿Has olvidados a la Iglesia del Nuevo Sol y su agujero de gusano? Les utilizaré a ellos. Todo ejército necesita soldados rasos. Iré a su encuentro y me recibirán con los brazos abiertos. Soy un dragón, el sol hecho carne. Ellos me llevarán a Kepler. Ellos serán los primeros en adorarme". Le replico victoriosa mientras, con mi mano derecha golpeo con fuerza una tecla. La última. El punto y final. El libro está acabado y ahora sólo toca esperar.

09:00 - 09:59

La calle está a reventar. La ciudad es una algarabía silenciosa que devuelve los ecos de los cánticos. No parece haber policía por ninguna parte y los grafiteros se afanan en las paredes decorándolas con alabanzas al tal Haz de Luz, un número insolentemente largo y el nombre de la secta. Tomo mi lugar a la cabeza de la comitiva. Yo soy el haz de luz, no ese advenedizo al que nombran. Yo soy la luz que nació de la más profunda oscuridad, la que desterrará a las sombras, la creadora de mundos, la mujer dragón. Y todos lo sabrán después de hoy. La cabeza erguida, la espalda recta, pisoteando la calle con seguridad, mirando al frente con desprecio. Y, tras de mí, mis aliados, mi ejército de monstruos, todos vestidos con máscaras y largas túnicas granates. Vampiros y hombres lobo conforman la retaguardia, siendo vigilados por una gran masa de carne con un látigo, Borteal, el Carnicero, el cual evita que se maten entre ellos. En el centro de la formación, montados sobre fantasmales caballos de ocho patas, los espectros de la noche, armados con ballestas y guadañas. Justo detrás de mí se sitúan las brujas, con sus largas cabelleras color fuego escapando de la capucha que les tapa el rostro, acompañadas por sus mascotas, los canes del infierno, los Soquir. Seres de pesadilla escapados del inframundo de los inframundos de ladrido hambriento y mirada desquiciada. Y junto a mí, mi campeón. El ser de seres, el rey de los monstruos. Gabrión, El Enjambre. Su cuerpo informe zumba a mi alrededor, me sobrevuela, me rodea, me posee. De vez en cuando se aleja y se introduce en alguno de los mirones que, automáticamente, se une al desfile poniéndose detrás de los vampiros, al alcance del látigo de Borteal, que restalla con furia. Nos acercamos a la entrada de la Iglesia de Nuevo Sol. Ya hay una multitud congregada y otra viene detrás de nosotros. Gabrión deja de revolotear y expandirse por todas partes y se coloca a mi lado. Un segundo después, hay dos Gabrielas idénticas vestidas con sudadera con capucha granate idéntica, idénticos pantalones negros, sosteniendo el mismo libro y botas militares clavaditas. Y alas. Las mismas impresionantes y maravillosas alas. En la puerta, un acólito al que no se le ve la cara me observa mientras me acerco. Extiendo bien mis alas. Un segundo, dos, tres... Los supuestos ojos que hay bajo la capucha bajan la mirada y se clavan en el libro que Gabrión y yo llevamos en la garra. Entonces se aparta y me deja pasar con una inclinación de cabeza y un gesto amable con el brazo. Sin duda ha reconocido mi poder. Sonrío con suficiencia mientras le dejo atrás. Ya estamos dentro. "Esto no va a acabar bien". Suena la voz de la otra Gabriela dentro de mí. "Depende de para quién", le respondo con malvado humor.

10:00 - 10:59

La gente allí reunida se gira al vernos entrar y la multitud se separa como las aguas del Mar Rojo para dejarnos paso libre. Calculo que debe haber más de tres mil personas. Bastantes más. Y todas ellas se inclinan ante mi divina presencia. Complacida, extiendo las alas para que puedan admirarme en mi plenitud. Puedo ver el temor, la reverencia y hasta el deseo en sus ojos. Gabrión se extiende por toda la sala en un revoloteo exploratorio. Hay un hombre sobre una tarima, hablando en una lengua que quiere sonarme, pero no acabo de reconocer. No tiene un solo pelo en la cabeza y su morena calva brilla con intensidad bajo los focos. Es corpulento y no viste como los demás. Su túnica, en vez de granate, es de un color anaranjado, como un sol prendido en llamas. Debe ser el famoso Haz de Luz del que todos hablan. Su discurso es vehemente y apasionado y le ha restado algo de protagonismo a mi entrada. "Le odiamos", me zumba Gabrión al oído. "Sí, pequeño mío. Le odiamos, pero también le necesitamos para llegar a Kepler, así que le utilizáremos y luego... ya veremos qué hacemos luego", le respondo mordiéndome un poco el labio inferior. Un movimiento en un ángulo muerto llama mi atención. Me doy la vuelta y allí hay un hombre mirándome intensamente. Un par de gorilas con túnicas le tienen sujeto. Por la forma de mirarme me recuerda a un lobo hambriento. El caso es que su rostro me resulta conocido. Repentinamente, recuerdo a mi padre. "Claro que le conoces, Gabriela", dice mi yo interior, "Es El Lobo. El de la tele. Ese yonqui depravado que entrevistó a tu padre. Ese que ayudó a joderte la vida. Vámonos de aquí, por favor. Este sitio está lleno de tarados y tú no estás en tus cabales. Gabriela, por favor, ¡necesitas que te vea un médico!". "Cállate ya, jodida cobarde. Quédate ahí, lloriqueando en tu rincón sin hacer nada, asustada de todo y de todos. Yo voy a hacer algo con mi vida. Voy a tener la recompensa que merezco", le contesto enfadada y siento como se repliega hacia el interior con un gemido de impotencia, aplastada por mi ira. Noto vibrar el móvil en el bolsillo de la sudadera. Miro la pantalla, veo que es Gloria, mi editora y resoplo hastiada. Ya tiene el libro en su correo electrónico, ¿qué más quiere? He cumplido con la fecha de entrega a pesar de que ya nada importa. Ya tiene su bestseller, a mí que me deje en paz. "¿Has pensado que quizás te llama porque en el correo que le mandaste parecías un puta perturbada?". Parece que mi otra yo está demasiado gallita así que envío a mi Alber interior tras ella. Se hace el silencio. Por fin. Aprovecho que tengo el móvil en la mano para buscar por internet si alguien ha hablado acerca de mi desfile triunfal por las calles y lo único que encuentro, son referencias a Nuevo Sol por todas partes. Nada sobre mi ejército de la oscuridad. Me siento algo contrariada, pero intentó calmarme. La mayoría están en la calle, no pueden haber escrito un artículo aún en condiciones. Les daré algo más de tiempo.

11:00 - 11:59

Empiezo a escuchar con más atención al Haz de Luz. El idioma que usa me es familiar, pero no estoy segura de porqué. Es una lengua brusca en algunas palabras y en otras suena melodiosa y líquida. Estoy segura de conocer esa lengua. Me parece un orador nato, de los que son capaces de arengar masas hasta el punto de enviarles a una masacre segura con una sonrisa. Quizás sea una tontería desecharle porque me puede ser más que útil. Gabrión se expande y se contrae por toda la sala y yo sigo su evolución con una media sonrisa bailándome en los labios. Desde luego es mi obra maestra. Tan humano como el que más en sus sentimientos, más sobrenatural que ningún ser que haya existido jamás. Capaz de robarte todo lo que llevas dentro, de hundirte en el más profundo abismo o de sacarte de él. Es una promesa de averno eterno y también de una nueva vida. "¡Gabrión, ven a mí!". La voz suena alta y clara, pero no soy consciente de haber emitido sonido alguno. "Mierda, no he sido yo", me da tiempo a pensar antes de que el doppelgänger impacte con toda su fuerza contra mí. El golpe ha sido épico y me quedo en el suelo de rodillas, aturdida y sin aliento, durante unos segundos. Delante de mis ojos, donde brillan chispas, veo unas botas negras. Reconozco esas botas, son las mismas que llevo puestas. Levanto la mirada lentamente, con la ira latiendo en ella y ahí está. O, mejor dicho, ahí estoy, mirándome fijamente, temblando de rabia o de miedo. Quizá ambas cosas. No lo sé, porque soy yo, pero no lo soy. Esa que tengo enfrente y que se alza ante mí imbuida del poder de Gabrión se parece a mí, pero la rodea un aura de paz y calma que no he conocido en la vida. Parece tener el control de la situación, no llora, no se hace una bola en un rincón, rodeada de velas y armada con una linterna, esperando que vuelva a ser de día. Me mira fijamente y puedo ver también que está terriblemente cabreada. "¿Por qué no tienes miedo?", le pregunto. "¿Miedo? hay luz, ¿no? ¿A qué debería tenerle miedo? Aquí, el único monstruo que hay bajo los fluorescentes, eres tú". Me responde con un susurro. Me levanto lentamente sin dejar de mirarla a los ojos y, cuando estoy de pie, levanta la mano y me sacude la bofetada más fuerte que me han dado en la vida. Vuelvo a caer al suelo, el libro que sostengo sale volando mientras lágrimas de dolor y rabia se me saltan de los ojos. "¿Cómo puede tener controlado a Gabrión de esa forma?", pienso. Y en ese momento, me viene a la cabeza la peregrina idea de que ese, es el primer pensamiento coherente que he tenido en horas. "¡Tú no eres un dragón!" le chillo abalanzándome sobre ella con un rugido de ira. "Tú tampoco". El encontronazo es de órdago y acabamos las dos rodando por el suelo. Intenta arañarme, pero mis escamas de dragón son más resistentes que sus frágiles uñas. La ataco con las garras y estas, abren surcos en su piel, que se cierran al instante gracias al poder del Enjambre. Doy un aletazo y la alejo de mí, pero un momento después vuelvo a tenerla encima, esquivando golpes, intentando sujetarme. "Gabriela, por favor, estás dando un espectáculo lamentable", escucho que me dice, aunque no he visto su boca moverse. "¡Lamentable es la historia de tu vida!" le grito sin compasión mientras la agarro fuerte y la estampo contra una pared. "Siempre escondida, siempre asustada esperando aquello que destruya tu mundo. ¿Cuándo fue la última vez que reíste o que disfrutaste de algo plenamente?, dime. ¿Cuándo fue la última vez que le diste a la vida y a ti misma una oportunidad?". "¿Esto es para ti una oportunidad?", me replica zafándose hábilmente sujetándome el brazo a la espalda y apoyando mi cabeza contra el muro. "Esto es una locura. Te comportas como una desequilibrada. ¿Es que no ves que estás sola? No llevas un ejército detrás de ti, ni siquiera yo estoy aquí y, desde luego, no eres un dragón. Sí, yo también vi a Alber, pero siempre fui consciente de que era una alucinación. ¿Cuándo perdiste la cordura?", su voz suena triste. "Vuelve a tu ser, por favor". "No me da la gana. ¡Borteal! ¡Mis monstruos, a mí!"; oigo un barullo a mi espalda y de repente cesa la presión. Soy libre de nuevo. "Joder...", la escucho decir en voz baja. Cuando me doy la vuelta, con una sonrisa triunfal en los labios, dispuesta a ordenar al Carnicero que la someta a las torturas más horribles ahí mismo, veo que nadie la sujeta y que tiene la cabeza vuelta hacia el improvisado escenario donde observa algo con la cara completamente desencajada. Sigo la dirección de su mirada y allí, en mitad de la tarima, el Haz de Luz sostiene mi libro por encima de su cabeza con la mano derecha mientras nos señala con la izquierda y grita una sola palabra en el idioma que por fin acabo de reconocer. "Shokilagh" es, en idioma universal, "Profeta". "No va a haber quien la aguante después de esto", murmura mi otro yo, pero ya casi ni la escucho.

12:00 - 12:59

Nos han llevado a una sala cubierta de plásticos y con focos por todas partes. En cualquiera de mis libros, ese lugar habría sido el matadero de algún asesino en serie; allí, era el sancta santorum del Haz de Luz. Las personas que nos rodean nos miran con renovado respeto, casi con admiración, diría yo. Veo a mi yo enloquecida sonreír con altivez mientras le ofrecen una copa de vino. Cómo está disfrutando con el agasajo, la muy zorra. Siento una arcada. Estoy perdiendo fuerza y no me encuentro bien. Su locura está en el punto álgido del delirio y sé que acabaré desapareciendo en el revoloteo tenaz de la esencia onírica de Gabrión, mucho más real en su mente ahora mismo, que yo. ¿Para qué necesitas la cordura cuando puedes tener el universo a tus pies? La jugada de utilizar su propio delirio contra ella había sido magistral, pero jamás habría imaginado que pudiera acabar así. "¿Cuándo va a venir el Haz de Luz para que podamos hablar de los pormenores de la invasión?", la escucho decirle a una chica rubia y menuda que la contempla con rostro neutro y sonrisa impasible. Siento otra arcada más fuerte que la anterior. "Déjate de invasiones, está gente está loca, igual que tú", digo en voz alta, lo que provoca que la cara de la muchacha rubia deje ser tan pétrea. "Tú cállate, que nadie te ha preguntado. ¿Por qué no desapareces de una puta vez y me devuelves a Gabrión? Aquí no haces falta". La sonrisa impasible tiembla ligeramente. Si la situación no fuera tan grave, me reiría. Sé lo que la gente ve desde fuera: a una mujer que habla consigo misma en dos tonos de voz completamente distintos. La única que no es consciente de que parecemos Gollum y Smeagol en una de sus discusiones, es la propia Gabriela. Una idea me viene a la cabeza. "¿Y si pudiera hacer ver a estas personas que su "profeta" no está en sus cabales?". Miro a mi alrededor, veo las expresiones de la gente, escucho en sus voces ese fervor enfebrecido al hablar y me doy cuenta de que no serviría de nada porque tampoco ellos ven más allá de su ilusión. "No puedes devolver la cordura al mundo entero, Gabri. Quizás sea verdad que no eres necesaria. Mírala, es decir, mírate, pareces feliz. Todos lo parecen"; pienso abatida. Súbitamente siento un agudo dolor en el meñique del pie. Había olvidado el golpe en la cocina de casa. Claro, eso sucedió en el mundo real, parece que haga cien años de ello y ahora, todo es fantasía. Un movimiento en el rabillo del ojo me hace desviar la cabeza de mi dedo dolorido. El Haz de Luz ha llegado y, junto a él, trota alegremente... ¡Alber! Veo que mi otro yo también lo mira con los ojos muy abiertos y ambas nos levantamos bruscamente cada una con un sentimiento muy diferente en la mirada. Yo quiero abrazar a ese pequeño bribonzuelo pervertido y ella parece estar intentando encajar que esté fuera de su cuerpo porque se busca insistentemente las alas y las escamas de dragón que está segura de poseer gracias a él. El Haz de Luz ignora nuestro rostro donde se fusionan en un solo instante la locura y la cordura. Nos da la mano, se inclina y vuelve a repetir esa palabra que, en cuestión de un rato, ya he aborrecido de tanto escucharla: "Shokilagh". Quiero gritarle que no soy un profeta, que todo esto no tiene sentido, que es todo una fantasía fruto de mentes completamente desancladas de la realidad, como la mía, como la suya. Pero me callo. Sí, me callo y cuando el gurú de esta secta interestelar se da la vuelta, haciendo un gesto para que le sigamos, yo voy detrás como un perrito obediente, hipnotizada por el alegre trotecillo del pequeño Alber.

13:00 - 13:59

Seguimos al Haz de Luz y a Alber de vuelta a la gran nave donde nos peleamos antes. Me da la sensación de que está aún más llena. Es lo que tiene la locura en tiempos de incertidumbre, que se contagia como la peste. Ante nuestra aparición, sube el volumen de las voces hasta convertirse en un pequeño clamor que el autoproclamado gurú acalla con un solo gesto de la mano. Veo como un acólito trae, medio en volandas, medio arrastrando, un recipiente con un pie. Parece portar un polvo blanco y me recuerda a esos que hay en los gimnasios, llenos de magnesia, que algunos se untan con ganas en las manos antes de ponerse a trepar por la cuerda. "Que no me hagan escalar la cuerda" digo en voz baja mientras me pasan por la mente imágenes mías colgando al final de ella como un saco de patatas mientras mis compañeros del colegio se ríen y me señalan. Miro a mi yo desequilibrada. También observa el cuenco con algo de desconfianza y doy por hecho que ha pensado lo mismo que yo. Veo a Alber mirarme fijamente para, posteriormente, frotarse contra el Haz de luz como un gatito ronroneante. "Traidor" mascullo entrecerrando los ojos. A él le parece enormemente divertido porque emite algo semejante a la risa de un nonagenario, a medio camino entre la asfixia y la convulsión epiléptica. El muy cabrón. La gente está aguardando en silencio y sin moverse, a la espera de que pase algo porque es obvio que algo debe ocurrir, pero el gran jefe se lo está tomando con calma. No puedo negar que tiene sentido del drama. Me lo quedo mirando fijamente. Su cabeza es como una resplandeciente bola de billar, aunque no puedo saber si se la ha afeitado o ha perdido todo el pelo. Es corpulento y muy moreno, pero no de ese tipo de cachas de rayos uva y sala de musculación, no. Es como si hubiera curtido piel y cuerpo a base de cambiar montañas de sitio en pleno verano con sus propias manos. Lleva una túnica naranja, con brillos y matices y, en mitad del pecho, luce el ya conocido colgante del sol, pero aún más grande. Parece una enorme mandarina hortera y macarra. Sin embargo, tiene algo. Hay cierto brillo en su mirada, llámale seguridad, resolución, profunda sabiduría... yo qué sé, pero le creo capaz de conseguir lo que quiera. En ese momento me doy cuenta de que creo en ese hombre y en que, si así lo desea, puede abrir un agujero entre dos mundos a base de fuerza de voluntad. Se acerca a nosotras y nos agarra de la mano, invitándonos (u ordenándonos) sutilmente a que le acompañemos hasta el cuenco de pie, parado en el centro del escenario. Obviamente, le seguimos sin rechistar. "¿No piensas decir nada, zorra?" oigo que murmura mi otro yo con un leve temblor en la voz. También está impresionada y, probablemente, no las tiene todas consigo. "La de las subnormalidades eres tú, este es tu territorio, a mí no me líes, yo sólo quiero que salgamos de aquí. De una pieza, a poder ser" le respondo. "Ya. ¿Te pongo un cubo para las babas debajo o prefieres resbalar? Te he visto mirarle" me espeta. Noto que me enciendo como un semáforo. "Vete a la mierda, guapa". El Haz de Luz se da la vuelta y nos mira. Por la expresión de su rostro no puedo saber si nos ha escuchado o no. Agarra un puñado de polvo blanco y, sin ninguna ceremonia, nos lo sopla en la cara cegándonos por completo. Empiezo a hacer aspavientos, tropiezo y caigo cuan larga soy sobre algo. No sé si el recipiente o el propio Haz de Luz, así que me levanto de un salto más colorada aún de lo que estaba, estornudo y hago un gesto para apartarme el polvo blanco de los ojos. Unas manos me sujetan con delicadeza y siento un suave viento en la piel. Alguien está soplando para apartarme el polvo. Abro los ojos y es el propio Haz de Luz, quien me sostiene de la mano y me evalúa con expresión satisfecha. Nos conduce suavemente unos pasos más hacia delante, de cara al público y, sin soltarnos la mano, procede a explicar a todos los congregados que la clave para abrir el agujero de gusano que nos llevaría a Kepler, donde se formaría una nueva humanidad mejorada, radica en el número áureo, ese, que al parecer algunos llevábamos marcado en la frente con ese polvo blanco. Saco disimuladamente el móvil y me miro en la cámara mientras él sigue hablando. Es cierto, ahí está el maldito número, más largo que un día sin pan. "Sat Shokilagh nan eitalyno dorka Shokilagghi" dice y a las dos "Yo" se nos cae el móvil al suelo y casi vamos nosotras detrás porque lo que ha dicho, viene a significar, que ante ellos no hay una, sino dos "Profetas".

14:00 - 14:59

"La profeta que son dos" ¿Cómo coño puede haber visto eso? Miro a mi alrededor. Algunos han levantado la voz ante tal proclamación (aunque no estoy segura de que alguien haya entendido realmente lo que ha querido decir), otros, supongo, simplemente se han contagiado de la algarabía. Me consta que es imposible que todos puedan entender el idioma universal (yo misma sólo tengo ciertas nociones poco más que básicas fruto de una tremenda soledad y aburrimiento adolescentes), pero el tono, al igual que la puesta en escena, les indica que algo importante acaba de suceder. "Que no somos dos, joder. Que sólo hay una que está como un cencerro y no es una profeta, esto es una terrible casualidad", quiero gritar, pero sé que nadie va a escucharme. "Gabrielaloca", cuyo rostro estaba desencajado un minuto antes por la sorpresa, ahora está exultante. "¿Imaginaria, eh? ¿De qué te extrañas? Puede ver a Gabrión, a quien me has robado, porque es real. ¿Quién es la loca ahora?", me dice eufórica justo antes de ponerse a saludar a todo el mundo como una reina a la plebe desde su carroza. "¿Tendrá razón?, ¿será Gabrión real y yo he tomado su cuerpo o él el mío?". Miro a mi alrededor, buscando ese ejército que ella dice tener, pero que yo no veo por ninguna parte. A quien sí veo, sin embargo, es a Juan Lobo, apoyado en una barandilla con cara de no haber estado tan acojonado en su vida. Por primera vez, siento empatía hacia ese hombre tan al límite de sí mismo como yo y, sin querer, esbozo una sonrisa de simpatía y apoyo en su dirección. Por encima de la algarabía escucho sirenas y un ruido que parecen las aspas de un helicóptero. O quizás de dos. O decenas. ¿Militares? ¿Prensa? ¿Paramilitares ucranianos? ¿Cuánta gente está metida en esto? ¿Hasta dónde ha llegado la secta? ¿Quiénes son en realidad? Vuelvo a sentirme débil, noto que me desvanezco, me tiemblan las piernas, todo me da vueltas y estoy a punto de caer. Adiós, Gabriela, no me necesitas. O sí, pero no lo sabes y yo desconozco cómo hacértelo ver. Cómo hacéroslo ver a todos. Ten, te devuelvo a Gabrión. Cierro los ojos, la cabeza se me va hacia atrás y me dejo caer. Veo en mi cabeza a Alber y soy él. También soy la morena de intensos ojos verdes del Hell, Alma. Y el extraño hombre con falda que intentó ligar conmigo de forma tan inverosímil. También soy el Lobo, ahí en la barandilla. Y mi padre, el cual no fue capaz de coger el teléfono. Otros rostros que no conozco aparecen en mi mente. Uno tiene el pelo largo y cara de estar buscando algo, y el otro, más que la realidad de una cara, es la idea de una. Soy todos ellos y ellos son yo. Y juntos quizás no seamos nadie. Adiós a todos. Súbitamente, siento una mano que me agarra de la muñeca y un fuerte brazo me rodea la cintura. Sorprendida, abro los ojos y me encuentro el rostro del Haz de Luz muy cerca del mío, eclipsando a todos los demás y hasta la luz del sol. Sus ojos no demuestran preocupación, ni cariño, ni empatía, pero me sujeta fuerte para que no caiga mientras su mirada me transmite fuerza y resolución. "No", me dice en un susurro grave "Os necesitamos a las dos".

15:00 - 15:59

"Estamos atrapadas", es el único pensamiento que me llega desde "Gabriela cobarde" mientras me miro en el largo espejo del cuarto de baño donde estoy medio escondida, medio ganando tiempo sentada en el mármol del lavabo con el pie dolorido metido bajo el grifo de agua fría. Lo piensa en bucle, muy rápido, casi parece un zumbido, como el de un colibrí o el latido del corazón de un ratón "Estamosatrapadasestamosatrapadas estamosatrapadasestamosatrapadas". Está empezando a agobiarme. Sin embargo, debo decir que yo también siento un cierto desasosiego. Hay algo que no encaja, como por ejemplo, que he dejado de ver a mi ejército. No entiendo dónde se han llevado a mis monstruos ni con qué fin. Quizás los estén organizando para el ataque, pero ¿por qué no estoy con ellos? Soy su general, su ama, su creadora. Debería estar dirigiéndoles, no aquí sentada mirando a la nada como una princesa insulsa esperando que se la coma el dragón. También he empezado a hacerme preguntas que antes no me hacía. Del tipo ¿cómo han podido organizarse así de rápido?, ¿de dónde ha salido ese tal Haz de Luz que parece poderlo y saberlo todo?, ¿qué es ese polvo blanco que te soplan en la cara?, ¿qué pinta ese presentador yonqui aquí con esta gente?, ¿dónde está mi padre que todavía no ha devuelto la llamada? o, ¿por qué narices me brilla la frente y el puto número que tenía en ella parece comprimirse y latir? "Déjate de escapar y mira esto, joder", le digo, sacando el meñique de debajo del grifo y poniéndome de pie, a mi otro yo que continúa con su soniquete "los números de nuestra frente se están haciendo un batiburrillo". Es como ver mezclarse las cartas de una baraja. De pronto, todos los números se unen y se definen en uno sólo. Un gran 1 justo bajo el nacimiento del pelo. Enarco una ceja desconcertada. "El Haz de Luz también tiene un 1, pero más diluido", la voz de la otra Gabriela me sobresalta, no me la esperaba y entonces soy consciente de que no escucho su cansina letanía. "Pues yo no lo he visto", le respondo un poco molesta, no sé si conmigo por no haberme fijado o con ella por hacerse la listilla. "Estabas demasiado concentrada en dominar el mundo. Además, ejem... he podido verle más de cerca que tú. Me fijé cuando intenté huir y me sujetó", me responde con algo de acritud y un punto de... ¿vergüenza? "Gabriela está coladita por el Haz de Luz" canturreo imprimiéndole toda la sorna posible a mis palabras. "Vete a la mierda, no seas cría", su respuesta me hace sonreír, he conseguido sacarla de su letargo. "Vale, lo que quieras, ahora mismo me importa poco si te quieres casar con él, parir a sus hijos en Kepler y vivir en una casa con un jardín repleto de rosas marcianas carnívoras. Necesito saber dónde está mi ejército y lo necesito ya. Siento que algo no va bien, que nos están manipulando y no me gusta una mierda que me manipulen. ¿Qué te parece si firmamos un armisticio?". "¿Qué tienes pensado?", me contesta mirándome fijamente. No me da tiempo a responder. En ese momento la puerta se abre y la chica rubia de la sonrisa impasible que nos ofreció hacía un par de horas una copa de vino, hace acto de presencia. Nos mira evaluativamente deteniéndose una fracción de segundo más de lo necesario en nuestra frente. Algo parece satisfacerla. "Os necesitamos, Shokilagghi, ha llegado el momento y el Haz de Luz reclama vuestra presencia."

16:00 - 16:59

"No va a funcionar", me dice la otra Gabriela cuando le propongo mi plan en la privacidad de la mente. "No seas ceniza, ¿por qué no iba a funcionar?", digo en voz alta. "¿Qué no va a funcionar, Shokilagghi?", la voz del Haz de Luz nos sobresalta a las dos. "Mierda", pienso, "Déjame a mí", me responde mi otro yo. "Discutía con la segunda Shokilagghi acerca de la viabilidad, de abrir un agujero espacio temporal. Ella sostiene que es imposible y yo intento hacerle ver que en lo cósmico e infinito, nada es imposible". El Haz de Luz sonríe o algo parecido. Es perturbador. Como la mueca de alguien a quién le han explicado qué es una sonrisa, pero nunca lo hubiera acabado de entender. Da auténtico miedo aunque veo que a Gabrielacobarde le tiemblan las piernas y pone cara de boba. "No dudes, Shokilagghi. Enseguida se disiparán tus dudas", responde aún sonriendo. "Estoy convencida de ello", le respondo, "y por cierto, ¿dónde está mi ejército?". Suelta una carcajada y se da la vuelta sin responder. Siento un pequeño empujón tras de mí. Es "Doña Rubia Impasible" indicándonos poco sutilmente que sigamos al maestro. "Por un pelo" dice la otra Gabriela. "Sí, para la próxima vez que quieras hacerte pasar por mí, no me hagas sonar como un puto diccionario, jodida pedante. Y evita ese babeó cada vez que le ves". "Vete a la mierda, guapa", me contesta sonrojándose. Subimos por unas escaleras y avanzamos por un pasillo eterno. Dejamos atrás un par de puertas y más kilómetros de pasillo. Gabrielacobarde farfulla no sé qué sobre la milla verde y pongo los ojos en blanco. "No vamos a morir, nos necesitan. Además, cuando me reúna con mi ejército, serán los primeros en pedir clemencia". "No tienes un ejército, plasta. Deja de soñar". Nos detenemos delante de una puerta naranja como la túnica del Haz de Luz. "Usad vuestro número y llamad". "¿Que use mi qué?", pienso. Entonces la otra yo golpea una vez la puerta. No pasa nada. "Las dos", nos apremia nuestro enorme acompañante. "Llama una vez, a la vez que yo" me dice Gabrielacobarde, "a ver si haciendo lo que dice podemos salir de aquí de una pieza". Golpeamos la puerta al unísono una sola vez y la puerta se abre sin que nadie la toque. Cruzamos el dintel y nos encontramos casi de bruces con unas escaleras mecánicas. Es una nave enorme, oscura como la boca del lobo salvo por las pantallas parpadeantes de un montón de monitores colocados a izquierda y derecha de... "¿Qué coño es eso?", murmuro. "Parece una picadora de carne. Joder, te lo he dicho, vamos a morir aquí". Dios, me enervo a mí misma. "Ni entre las dos tenemos suficiente carne para todos esos de ahí fuera, así que dudo que traten de comernos. Presumo que van a abrir un vórtice con ese cacharro" respondo. Miro muy atentamente la forma que tengo delante de mí en la penumbra mientras bajamos por la escalera mecánica. Tiene casi la misma pinta que un embudo boca abajo, metálico y enorme. Parece flotar en mitad de la sala semivacía, pero fijándome mejor, puedo distinguir unos cables que lo sujetan al techo. Me quedo mirándolo entrecerrando los ojos y entonces, en mi cabeza se forma una escena. La de un millón de invasores extraterrestres con tecnología desconocida atravesándolo antes que nosotros y pillándonos en bragas. "Mierda. Quizás todo esto no sea tan buena idea", pienso. "Y menos buena te va a parecer cuando veas a quien tienes detrás, envasado al vacío". No sé de lo que me habla, pero me doy la vuelta y ahí, metido en un tubo transparente, como si de una mariposa se tratara, me encuentro al Lobo. Yo me quedo quieta, mirándole con furia, pero la otra Gabriela, intenta huir. Voy detrás de ella y nos cortan el paso, indicándonos sin ningún tipo de ceremonia que nos pongamos en un círculo justo a su lado. Entonces, súbitamente, sale un tubo, como el que le tiene apresado a él, del suelo y quedamos encerradas. "¡Maldito hijo de puta! ¡Sácanos de aquí! ¡Borteal!, ¿dónde estás? ¡Gabrión! ¡Maldita imbécil, devuélveme a Gabrión, hemos de detener a ese pirado!". Golpeo el grueso plástico con ambos puños una y otra vez, tratando de romperlo, pero éste ni siquiera vibra. Sin mi ejército y estando Gabrión incapacitado, será imposible salir de aquí. "Te dije que el plan no iba a funcionar. Esta gente no deja nada al azar". "Cállate ya, necesito pensar". Miro en dirección al Lobo, que está derrumbado en el suelo. Intentó atraer su atención, pero parece no poder escucharme. De repente, empiezo a escuchar un murmullo. Es como un sonido monocorde que va subiendo de intensidad. Varias personas con túnicas moradas se colocan ante los ordenadores y el Haz de Luz, vuelto hacia nosotros, levanta las manos como si fuera a invocar al trueno. Empiezo a sentir un calor inmenso. "¿De dónde sale ese calor?", pienso. En pocos segundos rompo a sudar y empiezo a asfixiarme. "Gabriela...", escucho decir a mi otro yo, "no puedo respirar". Las piernas nos tiemblan, perdemos fuerza y ambas sentimos que estamos a punto de desmayarnos. De rodillas en el suelo, levanto la cabeza y miro hacia el embudo, tras la espalda del Haz de Luz. Una forma como la de un espejismo se está formando entre la boca del embudo y el suelo. La frente me arde y me viene a la cabeza la imagen del número uno, marcado en ella, en llamas. "Tenías razón" le digo a la otra Gabriela, "vamos a morir aquí". De pronto, cuando creo que no voy a poder más, hay un chispazo y todo acaba. El calor desaparece, el cuerpo, aunque cansado, vuelve a responderme. Tiemblo de pies a cabeza y a mi alrededor hay un estallido de júbilo. Miro hacia delante haciendo un esfuerzo y lo veo. El portal está abierto.

17:00 - 17:59

No sé cuántas horas llevo sin dormir. Mi cuerpo empieza a acusar la falta de sueño y de energía. Deduzco que mi repentina debilidad es causada por el ritual aunque no estoy segura. Tengo el cerebro embotado y no puedo pensar con claridad. Cada movimiento es un mundo. Uno que no me gusta nada. El portal semiabierto fluctúa delante de mis ojos. Con esfuerzo miro a mi alrededor y veo a varios componentes de Nuevo Sol arrastrando a alguien. "¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí? ¡Huye!", quiero decir, pero no puedo articular palabra. "¿Dónde está Alber?", pienso, "¿Y mi padre?". Miro a mi izquierda y veo al Lobo ahí, a poco más de tres palmos de mí, tiritando como si se muriera de frío. No puedo más. Han tirado de mala manera a la otra persona que arrastraban un poco más allá, a la derecha. Sale otro tubo del suelo y queda encerrado. Le conozco... es... es... es el hombre de la falda. Quizás debí haber aceptado su ligoteo absurdo. Ahora, probablemente los dos estaríamos lejos de aquí. ¿Los dos? ¿Y Alber? ¿Y mi padre? ¿Y Alma? ¿Dónde están todos esos rostros que desconozco y siento como míos? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Y la otra Gabriela? No la siento, debe estar inconsciente.

Inconsciente, igual que yo...

18:00 - 18:59

Hay luz, muchísima luz, pero la forma que se levanta ante mí es negra como la noche. No, es más que negra, es nada. Es como haberte quedado ciego de repente, sin embargo, no lo estás, porque al mirar alrededor, ves la intensa luz. No sé quién es ni qué pretende de mí, pero estoy segura de que debería conocer su silueta. "¿Quién eres?", pregunto con voz ronca. "Qué más te da". No reconozco su voz, aunque algo en su timbre me dice que no es totalmente desconocida para mí. "¿Dónde estoy?". "¿Acaso importa?". "¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos?" ¿De verdad esas son las preguntas que quieres hacerme? ¿Son las preguntas que quieres hacerte a ti misma?". Me quedo pensativa. ¿Qué preguntas quiero hacer? ¿Qué quiero saber?, si es que realmente quiero saber algo. Siento que algo me falta. Me siento sola. "¿Dónde está Gabriela?". La Nada parece esbozar una sonrisa. "Pero si tú eres Gabriela, ¿no?". "¿Yo soy Gabriela? ¡Sí, yo soy Gabriela! Pero somos dos. ¿Dónde está la otra Gabriela? ¿Dónde está mi ejército?" la sonrisa de La Nada se hace más amplia: "Dentro de ti. Todo lo que necesitas está dentro de ti, Gabriela". Gabriela... Gabriela... ¡Gabriela! Abro los ojos de golpe. Aún estoy aturdida y no soy capaz de procesar exactamente qué está ocurriendo. "¡Gabriela" vuelvo a escuchar claramente. Giro la cabeza hacia la izquierda y veo que El Lobo golpea furiosamente el metacrilato con la frente mientras grita mi nombre. Una chica le contempla asustada sin saber muy bien qué hacer. "¿Qué haces, puto loco?" pienso. Miro a mi alrededor y veo al hombre de la falda, al que ya había visto entrar, a... ¡Alma! "¿Qué haces aquí, por favor?", también metida en un tubo y, completamente libre y armado con una larga vara de hierro, al hombre de mi visión, el del pelo largo y expresión ausente que parece buscar algo. Y algo busca ahora, sí, lo veo claramente. Busca estrellar esa barra de hierro en la cabeza del Haz de Luz. Se acerca a él por la espalda, con decisión, mientras éste observa la evolución del portal. Pero de repente, en lugar de atacar, viendo que un grupo de encapuchados se le acercan, giran las tornas y se golpea a sí mismo con la barra de hierro, que rebota contra el suelo. El líder de la secta se da la vuelta justo en el momento en el que el portal, cargado completamente, decide abrirse del todo. Hay una especie de implosión y después una explosión de la materia que lo forma que les lanza a los dos por los aires. A los dos y a todo lo que no está amarrado al suelo, como los ordenadores, y a otros miembros de Nuevo Sol. La entrada al portal empieza a girar en sentido inverso, como una centrifugadora y, lo que antes alejó, empieza a ser atraído hacia él, succionado por el vórtice, engullido como un agujero negro engulle galaxias enteras. "Joder, la han cagado...", pienso aterrorizada.

19:00 - 19:59

La nave se está desmoronando, tragada por la fuerza del agujero de gusano. Algunos de mis compañeros de encierro han conseguido escapar de sus tubos y huyen despavoridos; otros seguimos encerrados y relativamente a salvo. No veo al Haz de Luz en mitad del caos, ni siquiera sé si sigue vivo o muerto. ¿Se muere uno al ser engullido por un agujero negro? Ni idea y no me apetece averiguarlo. Escucho un sonido detrás de mí, como una risilla ahogada. Me doy la vuelta y ahí está Alber mirándome con cara de "hoy es tu día de suerte, muñeca, aquí estoy yo". "Alber, ¡sácame de aquí!", le grito. Él sacude la cabeza una sola vez y acto seguido se pone a rascar en el suelo con sus garritas. Mientras Alber trabaja, yo miro a mi alrededor con nerviosismo. La destrucción en la sala es casi total. Las paredes tiemblan, las mesas con los ordenadores hace ya que desaparecieron y, detrás de ellos, las personas que los manejaban. Veo volar túnicas granates por todas partes y me pregunto qué habrá sido de las personas que las portaban. Oigo un crujido y miro al techo pensando que va a caerme encima, pero continúa firme. Otro crujido. Dirijo la vista al suelo, detrás de mí y veo que Alber ha conseguido abrir un agujero en el metacrilato suficientemente grande para que pueda arrastrarme a través de él. No sé cómo hacerlo para salir sin que el vórtice me trague. Tampoco sé por qué a Alber no parece afectarle la devastación. Revolotea alrededor de mi tubo soltando chillidos desafiantes hacia el agujero. Miro mis manos. Las escamas ya no están ahí, ni las alas, ni nada. No soy un dragón, si salgo moriré. El metacrilato vibra con fuerza. Al haber hecho el agujero, se ha debilitado y saltará por los aires en cualquier momento en dirección a la nada. No puedo salir, pero si quiero tener una oportunidad de salvarme, debo hacerlo. "¡Sal de ahí, Shokilaggi!". Siento que una mano me agarra del brazo y tira de mí con fuerza. Es el Haz de Luz. Todas las dudas se disipan. Llamo a Alber con un grito y me dejo llevar por la fuerza del líder de la secta. Consigo salir del tubo y, justo al escondernos ambos detrás de una columna, sale volando el tubo en el que estaba encerrada. "Joder, este gilipollas me ha salvado la vida". "¡Sujétate a la columna!", me grita mientras trata de levantar la tapa de una alcantarilla. Los brazos se le tensan con el esfuerzo y se le hinchan las venas del cuello. Pienso que no lo conseguirá, pero, contra todo pronóstico, sí lo hace. Me agarra de la cintura y, a pulso, me baja por las escalerillas mientras Alber hace un vuelo picado hacia abajo justo antes que nosotros. Me siento como Jane en brazos de Tarzán. No, no de Tarzán, de King Kong. Después de casi un minuto de descenso, llegamos abajo. Me deja en el suelo y se me queda mirando. Sus ojos no reflejan ni vergüenza por el error, ni tristeza por los compañeros perdidos, ni rabia, ni amor, ni nada de nada. Hago lo único que puedo hacer en unas circunstancias como esas. Con toda la rabia y la furia de dos Gabrielas, un dragón y un ejército fantasmal, le suelto la bofetada más gorda que he pegado en mi vida.

20:00 - 20:59

¡JODER!Me duele la mano derecha y la sujeto contra el pecho con fuerza con la izquierda. El Haz de Luz está en el suelo, mirándome con los ojos muy abiertos, mientras intenta decidir qué parte proteger, si la cara en la que arden, rojos como el infierno, mis cinco dedos o la cabeza que se ha golpeado contra la pared. Nos sostenemos la mirada largamente. Yo evalúo la posibilidad de salir corriendo. Como se levante cabreado, de una hostia atravieso la tapa de la alcantarilla y me meto dentro del puñetero agujero de gusano. Aun así, a pesar de saberle más fuerte que yo, no me muevo. Estoy demasiado cabreada y siento la furia latir dentro de mí como un segundo apocalipsis, tan poderoso o más como el que parece estar desatándose ahí arriba. Abre la boca para hablar.

- No digas nada, me cago en dios. Arregla este puto desastre, jodido gilipollas o la próxima que te pego te pone los huevos por corbata. Te juro que como no pares esto, vas a desear que el agujero de gusano te hubiera tragado.

"Joder, qué huevazos tienes Gabriela me dice mi propia voz en la cabeza". "¿Dónde coño te habías metido? ¿Por qué no te veo?". "En ninguna parte y porque estoy dentro de ti. Yo y todo tu ejército". "Todo lo que necesitas está dentro de ti", me dijo la voz de la Nada en aquel limbo. Por fin todo encaja. De pronto una explosión portentosa hace temblar el techo sobre nuestras cabezas. La tapa de la alcantarilla sale volando y un montón de cascotes y de algo que parecen cachitos de persona caen a nuestra alrededor. Agarro de la mano al Haz de Luz al grito de "vámonos de aquí" y sorprendentemente me obedece sin protestar. A ver si le he causado un daño cerebral irreparable a este megalómano y ahora no es capaz de arreglar el estropicio que ha liado. Corremos como dos locos mientras la tierra tiembla y el mundo se hunde ahí arriba. Encontramos una pequeña y extraña colonia de gente que, por lo visto han tenido la misma idea que nosotros. Les gritamos que corran, pero no parecen enterarse porque ni se mueven y encima nos miran con cara rara, como si estuviéramos locos. Llevo casi 24 horas loca, ahora mismo me siento más cuerda que nunca. Y también más decidida y fuerte. El temblor es cada vez más potente a pesar de estar alejándonos de la zona H. "¿Por qué tiembla todo, joder?", pregunto en voz alta. Me responde el silencio, así que detengo la carrera y me doy la vuelta para mirar al Haz de Luz y volverle a preguntar, esta vez con cara asesina. Ahora sí hay sentimientos en su rostro. Uno en concreto. El miedo. "¿Q u é e s t á p a s a n d o?", articulo en voz baja y sibilante. Tarda unos segundos en responderme, pero al final lo hace con la voz de quien al fin ha sido consciente de su error. "Creo que el agujero negro ha invertido la polaridad y ha estallado. La materia oscura y, quizás, más cosas están entrando de golpe por él". "¿Y eso qué quiere decir?". "Que hemos provocado el Armagedón".

21:00 - 21:59

Caminamos en silencio bajo lo que posiblemente sean los restos del mundo que un día conocimos y que, bueno, quizás algunos no llegamos a amar, pero donde nos habíamos acostumbrado a vivir. ¿Qué habrá sido del Lobo? ¿Y de Alma? Joder, ¿qué habrá sido de mi padre? ¿Qué nos encontraremos cuando subamos a la superficie? ¿Será el aire respirable o el oxígeno se habrá volatilizado por la explosión interestelar? Demasiadas preguntas que no sé si quiero responder. Valoro la posibilidad de volver a la nave y saltar dentro del agujero de gusano, pero algo me dice que ahí ya no hay nada para mí. Ni siquiera la muerte. Oigo un carraspeo a mi espalda, pero finjo no haberme enterado. No quiero mirar al Haz de Luz, porque si lo hago quizás acabe agarrando esa navaja suiza que llevo en la bota siempre que salgo a la calle y clavándosela en la yugular. "Te has convertido en el destructor de mundos", pienso, y me siento mal por ello. Oppenheimer no estaba a la altura del desastre que ha provocado este imbécil megalómano. Vuelvo a oír la tosecilla.

- ¿Qué? -pregunto exasperada sin detenerme ni darme la vuelta siquiera.

- Shokilagghi... -empieza a decir.

- Como vuelvas a llamarme así te juro que te arranco el corazón con una cuchara -le respondo y automáticamente me imagino tratando hundir dicho artilugio en el torso de amianto de esa mole como si lo estuviera haciendo en una copa de helado.

Una caliente y sangrienta copa de helado. Casi me río. Casi. Pero no está la cosa para risas ni desvaríos. No es momento para la locura. La locura está ahí fuera y, por eso, yo debo mantenerme cuerda. Súbitamente, noto que me agarra del brazo y me doy la vuelta con la mano derecha en alto, preparada para propinarle otra bofetada justiciera, pero se lo esperaba y me ha agarrado de la muñeca rápidamente. Le miro con furia a los ojos. "¿Recuerdas cuando tenías miedo, Gabriela?". Ese pensamiento me viene de improviso. Ya no hay miedo.

- Gabriela... -susurra él.

"¿Ha escuchado mi nombre en mi cabeza o siempre lo ha sabido?", me viene a la mente.

- ¿Qué quieres?

- Deberíamos salir del subsuelo.

- ¿Por qué?

De pronto oímos un terrible estruendo y un gran temblor de tierra lo sacude todo. Caen cascotes a nuestro alrededor y pienso que el techo (o el suelo, según se mire) va a hundirse sobre nuestras cabezas.

- Por eso -me responde.

- ¿Qué ha sido eso?

- Probablemente un edificio que ha colapsado.

- Vale, lo entiendo, o salimos o la ciudad puede aplastarnos, pero si el aire es irrespirable moriremos.

- ¿Qué prefieres? ¿Morir de asfixia en unos instantes o tener la mala suerte de ser semiaplastada y tirarte días chillando de dolor?

Su estúpida y sensual lógica me desarma. Quiero decirle que si me cae encima toda la ciudad no quedaré semiaplastada, que será rápido, que es la mejor opción, que sería de muy mala suerte que sólo me cayera un pedacito y me dejara atrapada muerta de dolor, hambre y sed, pero, dado que las últimas 24 horas han sido un cúmulo de malas suertes y despropósitos, opto por callarme y subir por la escalerilla que me señala justo a mi derecha. Mientras asciendo, pienso en si me estará mirando el culo. "Eso, bonita. El mundo hundiéndose y tú preocupada por tus cuartos traseros. La madre que te parió". Desde que he tomado el control de la otra Gabriela, ésta sigue hablándome, pero desde el interior. Como una especie de conciencia. Da el mismo por culo que cuando éramos dos. Muy a mi pesar, lleva razón. Una vez más. Llegamos arriba y ¡oh, sorpresa! La tapa pesa demasiado para que yo pueda levantarla y el Haz de Luz (¿cómo coño se llamará?) se ve obligado a pasar por encima de mí muy pegado a mi cuerpo. Mi rostro estalla en llamas por el roce y la vergüenza. "Dios mío, tengo que alejarme de este hombre de una maldita vez". La tapa se desliza haciendo un ruido chirriante y la oscuridad entra a través del agujero sin invitación ni cita previa. Él sale primero y yo espero a que extienda una mano para ayudarme a mí, pero no tiene a bien hacerlo. "Todo un caballero. Menudo ojo, Gabri", dice una parte de mí. "Casi le noqueaste y llevas insultándole todo el camino" le responde la otra. "¡¡¡Iiiiiiiiihhh!!!" oigo chillar a Alber detrás de mí.

Con un último impulso salgo a la calle. Al principio no veo nada y pienso que es una noche neblinosa cualquiera, luego me doy cuenta de que eso no es niebla, sino polvo. El polvo que han dejado los edificios derribados por la terrible deflagración y también de los que han caído después. Se ven varios focos de incendios como fuegos fatuos entre la desolación. Posiblemente gasolineras que han volado por los aires y con ellas, toda la manzana. Veo cuerpos desperdigados por el suelo. Amasijos de carne que alguna vez fueron humanos y ahora sólo son daños colaterales. El asfalto está resquebrajado y en algunos puntos, directamente ha desaparecido. Hay varios coches uno encima del otro, y por las ventanillas, puedo ver que no estaban vacíos. De uno de ellos sale una mano y justo bajo ella, en el devastado suelo, una muñeca ha abandonado a su dueña. Es más de lo que puedo soportar. El líder de la secta está parado con los brazos a cada lado del cuerpo, de espaldas a mí. Saco la navaja de la bota y me acerco silenciosamente, pero con decisión, a él. "No, por la espalda no. Quiero que me mire a los ojos cuando acabe con su vida. No soy una asesina. Soy una vengadora". Le agarro del hombro y le hago girar, acerco la hoja a su garganta sin mirarle a la cara y... No hace el más mínimo movimiento para defenderse. Levanto la cabeza y se me parte el alma. El Haz de Luz, el destructor de mundos, el sabio que todo lo conoce y que creyó ser quien lideraría el periplo de los humanos a través del espacio lloraba sin consuelo alguno y sin emitir el menor sonido. Tiene el rostro de quien ha estado loco mucho tiempo y por fin ha recuperado la cordura. Una víctima más de la propia inteligencia y el carisma. Le entiendo y el cuchillo cae al suelo con un tintineo.

Alber frota su cabecita contra mi pierna mientras emite un ronroneo tristón; yo abrazo a ese hombre enorme al que había golpeado hacía tan sólo alguna eternidad que otra y el... él se derrumba de rodillas conmigo entre sus brazos en mitad de la total destrucción que ha provocado. "Gabriel. Se llama Gabriel". Le abrazo más fuerte aún.

22:00 - 22:59

No sé cuántas eternidades permanecemos abrazados en mitad de la destrucción. Quizás sólo un segundo, quizás todos. El fin del mundo está ahí fuera, pero en nuestro abrazo cabe toda la humanidad. Siento unos golpecitos en la pierna. No quiero mirar, se está bien aquí. Por favor, mamá, cinco minutitos más... ¡Aaaaaaaaay! Me separo bruscamente del abrazo de Gabriel y miro hacia el suelo donde encuentro la carita impaciente de Alber.

- ¡¿Me acabas de morder?!

Alber resopla exasperado y dos nubecillas escapan de sus fosas nasales. Suelta dos chillidos, patea nervioso el suelo y después se aleja de nosotros a saltitos. Un par de metros más allá se detiene, se da la vuelta y vuelve a chillarnos, esta vez más alto y con menos paciencia aún.

- Gabriela, creo que quiere que le sigamos.

Le miro. Sé que lleva razón, pero no quiero moverme de ahí. Aún me rodea con un brazo y, quizás, si ignoramos a Alber, podamos volver a refugiarnos el uno en el otro. Escucho chillar a mi dragón otra vez. Viene volando como una bala y parece que vaya a estrellarse contra nosotros, pero justo antes de impactar se detiene y vuelve a gritar. Cuando se pone tan pesado es difícil ignorarle. El Haz de Luz suelta mi cintura y me agarra de la mano.

- Puedo ser un estúpido megalómano ciego de poder, pero aún sé reconocer cuando alguien sabe algo que yo ignoro.

Entonces caigo en la cuenta de algo.

- Espera, ¿puedes ver a Alber?

- ¿Por qué no debería poder?

- Porque es una alucinación.

- Pues tu alucinación acaba de darme un cabezazo en el culo, así que es difícil no prestarle atención.

No sé qué decir. ¿Ha sido siempre una alucinación? ¿Lo fue, pero ahora es real? ¿Compartimos ambos el mismo tipo de locura? ¿Qué carajo...?

- ¡Deja de morderme, pequeño engendro de Satán! -Alber suelta su risilla asfixiada y vuelve a alejarse; yo suspiro, vencida por la presión social-. Vámonos.

Trato de soltar la mano del Haz de Luz para seguir a Alber y él me agarra más fuerte. Vuelvo la cabeza para que no me vea sonreír. "Parir a sus hijos en Kepler y vivir en una casa con un jardín repleto de rosas marcianas carnívoras". El recuerdo de mis propias palabras hace que me ponga como un tomate y acelere el paso cómo si, al hacerlo, pudiera dejar la vergüenza atrás. Andamos en silencio tratando de no mirar a nuestro alrededor, pero nos es imposible. La devastación se extiende por todas partes. Incluso el cielo, sin estrellas y cruzado por relámpagos de sangre, donde una luna, roja por las partículas de polvo y ceniza, brilla impertinentemente apocalíptica, nos recuerda la destrucción que lo invade todo. No tengo ni idea del tiempo que llevamos andando cabizbajos, orientados únicamente por los breves chillidos de Alber. De vez en cuando, la tierra tiembla y se oyen gritos y carreras, pero no vemos a nadie. Estamos solos. Lo estaríamos incluso aunque nos acompañara una marabunta de gente.

El Destructor y la Dominadora mundial. No hay paz para los locos. De pronto, soy consciente de que ya no escucho los grititos de mi dragón y, con algo de miedo por lo que pueda encontrarme, levanto la mirada del suelo justo a tiempo para evitar chocar con él. Se ha detenido en mitad de una explanada. No puedo creerme lo que hemos andado. Los edificios han quedado atrás y estamos a las afueras de la ciudad. Delante de nosotros se extiende una planicie completamente vacía. No hay árboles (¿quedará alguno en pie en alguna parte? Seguramente no. Lástima, me gustaban los árboles), ni matojos, ni una triste mala hierba. Por no haber, no hay ni rocas, y pienso que tal vacío está muy acorde con el que él y yo llevamos dentro. Alber se da la vuelta y nos contempla con atención, como esperando algo. Nosotros también nos miramos confundidos y después a él. Muevo las manos haciendo el gesto que haría un árbitro para que continuara el juego, tratando de que vuelva a andar, de que nos guíe a algún lado, de que nos saque de la soledad, pero no se mueve.

Parece esperar algo. No tiene que esperar mucho. La tierra empieza a temblar suavemente y unas compuertas se abren en ella ante nuestros ojos. Contengo el impulso de frotarme los ojos para verificar que no estoy soñando. Del suelo está saliendo una especie de cohete espacial. Me duele la mano. Gabriel la está apretando de tal manera que creo que va a romperme todos los huesos.

- ¡Me haces daño!

- ¿No lo entiendes? Es una nave de evacuación.

Parpadeo incrédula.

- ¿Tú sabías esto? -siento como la rabia empieza a crecer.

- No -tiene los ojos entrecerrados y parece muy enfadado-, pero ellos sí parecían saber lo que iba a ocurrir con el agujero de gusano y nos dejaron seguir.

- ¿De dónde sacasteis los parámetros para abrirlo?

- Adivina -me dice haciendo un gesto con la cabeza hacia la nave que lleva xerografiado en un lateral el logo del gobierno.

Me quedo mirando con rabia hacia la nave, iluminada desde el suelo con unos focos. Le miro a él y vuelvo a mirar a la nave. "Parir a sus hijos en Kepler y vivir en una casa con un jardín repleto de rosas marcianas carnívoras". El recuerdo vuelve a atacarme a traición diluyendo en parte la ira. Vuelvo a mirarle y descubro que él también me mira a mí muy intensamente y, de pronto, me besa sin previo aviso. No es un beso cualquiera, es EL BESO. En nuestros labios hay la misma medida de dulzura y amor que de rabia y furia. Es ese beso que lo dice todo. Ese en el que vuelcas, no sólo lo que llevas dentro sino también la energía del cosmos. Con los labios aún rozándose, me dice justo lo que deseo oír.

- No quiero irme a Kepler.

- De aquí no se va ni Dios -le respondo sonriendo y guiñando un ojo-. Vamos, tenemos un ejército de monstruos y nada que perder.

23:00 - 23:59

Se está congregando una pequeña multitud alrededor de la nave. No sabemos de dónde ha salido toda esa gente, pero tampoco nos importa. Estamos furiosos y nuestra ira puede sostenernos a nosotros, al mundo semidestruido y al universo entero si hace falta. ¿Qué iba a hacer la humanidad en Kepler? ¿Acabar esclavizados por una raza superior? ¿Cargárselo también como había hecho con este planeta para después echar la culpa al cambio climático? No. Quizás la mano ejecutora de la devastación final fuera la de Gabriel, pero la tierra estaba condenada mucho antes por nuestra culpa. Es hora de pagar por ello. El número áureo me quema en la frente. Miro al Haz de Luz y veo que el suyo brilla con fuerza, así que supongo que el mío debe estar haciendo algo parecido. Kepler nos llama a ambos. O quizás sea la Tierra clamando venganza. La nave ahora está rodeada por militares que hacen una criba entre los congregados, permitiendo o impidiendo que suban al cohete a golpe de subfusil. "Gabriela, es tu momento", hasta la voz de mi mente tiene la boca seca. "Devuélveme a Gabrión". "Será un placer", sonríe, sonrío. "Todo lo que necesitas está dentro de ti", dijo la voz de mi padre cuando el mundo empezó a hundirse. Ahora sé que la Nada era él. Y también sé que está muerto y que no le volveré a ver. Grito con fuerza y mando a tomar por culo todo el factor sorpresa, aunque no nos hace falta. No se puede matar a lo que ya está muerto. El ejército de mis pesadillas, de mi mente y de mis libros se lanza a la carga contra los militares que custodian la nave de evacuación provocando una carnicería que las balas no pueden detener. La gente huye y hay un terrible caos de gritos, carreras, llantos y miembros amputados. Sigo gritando arengando a las tropas y éstas responden con un alarido de júbilo. Veo que Gabrión se cuela dentro de la nave por rendijas inexistentes y que un humo negro empieza a salir de ella. Poco después, reaparece y contemplo con una sonrisa cómo comienza a poseer a los allí presentes, introduciéndoles en la lucha y provocando que se maten entre ellos. A mi lado, Gabriel monta uno de los caballos fantasmales de los espectros de la noche. Se ha quitado la túnica y sólo luce en su pecho desnudo el sol dorado de la secta, unos pantalones que refulgen como la luz del sol, botas negras y una espada de luz en la mano. Es, realmente, El Haz de Luz. Y yo la oscuridad que potencia su fulgor. Con él termina mi historia de terror y, por fin, empiezan los cuentos. Juntos, en la Tierra.

FIN