Todas las decisiones

04.06.2019

Martes, 4 de junio de 2019

-Martí, deberíamos seguir el plan.

-¿Qué plan?

-El que tú diseñaste.

-Pues por eso no lo seguimos.

He imaginado este diálogo antes de una reunión de trabajo, que se basa en un proyecto que yo he diseñado. Y es que tengo la sensación de que gran parte de mi presente se ha formado en base a planes diseñados en el pasado que no he seguido. Se me da muy bien crear proyectos, planes, programas y gestionar equipos. Se me da genial establecer calendarios de actuaciones y, previo a ponerlo sobre papel, hacer unas estructuras mentales tremendas que contemplan casi todos los flancos y que forman una disposición perfecta, sin fisuras. Luego, ya al escribirlas, empiezan a aparecer grietas debido a mi incapacidad de retener aquello proyectado si no lo apunto al momento. "Hola, soy Dori, ¿puedo ayudarte en algo?". El siguiente paso es darte cuenta de que todo aquello que en tu cerebro estaba cojonudamente puesto, en realidad no está tan ubicado o que ahora ya no sabes dónde iba. Posteriormente, tercer paso, es dejarse muchas cosas. El cuarto y definitivo es que después, cuando todo está escrito, se queda allí escrito y cuando se sigue una parte del proyecto es casi de casualidad. La vida es improvisación, en mi caso improvisación involuntaria.

Podría decirse que es una improvisación basada en un plan. Eso sí. El plan sigue en mi cabeza aunque desordenado y confuso después de los girones producidos al pasar a estar escrito y a pesar de que durante tiempo se fue fraguando, se secaron sus cimientos y se empezaron a poner los primeros pilares. Todo el montón de ideas, ni buenas ni malas, que aparecen se aglomeran y gritan que necesitan un plan, se manifiestan con pancartas y siempre hay alguna que tira un cóctel molotov al escaparate de una idea que consiguió su sitio. Entonces me alzo sobre un coche (de la guardia civil no) y con un megáfono pido orden y las voy colocando. Las ideas que se ven relegadas a los últimos puestos de la cola se quejan, pero acaban obedeciendo ya que, al final, son mías y no les queda más remedio (siempre las hay que siguen quejándose por lo bajini o que gritan consignas de protesta tapándose la boca). Les prometo, por eso es que me va la política, porque me gusta prometer y llego a creerme que esta vez sí lo cumpliré no obstante las muchas veces previas en que no, que tendrán un plan con pies y cabeza y que lo seguiremos a rajatabla porque será buenísimo, la hostia, el no va más, la panacea, el fin del caos. Las ideas me miran, desconfiadas, me conocen.

La vida no me ha ido del todo mal, aunque no vivo como un rey ni reino entre los vivos. Y he ido improvisando en base a estos planes que comentaba, es decir, a pesar de que parezca que he ido dando palos de ciego, no ha sido así, pero más raramente he seguido un guión. Esto me ha llevado en ocasiones, muchas e insistentes, a pensar que quizá estaba siguiendo los planes ajenos, no de Dioses ni de energías cósmicas, sino de otras personas. Que estas planificaban incluyéndome a mí en sus proyectos de vida por una razón o por otra y que yo me acomodaba. La sensación de pensar que los otros han decidido por ti, es terrible. Creo que no hay nada que se aleje más de la libertad. Dicen que no decidir también es decidir, o lo dije yo, no lo sé. Yo tuve esa sensación y llegué hasta el punto de convencerme, un convencimiento no definitivo, de que mi vida no me pertenecía, que las decisiones importantes no las había tomado yo sino que me había acoplado a las de otras personas. Y reflexioné sobre la importancia vital que tiene enseñar a las personas a decidir por sí mismas desde pequeñas, dentro de sus capacidades, capacidades que ellas mismas tienen que tomar consciencia de cuáles son, no tiene que decidirlo nadie de fuera. Mi vida, sin embargo, ha sido decisión mía y, en realidad, pensar lo contrario sería echarle la culpa u otorgar el mérito a otros. Y toda la culpa es mía, y todo el mérito también.