Todo está en su sitio

29.10.2020

Relato basado en una idea de @Shopenfraude

Jueves, 29 de octubre de 2020. 06:30 horas. Suena el despertador. Lo apaga. Entra algo de luz por la persiana a medio subir de la ventana orientada al norte. Las ramas del platanero que alcanza el segundo piso se balancean con cierta monotonía. Está nublado, 15º de temperatura. Luís se despereza todavía cubierto por el edredón con funda de cuadros negros, grises y blancos. La ropa de ayer a los pies de la cama, el pijama a un lado. Se incorpora, duerme desnudo casi todas las noches. Se pone el pijama de camiseta negra y pantalón a rayas marrones de diferentes tonalidades. Sale de la cama y se calza las zapatillas azules, muy, demasiado, viejas. Sube la persiana y mira el cielo, luego la calle, después se despereza de nuevo. Se pone las gafas de carey verde. Va hacia el baño, vacía la vejiga, se lava las manos y la cara con jabón y agua fría, se mira en el espejo. Barba corta con algunas canas, pelo corto con bastantes canas. Camina por el pasillo hasta la minúscula cocina, mira que quede café en la cafetera italiana color aluminio, se sirve una buena cantidad en la taza blanca, abre la nevera, saca la bebida de avena, la añade dentro de la taza, lo calienta en el microondas durante medio minuto. Enciende la radio. Anuncian medidas drásticas para el fin de semana, el virus estrella de la década está arrasando. Para el horno antes de terminar los 30 segundos, comprueba que esté a la temperatura que le gusta. Coge un cigarrillo rubio del cajón y va al comedor, se sienta frente a la mesa negra. Mientras bebe y fuma mira las notificaciones del móvil y después las redes sociales. Terminando el pitillo, le vienen las habituales ganas de cagar. Café y cigarro, cagarro. Se sienta en la taza del váter y juega un rato con el teléfono. Al terminar vuelve a lavarse bien las manos, regresa a la cocina, se sirve más café con bebida de avena que calienta también en el microondas, se enciende un segundo cigarrillo. Las noticias escupen datos sobre: infectados, muertos, ocupación de los hospitales. Mentalmente repasa la lista de cosas por hacer hoy: trabajar un poco, bajar a correos, encargar un libro que le han recomendado, pagar a la chica que viene a limpiar la casa dos veces por semana, preparar la conferencia del próximo jueves.

Allí, apoyando el trasero en el mármol de fondo gris con manchas negras y blancas, que le parece feo y poco práctico, se da cuenta de que su vida es tranquila, todo parece estar en su sitio. Sí, claro, ganar algo más de dinero estaría bien, follar más y fumar menos también. Sonríe. Tiene un buen trabajo, una buena pareja, buenos amigos, una familia agradable, un piso que no está nada mal. Sí, todo en su sitio. Sonríe, es motivo de satisfacción. Apaga el cigarro, lava la taza, hace la cama, recoge un poco la habitación, elige la ropa para ponerse hoy, hace unas cuantas flexiones y unos cuantos abdominales, se ducha, debajo del agua se masturba recordando la última escena de cama con su chica, se seca, se viste, se peina, se lava los dientes y vuelve a mirarse con atención en el espejo. Todo va bien, se repite, todo está tranquilo, todo está en su sitio. De repente, sus ojos en el espejo cobran un extraño matiz pasando del castaño claro a un gris opaco. Sorprendido, Luís parpadea un par de veces y se acerca más para mirar el fenómeno, sin duda producto de un efecto óptico. Pero no. Ahí está su iris con esos tonos plomizos y... sí, espera un momento, ¿qué significa esto? Siente un vértigo desconocido cuando su pupila se transforma y deja de ser un punto negro para convertirse en un espiral. Luís se restriega bien los ojos, se aparta, mareado, del espejo traidor. Quizá le bebida de avena estaba caducada y le produce alucinaciones. No recuerda que tuviera sabor extraño. Lentamente, con miedo, vuelve a acercar su rostro al otro yo prisionero tras el cristal. No, todo está normal. Joder, menos mal. Sonríe. Todo en su sitio. Se abrocha los últimos botones de la camisa, va al despacho y enciende el ordenador.

Pero algo se remueve. La ilusión en el espejo ha generado un seguido de efectos encadenados en su interior que no puede controlar. En el monitor van apareciendo las diferentes aplicaciones y carpetas, unas cuantas notificaciones se suceden con cadencia monótona en una esquina de la pantalla. Es como si el espiral de la pupila se hubiera trasladado al estómago, los nervios se le ponen a flor de piel, demasiado café, se dice. Abre el correo del trabajo, el jefe le felicita por el último informe y le anima a seguir así. Al acto todo el cuerpo se pone a temblar, la piel de gallina, una progresión incomprensible de escalofríos le hacen alzarse de golpe, llega a la cocina, se enciende otro cigarrillo. Las piernas le flaquean. ¿Qué cojones...? Llena un vaso con agua del grifo filtrada por un apartito que parece de juguete. Le tiembla el pulso como no recuerda, siente náuseas. Bebe y al acto su cuerpo estemecido rechaza el líquido que escupe en el fregadero y una serie de arcadas le atacan. Abre el grifo y deja que toda la cabeza se inunde del líquido frio, inodoro, incoloro e insípido. Oye la señal del móvil que avisa de un mensaje de su pareja.

"Buenos días. Tengo (muchas, muchas, pero muchas) ganas de verte. Te quiero." Sonríe, a cualquiera le anima un mensaje así... Vomita sobre el móvil con una violencia inesperada, su cuerpo se contorsiona, cae de rodillas. No se trata de un dolor de vientre, es un malestar desconocido para él que ocupa todas y cada una de las partes formantes de su organismo. No lo entiende, se ha despertado bien, contento, ha seguido la satisfactoria monotonía de siempre (más arcadas), se ha sentido bien con la vida que lleva (como un latigazo le llega una migraña insoportable), le han felicitado en el trabajo (los pulmones se contraen, le falta el aire), ella le ha dicho que le quiere (un sablazo le recorre la columna vertebral haciéndole darse de bruces contra el suelo), no... No, se dice, no puedo morir ahora que todo está tranquilo, que todo está controlado, que mi vida es un apacible océano, sin nada que provoque tormentas, sin... Mierda, piensa, es eso. Y su cuerpo se relaja, la cabeza se despeja, las náuseas se van por dónde han venido y, derrotado, se deja vencer por el delicioso sueño de un vendaval acechando.