Transeúnte (I)

05.06.2019

Miércoles, 5 de junio de 2019

Cuando vives en un pueblo, ni que sea grande, te cruzas a menudo con muchas personas en una rutina global más allá de las rutinas individuales de cada uno. Alguna de éstas, más que personas, parecen personajes, como de atrezzo, y me recuerda esta sensción ligeramente a la película The Truman Show (Peter Weir, 1998), aquella que si no habéis visto deberíais ver en la que un hombre es filmado desde el día en que nace en un plató gigantesco y todo lo que le rodea es de mentira y está dirigido desde un estudio de televisión. Es como los extras a los que alguien les hace una señal y entonces salen de una esquina y se ponen a caminar como si fueran a alguna parte para, al no estar a tiro de cámara, volver a sentarse y esperar nuevo turno. Me dispongo a hablar, como transeúnte en mi pueblo, de los personajes habituales, empezando hoy por los que me inspiran cierta tristeza, creo que son los que merecen más atención.

En mi pueblo me encuentro casi cada día con un hombre al que, por alguna razón, he bautizado en mi imaginación como Juan, un hombre que aparenta mucha más edad de la que debe de tener. Juan posiblemente salga de alguna casa para personas que no tuvieron techo o que fueron adictas a las drogas (hay una en la carretera); lleva ropa que le viene muy grande o que es de hace muchos años, arrastra los pies y anda con un ritmo que no sé si es tranquilo o es que no puede ir más deprisa, aunque sospecho que es la primera opción. Juan, retirado ya de la vida laboral y con una vida social más bien escasa debido a un pasado convulso, no tiene ninguna prisa y, lo que suena peor, no hace pinta de tener ningún destino. Juan simplemente camina. Tiene el pelo cano abundante, bien cortado y una barba también cana, no tan cuantiosa. Lleva la espalda levemente curvada, los brazos le caen a los lados como si no tuvieran fuerzas o, mejor dicho, como si no tuvieran ganas, de levantar nada, salvo los cigarrillos o los puritos que fuma, y fuma mucho.

También está Manolo, hombre de bar, imagino que tiene broncas en su casa, es bajito y cuadrado, siempre con camisa y pantalón ancho, paseando a su perro, uno de esos pequeños y feos a los que pone un jersey en invierno. Sus manos están callosas y en la cara decenas de surcos como los de un árbol informan que su vida no ha sido fácil o, por lo menos, no ha sido blanda. A quien ya no veo es a Yolanda (nombres inventados todos, lo repito por si acaso), quien también debía salía de la casa de acogida para ex toxicómanos, aunque ella no era ex, por la forma de andar muchas mañanas, por cómo se fue marchitando, cada día más ojeras, más palidez, menos peso aunque la barriga se le marcaba, quizá por los efectos secundarios de la medicación psiquiátrica. Otro personaje que vi mucho durante un tiempo, pero ahora ya no tanto, es Mercedes, antigua policía local a la que echaron del cuerpo por su consumo de alcohol; Mercedes, ya con cierta edad, era de esas personas que todos intentan evitar, pero raramente puede hacerse sin malas maneras, puesto que se presenta en las terrazas de los bares y va de mesa en mesa en una especie de intento que mezcla el querer hacer amigos con el esperar a que le inviten a bebida.

Está también el hombre que regenta un bar en la esquina opuesta al ambulatorio, Carlos, un bar casi siempre vacío o con uno o dos clientes a la hora de desayunar, que se le llena un poco más los días de mercado, es alguien que si alguna vez ha sonreído ya hace mucho de ello y su cara no se acuerda, no le quedan restos de haber sido feliz alguna vez. Me cruzo muchas veces también con una pareja subsahariana, no les he puesto nombre porque desconozco sus orígenes y no quiero darles por ghaneses siendo de Mali, por ejemplo. Ella viste con aquellos vestidos de colores y estampados vivos de muchas mujeres africanas, cierta elegancia en el andar y firmeza en sus maneras y gestos y aguanta con paciencia infinita el andar no lento, sino casi imperceptible de su marido; él lleva una muleta que le ayuda a mantener el equilibro, imagino que después de alguna enfermedad o accidente horrible que le ha supuesto decenas de operaciones, mantiene la pierna izquierda torcida hacia adentro, cosa que le afecta toda la columna y me pregunto cómo debe ser tener que planificar un día sabiendo que tardarás medio en ir, simplemente, a comprar a la tienda de dos calles más abajo o más arriba.

Hoy me ha apetecido escribir sobre estas personas ya que llevo unos días preocupado, puesto que no veo a Juan y aunque tendí a pensar: "no puede ser que le vea todos los días", ya que llegué a coincidir con él todos los días durante mucho tiempo, laborables o festivos, ahora le echo un poco de menos, tal que a la ciudad le faltara un edificio, a la calle un adoquín o a la acera un árbol.