Transeúnte (II)

12.06.2019

Miércoles, 12 de junio de 2019

Hay gente que grita. No hablan, gritan. De manera que cuando tienen que subir el volumen para hacer destacar de alguna forma aquello que están diciendo por encima de los demás o del barullo cotidiano, pegan unos berridos que los oye todo el mundo. Desde el balcón de mi piso, que da a la calle principal, oigo gritos a menudo. Las gaviotas siempre gritan. Igual descienden de las gaviotas.

En el pueblo está la Sra. Ángeles, en realidad no sé cómo se llama, es inventado. La primera vez que topé con ella me llevé un susto considerable, puesto que subía por una calle con los niños y Ángeles es una mujer que les chilla a los niños y, supongo, a las niñas. Estaba sentada en uno de esos bancos pensados para que la gente que va cargada descanse, bancos que te dejan mirando a una pared. Hacía algo con las manos y se movía compulsivamente hacia atrás y adelante, en un movimiento característico de personas que sufren determinadas enfermedades mentales. No pensé que, justo pasar nosotros tres, empezara a insultar y a decir en voz muy alta improperios contra la infancia. Imagino una infancia durísima para ella, quien sabe si motivo de su posterior enfermedad. Viste, también, de esa forma extravagante que visten algunas personas con trastornos mentales, como si no supieran combinar nada, como si no supieran en qué estación están. Lo siento por ella, cuando la veo y voy con mis hijos cambio de acera. El otro día la Sra. Ángeles gritaba tan fuerte que la oí desde el balcón del piso que da al otro lado del pueblo.

Otras personas, como decía, gritan y ya está en lugar de hablar. Quizá crecieron en un lugar muy ruidoso, al lado de vías de tren o de aeropuertos, pero lo más probable es que hayan vivido en una casa en la que todos se gritaban. La inmensa mayoría de veces los gritos van acompañados de un vocabulario con muchas palabrotas (decir esto me hace sentirme infantil) y con una manera de relacionarse con el otro que roza la falta de respeto constante. Nunca he entendido a quién consigue mantener relaciones así, despreciándose, insultándose. Si tú pasas cerca y les miras, ellos o ellas te devuelven la mirada en plan "¿y tú qué miras?", la respuesta es sencilla: eres tú quien está montando el espectáculo, y los espectáculos están para que alguien los mire. Dicen de mí que hablo bajo, que a veces cuesta oírme. Quizá es por eso que no soporto los gritos o quizá es porque no soporto los gritos que hablo bajo.

Vas paseando por la calle y ves y oyes a una pareja que se grita, o a un corro de personas en las que dos mujeres o dos hombres gritan o se gritan la una a la otra. Estás en un bar de la plaza y te cuesta entender lo que te dice quien tienes delante porque en la mesa de al lado la gente grita. El domingo, un niño iba con un megáfono de juguete por la plaza, uno de aquellos que toca himnos de equipos de futbol y que también sirve para ampliar la voz. El niño iba tan tranquilo, molestando a los demás (no sólo a mí), las otras mesas le mirábamos a él y a su madre no entendiendo cómo le deja ir con esto. Siempre que veo cosas parecidas, me pregunto en qué momento estas madres y esos padres empezarán a poner límites, si es que los pondrán algún día. Quizá, estas personas que en lugar de hablar, gritan, lo hacen puesto que de pequeñas si gritaban les hacían caso y conseguían lo que querían montando un buen berrinche. Cuando mis hijos se enfadaban por algo y se ponían a gritar, siempre les decía que no era necesario que se enterara todo el mundo, que eso era una cosa entre ellos y yo. Ya no gritan. Ni pegan. Tampoco entiendo a los padres y madres que justifican que sus hijos o hijas se den de hóstias con aquel argumento idiota de "tiene que aprender a defenderse". Claro que sí, pero hay distintas formas de defenderse y, como decía Asimov: "la violencia es el último recurso del incompetente". Me he desviado un poco, pero lo diré bajito, que no desciendo de las gaviotas y cerca del mar hay muchas, siempre gritando.