Tres Tristes Tigres (Ágata)

12.02.2006

Ágata

Andando por las calles nevadas y oscuras, con las manos en los bolsillos y el cuello de la chaqueta levantado, por encima de la americana (americana que necesitaba una visita a la lavandería), Dedé pensaba si no había sido un error responder con tanto entusiasmo a la propuesta de Ágata. Eso podía denotar desesperación y la ponía en ventaja. La chica le había dado la dirección en la que un grupo de gente de lo más esnob pasaría la noche de fin de año, añadió que tenía ganas de verle, que quería hablar con él. Seguramente, pensó cruzando el Río, debería haberse hecho de rogar un poco. Ahora ya era tarde y hacía demasiado frío para comerse la cabeza. De vez en cuando, entre huella y huella sobre la alfombra blanca, aparecía de forma fugaz, casi imperceptible, la imagen de Sofía pasándolo bien, dolida por no estar con él, pero disfrutando mientras Dedé se escabullía como un traidor al encuentro de Ágata. Y se convencía que aquello era lo que debía de sentir y pensar Sofía, rodeada de elegantes marchantes de arte fregando los cincuenta, brillando ella por su juventud y su belleza triste, entre copas de vino caro.

El modo más sencillo que halló Dedé para volver a la frialdad que creía que le salvaba de caer en una trampa no deseada fue volcarse, precisamente, al vino. Así, media hora antes del cambio de año, llevaba encima suficiente alcohol como para no hablar con claridad y mucho penos para pensar, no solamente con claridad, sino de cualquier manera. Deambuló a trombos entre los invitados risueños, orgullosos de sus logros y sus gracias, intentó atentar contra alguna joven sin éxito y rompió un par de copas, hasta que pasadas las campanadas Ágata le tomó por el brazo y le metió en una de las camas para invitados, no sin antes dedicarle una caricia en la cara mal afeitada y besarle en la frente. A oscuras, con la música de fondo y el sonido de las risas y las exclamaciones, del cristal de las copas de espumoso o de vino, Dedé se concentró en dormir antes que una lágrima rebelde escapara al control de sus párpados.

Cuando despertó el día 1 de enero, su cerebro parecía querer salir del cráneo despeinado. Se movió con dificultad por el pasillo de un piso inmenso decorado con estilo barroco con toques modernistas y alguna pintura del dadaísmo, combinación que hirió la poca sensibilidad que tenía a esas horas y con tal resaca. ¿Era temprano? Un reloj de péndulo marcaba más de la una del mediodía. Por la ventana vio un día tapado y que amenazaba terriblemente frío, la nieve seguía imperturbable sobre tejados, balcones y calles. En un sofá del salón descubrió a una pareja que dormí la mona y en otra sala adyacente se mantenía en pie un chico bailando solo con una copa en la mano, cerca de una muchacha con cara de encontrarse francamente mal. Después llegó a una biblioteca en la que el holandés amigo de Ágata dormía con la boca abierta y su bufanda puesta como si estuviera a la intemperie. Dedé entró en el baño, vomitó más por saber que mejor fuera que dentro, se limpió y al salir buscó la cocina. Allí, otra chica vestida de noche preparaba café. Aceptó una taza y se sentó en una de las sillas que daban a un pequeño balcón.

- ¿Sabes dónde está Ágata? -preguntó a la chica sorbiendo el café humeante.

- ¿Quién?

Dedé no repitió la pregunta. Había ayer más de unos cincuenta invitados, no le extrañó que entre ellos no todos se conocieran. Fumó un cigarrillo sacado de un paquete que encontró encima de la mesa de la cocina, observando el mediodía nublado. Después de asegurarse que tenía todo lo que trajo, se acabó de vestir y se disponía a marchar. El panorama dentro del piso, que hacía unos minutos era desolador, iba lentamente quedando limpio de burillas, vasos, copas y restos de comida gracias a algunas personas que se pusieron a ordenar. Perdido en su resaca, notó una mano que tomaba la suya. Ágata le saludaba con una sonrisa de ojos cansados, le dio un beso esta vez en la mejilla. Fueron a comer algo en una de las pocas tabernas abiertas que encontraron. Habían dejado al holandés durmiendo en el sofá. Durante casi todo el rato no se dijeron nada, pero él presentía que en aquellos ojos color cáñamo clavados sobre su aspecto dejado, ojos situados sobre una nariz egipcia y bajo unas cejas negras, que ahora vendría algún mensaje que le trasegaría. Ella le escrutaba, intentaba leerle como no se había molestado en hacer nunca antes, ni en los momentos en que todo apuntaba que el amor entre ellos era recíproco. Ninguno de los dos llegó a comer mucho.

- Te echo de menos, ¿sabes?

Dedé dejó de respirar unos instantes. Al volver a hacerlo fue sonoramente, entonces se limpió los labios cortados con la servilleta y fijó los ojos en cómo ella bebía zumo de naranja. No sabía si estaba preparado para empezar el año nuevo de aquella manera. Era un día como cualquier otro, pero ni en un día cualquiera habría podido decir si estaba preparado.

- Es curioso -continuó ella-, desde que te pedí que te fueras he estado dando tumbos como...

Ágata se interrumpió y exhaló un suspiro dramático. Una lágrima se filtró entre las largas pestañas. Dedé seguía en silencio, con la espalda apoyada en la pared de la taberna. Procuraba mantener la mente en blanco, deseando que sus neuronas aún borrachas de vino caro se relajaran. Quizá, si escuchaba sin procesarlo del todo, la conversación pasaría de largo.

- Y el otro día advertí porque estoy así -prosiguió ella con la voz rota-. No puedo evitar la sensación de que estoy buscando precisamente lo que tú me dabas.

- No lo quisiste en aquel momento.

Ella quitó el freno a sus glándulas lacrimales. Dedé se sentía repulsivo por no mostrar lo que quería, por no ser tan cabrón como había pensado que sería si la escena de ahora se producía, tantas veces imaginada, incluso ensayada sin teatralizar. Y no entendía cómo podía ser que no tuviera claro qué hacer o decir, qué se esperaba del él.

- Tienes razón, Dé, pero no es que no lo quisiera. Es que no sabía que eso era lo que quería.

La imagen de Sofía se paseó unos instantes en forma de recuerdo por delante de sus ojos. Una imagen solitaria, sin sensaciones ni sentimientos ni palabras. Después la imagen se desvaneció, como si una parte de su memoria hubiera soplado para hacer desaparecer inclusive el rastro de vapor. Ágata lloraba silenciosamente. Sin comedia. Cogió una servilleta y se sonó la nariz. El maquillaje de la sombra de ojos se iba deformando lentamente, lejos de las películas románticas en las cuales la chica seguía maquillada a pesar de todo y en las cuales el hombre se mantiene duro, firme, implacable. Dedé se sentía débil, marinero a la deriva dudando entre si agarrar el salvavidas que le lanzaban desde el barco, en el que sabía perfectamente qué le esperaba, o intentar nadar hasta la costa cercana, con alta probabilidad de morir ahogado. Hasta hoy había cedido a todos los deseos de ella casi sin réplica, como si fueran el único punto que le mantenía unido a unos recuerdos de falso idilio; todas esas cesiones se debían al convencimiento de que mientras ella siguiera aquí, no se hundiría del todo. Ahora que Ágata volvía realmente, ahora que debería querer ceder, que se tenía que limitar a hacer que sí, como todas las ocasiones anteriores, ahora no hacía nada. Igual que al ver a Sofía irse, no hacía nada.

- ¿Vas a decir algo?

Dedé aplastó el cigarrillo sobre el cenicero metálico de la mesa.

- Necesito pensar -respondió.

Mientras salía del local podía escucharla en su imaginación y verla llorando. En la calle, el aguanieve parecía haber esperado a que él saliera para empezar a caer, débilmente. Caminó embutido en su vestido y su chaqueta, mirando al suelo, hasta la pensión. Allí le recibió el Sr. García que le alargó un sobre con desdén, sin mirarle. Aunque hacía frío, el tipo sudaba, aquel hombre pasado de peso siempre sudaba. Subiendo las escaleras, Dedé abrió el sobre, los tablones, agujereados por las termitas, de la escalera rechinaban.

<<Apreciado Sr. D. D.

Debido al éxito que ha ido ganando su relato semanal en nuestra revista, nos complace comunicarle nuestro interés en aumentar la vinculación entre El Poblado y usted. Le agradeceremos que se ponga en contacto con nosotros lo antes posible para tratar de llegar a un acuerdo sobre este nuevo vínculo profesional, que incluiría, ya se lo avanzo, la posibilidad de un texto más largo para el suplemento mensual especial. Aprovechamos para desearle un feliz Año Nuevo. Atentamente...>>

Una de cal y una de arena. Guardó la carta dentro de su sobre correspondiente justo al llegar frente a su puerta. De la habitación de al lado, la 207, llegaba un música suave reproducida por un transistor viejo. Estuvo tentado de llamar, pero finalmente lo desestimó y entró en su habitación, en la que se tumbó en la cama y se durmió durante un rato.

Le despertó un chillido que venía del pasillo, sobresaltado abrió la puerta y se encontró un espectáculo horrible: el cuerpo de la Sra. Tornero caía de cintura para arriba desde uno de los escalones que subían al tercer piso de la pensión. El hombre esquelético de la limpieza temblaba apoyado contra la pared. El chillido había sido de Sofía. El propietario apareció subiendo tan rápido como le era posible y al ver el cadáver se puso a remugar y a proferir maldiciones contra todo lo que se moviera. Otros inquilinos sacaron sus cabezas por la puerta de las habitaciones o llegaron hasta allí. Viendo que nadie actuaba, Dedé bajó a la recepción y llamó a la policía.

Durante el resto de la tarde, tanto él como Sofía, el esquelético, el Sr. García y otros arrendatarios que habitaban la pensión en el período desde la desaparición de la Sra. Tornero hasta hoy, permanecieron retenidos dentro de la pensión para que, cuando les tocara, asistieran a un interrogatorio dentro de otra habitación vacía, a cargo de un comisario que no podía ser más autóctono y más paciente.

Sentados en los escalones de la entrada, donde otros agentes iban y venían, Dedé miró a Sofía y le preguntó:

- ¿Cómo estás?

- Todavía tiemblo -respondió.

- Ya lo veo. ¿Y en general?

Ella se encogió de hombros y probó de hacer aquella mueca simpática que le servía para coquetear, pero le salió estrafalaria, casi grotesca por forzada y antinatural en ese momento.

- En realidad solamente hace unas horas que nos vimos.

Se habían despedido justo antes de la cena de la noche anterior y, ahora, primera tarde del nuevo año, él le hablaba como si hiciera meses que no sabían nada el uno del otro y es que esa era la sensación que tenía. Le llamaron primero a él para declarar y, justo antes de ir, propuso a Sofía ir a tomar algo luego. Ella dibujó una sonrisa melancólica y negó con la cabeza.

Solamente le hicieron preguntas rutinarias y ninguna le pareció a él importante o interesante. Dedé apenas conocía a la Sra. Tornero, habían coincidido en el rellano en escasas ocasiones, se saludaban y nada más. Sabía que ella tenía algún amante por los ruidos de los muelles de la cama, pero nunca les había visto y tampoco oído nada en especial sospechoso más que las veces que la señora bebía mucho, que siempre bebía mucho pero en ocasiones más. Por lo que él sabía, la mujer se había ido de la pensión sin pagar ni despedirse, dejándolo todo en la habitación.

Llamaban a los inquilinos por orden de habitación, así que justo después que Dedé fue el turno de Sofía. Dudó entre si esperarla o no, creyó conveniente dejar que fuera ella quien decidiese y se encerró en su habitación. Sacó la novela inacabada, hojeó las últimas páginas. Poco a poco, a medida que entraba en la segunda noche del año, se fue adentrando en su propia obra y ésta le absorbió, hasta el punto que había avanzado ya la madrugada cuando las luces de los coches patrulla le devolvieron a la realidad. Vio por la ventana como entraban dentro del coche, aparcado en el solar en construcción, al pequeño hombre nervudo y delgado que fregaba las escaleras. Aquello le hizo entrar hambre y aprovechó la curiosidad para bajar a buscar algo de comida. En el portal de la calle, el Sr. García le informó:

- El pobre desgraciado ha acabado por confesar, parece que el muy idiota estaba enamorado de la borracha y como siempre le rechazaba, antes que morir de celos decidió matarla a cuchilladas.

- Me pregunto -observó Dedé-, cómo debió hacerlo alguien tan raquítico para arrastrarla y esconderla en las escaleras.

- ¿Acaso tengo cara de detective?

Con esa agradable respuesta, el hombre permanentemente sudado se encerró en su madriguera de la recepción. Dedé había llegado a pensar que podría intercambiar más de dos frases cordiales con él, pero se equivocaba. Deambuló por las calles nevadas hasta un sitio regentado por cubanos que permanecía abierto y en el que no tuvieron problemas, a pesar de la hora, para servirle jovialmente una especie de carne jugosa. Por lógica, el restaurante se hallaba, a excepción de él mismo, vacío de clientes y a parte del canto apagado de un cocinero invisible el silencio era considerable. No había tenido tiempo de pensar más en Ágata, inclusive le dolió que ahora apareciera de nuevo en su cabeza cansada de la noche y del día vivido. Pagó y regresó a la 206, la pensión estaba dormida después de una tarde y una noche intranquilas. Incapaz de dormir a pesar del cansancio, retomó Tres tristes tigres y le complació ver que prácticamente podía darla por terminada. Parecía que a más agitada el alma, mejor escribía. Ya había arreglado todo lo que tenía pendiente de corregir y retocar y casi sin quererlo, el final vino solo, en una especie de orden natural. Los tres tristes tigres de la obra: el filósofo, la adolescente y un tercer personaje de aire turbio que simboliza una alucinación del protagonista masculino, protagonista que va enfermando con el paso del tiempo, le parecía ya redondo y redondeado. Evidentemente, pensó encendiendo un cigarrillo frente a la ventana con las últimas páginas en las manos, no era una obra maestra, él no era un maestro, pero había logrado terminarla casi por completo y eso ya le satisfacía.

Se durmió al amanecer y despertó decidido a ir hasta la oficina de El Poblador para concretar la entrevista con su editor y aumentar así su participación y su sueldo. La entrevista se la concedieron una hora después y duró escasamente quince minutos, se mostraban entusiasmados con que Dedé fuera el elegido para el proyecto del Sr. Piernas, persona muy influyente en el mundo de la literatura nacional alternativa. Firmó un acuerdo por un año de colaboraciones semanales y mensuales diferenciadas.

Satisfecho, convencido que ese 2 de enero sería un gran día, volvió a El tigre blanco. Solo poner un pie en el corredor chocó contra una maleta. La puerta de la 207 estaba abierta. Entró. Sofía iba vestida de viaje y a su lado el Sr. García comprobaba que no faltara nada en la habitación a la vez que contaba dinero de un fajo de billetes.

- ¿Te vas?

- Me voy -afirmó ella.

Tenía la mirada triste, perdida en algún lugar muy lejano. De repente él también se sintió a mucha distancia y una profunda sensación de melancolía le invadió.

- Yo, pensé que podríamos hablar.

- Mejor no -resolvió Sofía.

A pesar de su voz rota, el tono era firme. Dedé supo que nada la haría cambiar de opinión, igual que supo que ella se iba por su culpa.

- Lo siento -dijo.

- -ella cambió de expresión, intentando sonreír-, pero no todo puede ir como nos gustaría.

Todo lo que no había visto hasta la tarde de fin de año, dos días atrás, lo leía al instante en sus ojos. En efecto el pacto se había vulnerado y ahora pagaba las consecuencias. Él, en cambio, que lo había mantenido, ¿debía sentirse tranquilo y sereno? Sofía le acarició la cara con su guante de invierno de persona sofisticada, o que lo fue tiempo atrás pues el guante era viejo.

- Adiós, Dedé.

El Sr. García, en el único acto gentil que le había visto nunca en los más de cinco meses que llevaba viviendo allí, tomó la maleta y la bajó caminando delante de la chica que, con un vestido grueso y una expresión que la hacía, a mirada de Dedé, más bonita que nunca, se iba con orgullo. Él se quedó inmóvil, como una estatua, mirando el pomo oxidado y el marco desgastado de la puerta de madera antigua. Fuera se oía el claxon de los coches atrapados en un atasco. Lentamente se giró y salió a la calle nevada. Los neumáticos de los vehículos dejaban restos de nieve sucia en las aceras y las pisadas teñían de grises y ocres el blanco inmaculado. El taxi en el que debía ir ahora Sofía se mezclaba con los cada vez más comunes automóviles. Con la mente dispersa, sin tener nada previsto, Dedé empezó a deambular y se encontró que pronto sus pasos le llevaban directo hasta el piso de Ágata.

FIN DE LOS TRES TRISTES TIGRES