Tres Tristes Tigres (Dedé)

12.02.2006

Dedé

Con el cuello de la americana alzado y las manos en los bolsillos, Dedé intentaba protegerse de la lluvia fina que desde hacía unos minutos mojaba el suelo de la ciudad. La noche era fría y las luces de neón en los locales más sórdidos del Barrio Viejo empezaban a reflejarse sobre los charcos de las calles sucias. En algún lugar quedaba el rastro de la Ciudad artística, envuelta por guitarras y plumas de poeta. Pero él no era un poeta, sino un vividor escondido tras los folios de novelas inacabadas, de cuentos y relatos que describían la noche en la ciudad. La noche que él vivía, día tras día, atragantado de vino y de humo de tabaco.

La pensión El tigre blanco era igual de triste que el resto de aquella parte del barrio. En la entrada, un hombre gordo y permanentemente sudado hojeaba los anuncios de contactos del periódico y ni siquiera miraba a los inquilinos cuando llegaban, a no ser que le debieran dinero. Las escaleras que conducían al segundo piso eran sombrías y de cualquier agujero en los escalones podían haber salido ratas o, quién sabe, si se escondía allí la podredumbre de algún cadáver. Cadáver como el de la Sra. Tornero, que había desaparecido de forma misteriosa hacía cosa de dos semanas. Durante los primeros días se había especulado que no hubiera sido víctima de algún amante celoso o de un acreedor. La Sra. Tornero vivía en la habitación 207, la contigua a Dedé, que estaba allí desde hacía un mes. Desde entonces nadie más se había instalado, como si la gente que preguntaba por habitaciones libres, al saber la historia, creyera que una maldición la poseía o que el fantasma de la solitaria y alcohólica dama de cincuenta años, suponiendo que estuviera muerta, amenazara con aparecer. Aunque la Sra. Tornero era una mujer tranquila, los hechos que acompañaros a su desaparición, casi por arte de magia, habían roto la calma con la que obró en vida y ahora el silencio que reinaba en el ala este de aquella planta de la pensión resultaba incómodo.

Por ese motivo Dedé se sorprendió cuando, una mañana, al salir a tomar café, se encontró al propietario en la habitación, sonriendo, frente a la puerta entreabierta. En su interior se veía la silueta de alguien observando.

- ¿La alquilaremos esta vez, Sr. García? -preguntó él.

Antes de que el hombre gordo y permanentemente sudado respondiera, una voz femenina dentro de la 207 dijo:

- Está bien, me la quedo.

El tono y el acento hicieron que Dedé permaneciera un rato más apoyado en el marco de su puerta, con curiosidad por la nueva inquilina. La chica que salió, de unos veintiséis o veintisiete años, iba elegantemente vestida y andaba con aires de pretender ser alguien o haberlo sido tiempo atrás. Su vestido realzaba una figura delgada y de movimientos aún juveniles. Un sombrero de ala ancha, negro como sus cabellos, ensombrecía unos ojos en apariencia también oscuros. Al verse, ella torció ligeramente los labios y después cerró la puerta. Entendiendo que no tenía nada más que hacer allí, Dedé salió de la pensión dispuesto a buscar una mesa de café apartada de la multitud, en la que ponerse a escribir algo.

En el Café España pidió un capuchino y se cubrió del humo de tabaco rubio americano mientras destapaba el bolígrafo barato y abría su libreta pautada. Sus precarios ingresos provenían de dos fuentes muy diferenciadas: el sueldo que la revista El Poblador le pagaba por un relato de ficción semanal y el cheque que sus padres le hacían llegar desde un pueblo cercano a El Puerto. Había nacido en aquella ciudad portuaria y se había criado hasta que el fracaso en los estudios le hizo creer que había sido elegido para escribir alguna cosa importante. La diferencia, sin embargo, era que de las felicitaciones de los amigos y familiares por su capacidad literaria a la realidad editorial profesional, había un paso casi abismal. El cheque paterno era, en parte, fruto de las ganas de deshacerse de un hijo que no había cumplido las expectativas y, en parte, del sentimiento de culpa por no haber sabido inculcar al chico mayor el espíritu empresarial de la familia, de clase social acomodada.

Cada día, Dedé (éste era el sobrenombre con el que siempre se le había llamado en la escuela y el instituto, ya que tanto su nombre como su apellido empezaban por la misma inicial) seguía una rutina que le impedía pensar que estaba malgastando el tiempo: café que duraba una hora o más en cualquier local del Barrio Viejo, paseo por diferentes museos y escenarios de la ciudad o simplemente un caminar contemplativo. Hacia la una, comida en el albergue de San Mauricio, seguido de una siesta en la pensión El tigre blanco. La tarde estaba dedicada a leer y a escribir y, al anochecer iniciaba una ronda de copas y vida social, que acababa a menudo más allá de las dos o las tres de la madrigada, en estado de embriaguez y, mucho menos a menudo, en compañía femenina de mujeres con las que seguramente no volvería a verse nunca o, si lo hacía, ambos tenían trabajo para recordar sus nombres.

La esperanza de toda su condición, que tampoco es que él lamentara mucho o hiciera demasiado por abandonar, residía básicamente en una novela inacabada, que repasaba una vez y otra, sin saber del todo cómo arreglar o acabar, con el título provisional de Tres tristes tigres y por la cual había ido a parar a la pensión de El tigre blanco, como si viera en ella la salida a su estancamiento personal y profesional. Con treinta y un años, se decía con frecuencia que todavía le quedaba tiempo para encontrar una salida o para lanzar los dados unas cuantas veces más y sacar el número que necesitaba. No era jugador, pero la analogía entre su vida y la del típico perdedor de casino le parecía, en cierto modo, atractiva.

La tarde posterior a la nueva ocupación de la habitación 207, volvió a llover. Después de la siesta, Dedé se sentó frente al escritorio polvoriento de la habitación 206 y corrigió el último relato para la revista. Acto seguido se fumó un cigarrillo mirando por la ventana que le enseñaba un fragmento de un solar en construcción y se tumbó en la cama con la novela de más de trescientas cincuenta páginas llenas de correcciones y con los papeles y servilletas de papel en las que tenía apuntadas estructuras, ideas y conceptos nuevos o por cambiar. Tres tristes tigres narraba la crisis existencial de un filósofo de derechas antes importante que, en decadencia física y moral, se enamoraba perdidamente de una adolescente, poniendo en peligro el planteamiento ético que le dio prestigio. No era original y, de hecho, cuando estaba bajo de ánimos, el mismo autor la encontraba pedante, cargante y con una cantidad de erratas a nivel estructural y de coherencia que le hacían abandonarla unos días en cualquiera de la los pocos cajones de los que disponía. Pasado este tiempo, volvía a retomarla y se decía a sí mismo que era lo mejor que había escrito jamás, que solamente hacía falta pulirla. Pulirla mucho, pero era lo mejor que había escrito nunca. Y esa tarde lluviosa del otoño de finales de los cincuenta en la Ciudad, Dedé se hallaba en proceso de decirse que aquello tenía que acabar y que era una novela que valía, valía lo suficiente para ser editada y reconocida. Pero alrededor de las cinco y media, llegó Ágata. Solo llamar, entró sin pedir permiso y se sentó en la silla del escritorio, cruzando las piernas y mostrando su ancha sonrisa.

Él y Ágata habían sido pareja poco después que Dedé aterrizara en la Ciudad. De hecho, ella le había introducido en la noche de la ciudad, presentándole a quien ahora formaba parte de su entorno social. La herida de la ruptura, después de nueve meses de relación, aún debía acabar de cicatrizar y las visitas sin previo aviso de Ágata, así como sus llamadas, a menudo envueltas en numeritos melodramáticos y pidiendo la implicación de él en su vida, no le ayudaban mucho. Llegaron a vivir juntos y cuando se fue del piso de ella, Dedé le dijo que volvía a instalarse en El tigre blanco, igual que hizo al llegar del pueblo cercano a El Puerto, y ahora se arrepentía. En la actualidad mantenían una relación de sexo esporádico y él, que se prometía cada vez que aquella era la última, caía de nuevo a la siguiente.

- He venido a buscarte para llevarte a la inauguración de una exposición, conocerás a gente interesante.

Dedé quiso protestar. Con aquella excusa ella iba acompañada para "no quedar mal", después le hacía caso omiso toda la velada y por la noche le pedía que la acompañara a casa o preguntaba si podía quedarse a dormir con él, hacían el amor y la misma noche o a primera hora de la mañana, ella desaparecía o le echaba.

- ¿Gente interesante para ti o para mí?

- Oh, vamos, no empieces. El problema es que te quedas en un rincón bebiendo y fumando y no aprovechas las oportunidades.

- Cuando estemos allí te olvidarás de mí y luego querrás que nos acostemos, suponiendo que no encuentres a un sustituto.

- No te hagas la víctima, Dé. Además, la última vez fuiste tú quien me dejó plantada por aquella... ¿cómo se llamaba?

- No me acuerdo y ella de mí tampoco. ¿A qué hora quieres estar allí?

- Ahora, abren a les seis en punto.

Tal como se preveía, fue un anochecer clónico a muchos otros. Se aburrió, no conoció a nadie digno de mención y bebió para matar el tiempo y no pensar qué demonios hacía allí. Aproximadamente a las tres y media de la madrugada, Ágata y él regresaron a la pensión, medio borrachos, y ella empezó el habitual juego erótico en el pasillo de la segunda planta. Entonces, justo antes de cerrar la puerta de la 206, Dedé vio llegar a la nueva inquilina y la esperó. Venía también acompañada, en este caso de un hombre que rozaba la cuarentena, mucho más borracho que los otros tres que andaban despiertos en la pensión. Al pasar frente a la puerta, ella le dedicó una sonrisa maliciosa y él se la devolvió. Cuando entró en la habitación, Ágata dormía ya la mona, medio desnuda, sobre la cama individual.

A primera hora de la mañana, cuando el sol entró en la habitación, Ágata ya no estaba, pero había dejado una nota asegurando que le llamaría o vendría a verle pronto. Él se sintió mal de nuevo, en parte por haber dejado escapar otra ocasión de estar con ella, en parte por haber caído en su trampa. Guardó la novela en un cajón del escritorio y se vistió. Se lavó la cara y salió al pasillo, al mismo tiempo que la nueva vecina se despedía del hombre calvo con quien había pasado la noche haciendo bastante escándalo en la cama de muelles.

- Buenos días -saludó él.

La chica sonrió, vestía un albornoz amarillo pálido. El hombre despareció por las escaleras y durante unos instantes ellos dos se miraron en silencio.

- Me llamo Dedé -se presentó, cerrando su puerta.

- Yo soy Sofía.

- ¿Quieres desayunar? Voy al Café de la esquina.

Sofía dudó unos instantes y cuando parecía que iba a declinar, puso una mueca simpática y respondió.

- De acuerdo. Me visto y voy.

La esperó hojeando los titulares del periódico del día anterior. El Sr. García se hurgaba la nariz mientras intentaba reparar el teléfono de la entrada. Era el primer día de la semana en que las nubes parecían no querer mojar el ambiente. Sofía bajó con una falda sencilla y una camisa a juego. Dedé vestía un traje viejo y arrugado, sin sombrero ni corbata. Era bonita y su porte elegante resaltaba e incluso dañaba la vista envuelto en la dejadez y el mal gusto de El tigre blanco. Sus ojos eran castaños y destacaban sobre una piel fina y blanca. Dedé era más bien de tez morena, y sus ojos azules rayaban el negro. Caminaron hasta el Café de España y se sentaron en la terraza aprovechando el sol y el cambio de temperatura que traía brisa cálida. Ella no quiso explicar qué la había llevado a refugiarse en una pensión de mala muerte del Barrio Viejo aunque sí usó aquella palabra: refugiarse. Y tampoco entró en detalles sobre su forma de vestir o de moverse, que la hacían más de una zona media-alta que no de allí. Sí contó que actualmente trabajaba por las tardes en un local de moda cerca del Puente de la Amistad, uno de los muchos que cruzaban el Río separando la parte antigua de la Ciudad del resto; y dejó caer que no pasaba por un buen momento, ni social ni económico. Después del café, Dedé quiso ir a dar una vuelta por el barrio con ella, pero Sofía se excusó diciendo que ya había quedado. Así pues, volvió a su libreta pautada y empezó el nuevo relato que tendría que entregar la semana próxima. Escribió sobre la desaparición de la Sra. Tornero sabiendo que el semanario cultural no le reprocharía nada mientras no hiciera crítica política y el relato fuera entretenido y relativamente costumbrista. Con ello llegó la noche.

Volvió a encontrarse con Sofía aquella misma noche, ella le invitó a pasar a la 207 mientras acababa de prepararse para salir a cenar fuera. Dedé también tenía planes, pero sentía la necesidad extraña de proponerle algo a ella.

- ¿Sabes qué podríamos hacer? Pasar de la gente con la que hemos quedado e ir a cenar nosotros dos.

- Tentador, pero no puedo -respondió ella-. No me gusta dejar plantado a nadie, ya que yo detestaría que me hicieran lo mismo. Otro día, ¿de acuerdo?

Bajaron juntos hasta la calle y allí ella tomó un taxi mientras Dedé andaba, alzando el cuello de la americana para notar menos el frío que al irse el sol había vuelto, hasta el metro. A las dos y cuarto de la madrugada, ya de noche y antes de entrar en su habitación, Dedé paró la oreja en la 207 y no oyó nada en absoluto, de manera que lamentó no haberse quedado más rato en el local donde había dado por finalizada la noche después de una botella de vino. Fumó frente a la ventana, atento a cualquier ruido que proviniera de las escaleras. Se durmió poco después de las tres.

El Sr. García, con cara de pocos amigos y de haber sufrido para subir el tramo de escaleras hasta el segundo piso, le despertó relativamente temprano, informándole a gritos que tenía una llamada. Después de calzarse de forma rápida unos pantalones y una camisa, Dedé bajó y tomó el auricular que colgaba como un péndulo. El aparato se encontraba enfrente mismo de la recepción de El tigre blanco de manera que el propietario podía cotillear sin ningún problema las conversaciones de los arrendatarios. Al otro lado del hilo, Ágata le preguntaba con tono en exceso meloso qué planes tenía para aquella noche. Al acto, Dedé pensó en la chica de la 207.

- Todavía no lo sé -respondió-. En principio estoy ocupado.

Ella chasqueó la lengua en señal de disgusto, pero inmediatamente volvió a retomar su habitual tono de suficiencia, el cual solo usaba para hablar con él, o eso le parecía, y dijo:

- Tú te lo pierdes, entonces. Tenía una idea muy especial para hoy. Si te lo piensas me llamas, pero no tardes o no estarás a tiempo.

Siempre le hacía lo mismo, pensó al colgar. Fuera el día volvía a ser sereno y claro como ayer. Siempre le hacía lo mismo. Le ponía el caramelo en la boca, un caramelo que dejaba gusto amargo, pero al inicio era dulce, e iba acercándolo hasta que él, después de negarse, picaba. Sentía una impotencia considerable cada vez que le daba vueltas: Ágata había logrado hacerle más daño que nadie y, a pesar de eso, no podía odiarla, no podía olvidarla o pedirle que no volviera a aparecer nunca más en su vida. Cada dos por tres cedía a sus demandas y, si ella no le llamaba, era él quien acababa por hacerlo.

Antes de subir las escaleras, el amo le entregó un sobre de El Poblador, en el que había el cheque por el relato anterior y una carta. El editor de la revista le recomendaba que empezara a moverse por las editoriales, atendiendo a que la mayoría de relatos que enviaba eran buenos, necesitaban que quien escribiera para ellos tuviera cierto renombre. Es decir, le advertían que quizá en breve dejarían de contar con él. Y Dedé no era nadie. La mañana no se presentaba demasiado agradable. Se duchó y afeitó, se vistió con ropa limpia y salió de la habitación. Llamó a la 207 y esperó, pero no respondió nadie. De esta forma se encontró solo tomando un capuchino, observando a la gente que paseaba aprovechando las últimas temperaturas algo agradables previas a las olas de frío que dejarán la Ciudad blanca en pocos días. Sabía que si no encontraba a Sofía acabaría aceptando la propuesta, fuera cual fuese, de Ágata.


Segunda parte: Sofía