Tres Tristes Tigres (Sofía)

12.02.2006

Tres tristes tigres

Relato en tres partes. Parte segunda: Sofía

Sofía

La suerte le sonrió como si le hubiera escuchado. Un taxi se detuvo frente al café y de él se apeó Sofía, aún más elegante que de costumbre, que cogió la callejuela que conducía a la pensión, haciendo eses. A toda prisa, Dedé pagó, recogió la libreta y el bolígrafo con el que hoy todavía no había escrito nada, aceleró el paso y enganchó a la chica justo antes que entrara. Tenía cara de no haber dormido nada y haber bebido mucho, de ahí su caminar ondulante. Al verle, ella sonrió y, de repente, se desplomó. A tiempo, Dedé la sostuvo y consiguió poner un brazo bajo sus axilas, empujó la puerta de la pensión con un pie y entró. El Sr. García no hizo ningún esfuerzo, se limitó a arquear las cejas y mirar con curiosidad. Un tipo más bien ridículo que trabajaba limpiando las escaleras un par de veces por semana le ayudó y entre los dos llevaron a Sofía hasta la habitación y la tumbaron en su cama. El tipo tartamudeaba al hablar y casi siempre parecía tenso y nervioso, pero resultó ser amable dentro de su peculiaridad. Dedé le agradeció la ayuda y se quedó en la 207 después de reanimar a Sofía. Iba bebida, considerablemente, y eran apenas las diez de la mañana. Seguramente arrastraba la borrachera de la noche anterior. Al verle, con una pronunciación casi ininteligible, le preguntó qué hacía allí y él mintió afirmando que habían coincidido en la entrada. Seguidamente, ella se durmió vestida. Dedé echó un vistazo a la habitación, ordenada y mucho más limpia que la suya, también algo más grande y con más luz. En el armario, unos cuantos vestidos caían de las perchas, tres sombreros en el estante superior y dos pares de zapatos en el suelo. Dos de los cajones tenían ropa interior y el tercero estaba vacío. Una maleta grande reposaba, llena todavía, en un rincón y otra, vacía, la acompañaba. Dedé fumó un cigarrillo mirando por la ventana y después se sentó en la única silla de la habitación, escribiendo ideas en su libreta.

A la una bajó a comer algo en el restaurante de una calle más arriba y antes de las dos volvía a la 207, de la que se había llevado la llave. Sofía acababa de despertar y estaba leyendo su libreta pautada.

- ¿Por qué lo has tachado todo? -preguntó al verle entrar.

- Porque no me gusta -respondió él, dejando sobre el escritorio un paquete-. Te he traído un poco de comida.

- ¿Cómo es que estás aquí?

Dedé sonrió. Era la misma pregunta de hacía unas horas, pero sin la boca pastosa de quien ha bebido demasiado. No respondió, se acercó a ella, tomó de entre sus manos la libreta y releyó el último párrafo que había escrito, tachado por rayas diagonales.

- Podrías ducharte y comer algo. Después verás las cosas más claras.

Sofía hizo un gesto de aceptación, tomó del armario su albornoz amarillo pálido y se encerró en el baño. Al instante de oír el sonido del agua, la chica asomó la cabeza por la puerta:

- ¿He hecho algo que pueda lamentar? ¿Una escena que sea mejor olvidar?

Gesticulando, Dedé dio a entender que nada destacable, ella se encerró de nuevo. Por la ventana, al lado de la cama, se veían unas nubes discretas que amenazaban con dibujar telarañas en el cielo de la Ciudad. Encendió el último cigarrillo de su paquete de rubio y esperó pacientemente viendo como el humo se modelaba con la entrada del sol de la tarde que comenzaba, penetrando en la habitación con un rayo ancho que moría sobre la moqueta gastada. Se preguntó qué hacía allí, como si fuera ella que quería saberlo. La primera respuesta que le vino en mente fue que huía. Necesitaba una excusa para no volver a caer en brazos de Ágata. Cierto que Sofía era bonita, mucho para su gusto, y que le despertaba una atracción importante, una que no sabía definir del todo, como la mayoría de cosas que le sucedían.

Al salir de la ducha, con el pelo mojado y el albornoz tapando el cuerpo limpio, la chica volvía a parecer aquella con la que había coincidido un par de veces y no el simulacro de esa mañana.

- ¿Qué hice? -quiso saber.

- Caíste en redondo, en la puerta principal.

- ¿Me subiste hasta aquí?

- Con ayuda, pero sí.

Sofía puso cara de susto.

- Por favor, dime que el Sr. García no me tocó.

- No, me ayudó el tipo escuálido que limpia la escalera.

Ella puso cara de no saber de quién le hablaba. Pidió a Dedé que se diera la vuelta y se vistió de espaldas a él, cuando podía haberlo hecho en el baño o haberle pedido que se fuera. Después se peinó en silencio. Como si se conocieran de hacía tiempo, ninguno de los dos indicó de ninguna manera que el otro le molestara ni ella le preguntó por qué seguía allí. Al terminar, Sofía se quedó unos instantes de pie, mirando por la ventana en la que el Sol ya no tocaba directamente.

- ¿Conoces el Miau-Miau?

- Claro -respondió él.

- Hoy toca un músico del que me han hablado bastante bien. Después podríamos ir a cenar.

Dedé estuvo tentado de negarse, pues ese local musical de la zona de moda de la Ciudad representaba dos inconvenientes: era demasiado caro para sus bolsillos, y en él Ágata iba con frecuencia.

- De acuerdo.

Durante el resto del atardecer ella le estuvo preguntando sobre qué escribía y qué le gustaba leer, hasta que fue la hora de irse. Mientras el taxi les conducía hacia el barrio de moda travesando uno de los puentes, Dedé imaginó que visitar el Miau-Miau tenía muchos números de ser la propuesta que iba a hacerle Ágata, así que las posibilidades de encontrarse aumentaban, suponiendo que ella tuviera alguien con quién ir, claro. El principal problema de Ágata era precisamente aquel, era incapaz de ir sola, de estar sola. A pesar de relacionarse con mucha gente, a la hora de buscar quien la acompañara a los muchos espectáculos y exposiciones a las que le gustaba ir, prefería esperar a dar el primer paso. Así que cuando nadie la invitaba, recurría a él como premio de consolación. Con certeza, las expectativas que ella tenía eran más altas de las que podía alcanzar.

Sofía le cogió la mano y aquello le distrajo del pensamiento autodestructivo que le copaba andando en círculos viciosos.

- Gracias -le dijo.

- ¿Y eso?

- Por haberme recogido esta mañana y no haberte aprovechado.

Él le apretó la mano, que ella acto seguido separó. Llegaron frente al local en el que una pequeña multitud se congregaba esperando poder entrar. En mitad de la cola, a Dedé le pareció reconocer a Ágata entre un grupo de caras también conocidas. Pero ellos no hicieron cola, sino que Sofía se acercó decidida al hombre que custodiaba la entrada.

- Hola, Gerardo. Él viene conmigo.

El tal Gerardo asintió y les abrió la puerta. Sorprendido, Dedé se preguntó cómo lo había logrado, puesto que el Miau-Miau era un local un poco elitista dentro del mundo nocturno de la Ciudad y entrar las noches en las que tocaba o recitaba alguien, era difícil. Ya dentro, Sofía le guiñó un ojo y fueron a sentarse a una pequeña mesa redonda, tocando la pared del fondo. Ella parecía muy pendiente de ver quién entraba y con la mirada escrutaba los distintos rincones del local. Dedé no podía quejarse de aquello, ya que él asimismo iba girando la cabeza en dirección a la puerta por si entraba Ágata. Deseó que Sofía no fuera como ella y desapareciera de repente dejándolo solo en la mesa, con cara de bobo. En lugar de eso, la chica empezó a darle los nombres de todos a los que conocía del local y tras cada nombre iba una pequeña introducción. El músico invitado apareció en el escenario, las luces se mitigaron. Resultó ser un hombre que tocaba acompañado de una mujer al piano y otro tipo a un contrabajo, cantando temas actuales conocidos y otros de su composición, bastante agradable y de buen gusto. En medio de la música y de la conversación, fueron bebiendo vino y después pidieron algún coctel hasta que, al terminar el show, Dedé ya no recordaba que Ágata quizá estaba por allí y tanto él como Sofía salieron contentos del local. Desistieron de tomar otro taxi ya que ambos se habían gastado casi todo lo que les quedaba con la bebida y caminaron bajo la noche fresca y húmeda. Ella le contó que hasta hacía unos meses había sido amante de un importante marchante de arte y programador de espectáculos y acontecimientos culturales de la Ciudad, pero que después de muchas promesas sin cumplir, decidió dejarle y para que no la encontrara abandonó su piso de alquiler y mientras decidía qué hacer, se instaló en El tigre blanco, ahí no la buscaría. Ahora trabajaba en el Miau-Miau y por eso, presumió, habían entrado y obtenido un buen descuento en la bebida, sino estarían fregando los platos.

- Por suerte -añadió al final-, él está enfadado conmigo, pero no sus amistades que ahora son también mías.

Él no habló de Ágata. Solo dio su versión de futuro escritor o aspirante a futuro escritor. Cuando llegaron a la pensión, él hizo el gesto de dejarla en la habitación para dormir, pero ella se acercó, le besó y acabaron haciendo el amor en la 207. Al despertar, Dedé se sentía satisfecho, la noche había ido bien y mirando a Sofía se daba cuenta de que la chica le gustaba más de lo que pensaba. Bien mirado, a pesar del aparente bienestar, le cubrió un sentimiento nebuloso, aún inclasificable, que le hizo levantarse cuando el sol únicamente se insinuaba y, poniéndose la ropa interior, salió de la habitación. Sofía se despertó cuando él ya se iba.

- No es necesario que te marches.

- Tengo que escribir un poco -contestó él, dirigiéndole una sonrisa.

Era mentira. Bueno, era cierto que tendría que escribir, pero ahora no escribiría. Al encerrarse en la 206, Dedé se sentó un rato en la cama con las manos tapándole la cara y, seguidamente, se encendió un cigarrillo de un paquete de rubio nacional robado de la mesa de al lado en el Miau-Miau. Quería descifrar aquella sensación tan confusa y saber que Sofía seguía tumbada en la cama, desnuda, solo unos metros más allá, a una puerta de distancia, no le ayudaba. Se vistió del todo y salió a buscar café.

Durante cuatro días, Dedé consiguió evitar a Sofía. No sabía por qué lo hacía, pero sí que lo hacía adrede. Abría y cerraba en silencio su puerta, se iba y regresaba a horas diferentes a su rutina ordinaria y ya no tomaba el desayuno en el Café de España todas las mañanas, como se había acostumbrado a hacer, sino que buscaba bares alejados y oscuros. En estos empezó a escribir el nuevo relato para El Poblador, que versaba sobre un poderoso marchante de arte que se obsesiona con una camarera y, de mientras, Dedé se va diciendo a sí mismo que su novela Tres tristes tigres sigue abandonada en un cajón y que siempre lo abandonaba todo después de una nueva aparición de Ágata.

La cuarta noche de evitarla, ella siguió con su vida anterior, después que el primer y el segundo día había intentado encontrarle dejándole notas por debajo de la puerta. Dedé la oía llegar tarde, acompañada de hombres algunas noches, mayores que ella, y produciendo gran ruido con los muelles de la cama. Él quería leerlo como una venganza. Y aunque cada vez tenía más necesidad y ganas de volver a verla, de hablar con ella, acariciarla y besarla, una especie de voz interior le pedía que no lo hiciera. Hasta que al quinto día, volvió a llamar Ágata. Lo hizo ya de noche y le habló con un tono alegre que despertó en él desconfianza. Proponía encontrarse en uno de los puentes en el que había una muestra itinerante de pintores locales, un montaje que de noche quedaba precioso. Como siempre, Dedé tuvo sus dudas y se mantuvo un rato en silencio antes de responder y, como siempre, acabó por aceptar la propuesta.

Ágata se vistió especialmente bien para aquella visita. Llevaba una chaqueta gris larga a juego con unas botas y un sombrero al más puro estilo bohemio que era la moda en ciertos ambientes. Se había soltado el pelo en lugar de recogérselo con un moño en la nuca, que era su apariencia habitual y estaba constantemente sonriente. Él, en cambio, vestía como siempre y llegó a creer que desentonaba. La muestra de pinturas con las farolas que las iluminaban a lo largo del puente sobre el Río, resultó uno de los actos más interesantes a los que habían acudido juntos en los últimos meses. Durante cerca de tres horas, pasearon y contemplaron cuadros y dibujos, algunos de los cuales estarían mejor bajo el Río y otros merecían especial atención y, a la medianoche, los artistas pidieron un aplauso de todo el público para cerrar aquella exposición al aire libre, un aire frío y casi cortante. Ellos dos decidieron ir a tomar una copa en un bar que estaba a punto de bajar las persianas.

- ¿Con quién ibas el otro día?

Dedé la escrutó antes de responder. Aquella actitud de celos mal ocultos, en el sentido que hacía ver que los escondía queriendo, cuando lo más seguro es que ni siquiera estuviera celosa, le crispaba los nervios debido a que no sabía cómo afrentarla.

- Creo que en el fondo te da igual con quien estuviera.

- Teniendo en cuenta que no quisiste ir conmigo...

Dedé sonrió y eso le hizo sentirse peor, Intentaba impresionarla mostrándose reservado y misterioso, conducta que después, ya solo, se reprocharía a sí mismo. El resto de la conversación continuó de forma menos abierta, aunque finalmente ella le invitó a subir a su piso y después de un coctel Ágata le preguntó si quería quedarse a dormir con ella. Sabiendo que lo mejor habría sido salir por la puerta, Dedé se maldijo por no controlar sus emociones por ella y se dejó llevar cuando le tomó de la mano y le dirigió hasta la cama.

A eso de las nueve de la mañana, Ágata le despertó ya vestida y con prisas, asegurándole que tenía que irse inmediatamente y que él no podía quedarse ya que la venían a buscar y daría mala imagen que le encontraran allí. Asqueado, enrabiado con su propia debilidad, Dedé se vistió de mala gana sin abrir la boca y se marchó del apartamento mientras ella, apoyada en el marco de la puerta, le decía que se lo había pasado muy bien y le pedía que se llamaran pronto. Caminó cabizbajo y con las manos en los bolsillos a través del Barrio Viejo, dejando que la temperatura ya de invierno le cortara la cara. No quería darle vueltas, pero lo hacía; deseaba ver una parte positiva y de cierta distancia, más calculadora, que le demostrara que se lo había pasado bien con ella en la cama, que había sido una buena noche, pero no lo hacía. Se percataba que nunca se sacudiría de encima el peso que le parecía llevar si no era capaz de enfrentarse a esa situación.

Sin fijarse en sus pasos llegó automáticamente a la puerta de El tigre blanco y allí topó, literalmente, con Sofía, que se iba. Intercambiaron una mirada incómoda, pero finalmente él decidió romper el muro de cañas que había establecido a su alrededor. Se disculpó por haber desaparecido y le pidió que se dejara compensar con otra cena. Ella puso una de sus muecas simpáticas y sin reservas dijo que aceptaba. Se verían a las ocho de aquella tarde. El resto del día, Dedé retomó su novela inacabada, no obstante leyó poca cosa y cualquiera de las anotaciones hechas en hojas aparte, en servilletas de papel y en el reverso de los posavasos le parecieron insulsas y carentes de talento. Se puso a retocar el relato para la revista y a primera hora de la tarde lo envió por correo certificado urgente. En las escaleras de la pensión, el Sr. García reprendía al hombre esquelético de la limpieza al que se veía más nervioso de lo habitual y asentía con la cabeza baja. Dedé se alegró de saber que ya le había llegado el cheque mensual de sus padres para este mes, puntual. Se duchó y eligió para la cena uno de los mejores trajes que tenía.

A las ocho en punto de la tarde, Sofía le abrió la puerta de la 207, ya arreglada, y se encaminaron dirección al centro de la Ciudad. La mayoría de las tiendas anunciaban las primeras ofertas del invierno. A pesar del frío creciente, entraron en calor a base de caminar y llegaron con calma para coger mesa en La morada de los lejanos, que dentro de su presupuesto era uno de los mejores restaurantes que podían permitirse.

- Si me traes a cenar aquí para que te perdone o algo así -dijo ella-, que sepas que no hay nada que perdonar.

- Entonces dejémoslo en que me apetecía.

Comieron bastante bien, aunque el servicio necesitaba un curso acelerado de simpatía de cara al cliente, el vino hizo el efecto deseado, de manera que a las diez estaban animados y buscaron por las calles el primer local "no típicamente autóctono" que encontraran, a petición de ella, harta de esos recintos en boga que potenciaban o pretendían potenciar el carácter y personalidad municipales de una Ciudad en alza turística. Una vez dentro, Dedé se controló la ingesta de alcohol de manera bastante decente, temiendo que beber demasiado acabaría por liberarle la lengua y explicaría cosas que, de momento, prefería guardar dentro. Ella, en cambio, a medida que consumía, abandonaba el toque de discreción que mostraba por defecto y dejaba que la parte más humana y menos corrupta por el dinero del marchante de quien se había separado llevara las riendas. Poco antes de la una de la madrugada se metieron en la cama e hicieron el amor. Justo después, Dedé estaba seguro que era una de las mejores experiencias sexuales que había tenido nunca, y esto se debía no solo a cómo lo habían hecho, sino básicamente a con quién lo había hecho. No podía volver a dejar escapar a Sofía, pensó.

Con la propuesta que se hizo aquella noche llevada como un estandarte, las siguientes noches Sofía y él se vieron con frecuencia, hacían el amor en cada ocasión e iban alargando más las horas que pasaban juntos. Debido a que ninguno de los dos se ganaba demasiado bien la vida, muchas veces cenaban platos fríos improvisados en las habitaciones o paseaban por eventos en los que ella siempre conocía a alguien que les dejaba pasar gratuitamente y allí devoraban los canapés y salían con el alcohol en las venas suficiente para asegurar conversaciones fluidas y risas abiertas hasta que el sexo les hacía concentrarse y se dormían desnudos. Durante esos días y esas noches, Dedé daba excusas al Sr. García para no responder a las llamadas de Ágata y una parte de él veía el hecho de ignorarla como un castigo, le devolvía el dolor que ella le había infligido tiempo atrás y que parecía saborear recordándoselo constantemente. En general, sin embargo, y eso le alegraba, Ágata no le venía a la cabeza más que debajo de la ducha o cuando, insomne, con la libreta o la novela entre las manos y Sofía durmiendo, fumaba un cigarrillo de cara a la ventana. Consiguió retomar Tres tristes tigres y dar por acabados definitivamente cuatro de sus nueve capítulos, llegando incluso a modelar como finalizar la historia.

La relación que se estableció entre Sofía y él no tenía promesas ni palabras tiernas. Se limitaban a encontrarse para pasarlo bien, con un tipo de código no escrito en el que cada uno respetaba los espacios del otro y no se hacía más demanda que

la ya existente. Así, muchas noches él no se quedaba a dormir en la 207 o ella se iba antes de la llegada de la mañana en la 206, como si el hecho de dormir juntos más allá del sexo muy a menudo conllevara un grado de compromiso que vulnerara aquel pacto no hablado en voz alta. Más ejemplos de aquella actitud eran que, si alguna noche uno de los dos salía sin el otro, no se lo recriminaban y, de facto, tampoco se preguntaban. Dedé corregía el libro delante de Sofía, pero no le enseñaba ni una frase y ella se iba a trabajar y volvía cuando quería o cuando podía, sabiendo que él no la esperaba y por tanto luego no se enojaría. El marchante de arte que, por lo que Sofía había dicho, estaba enfadado con ella, cogió el costumbre durante el mes de noviembre de enviar un ramo de claveles rosados a Sofía dos veces por semana. Pero este detalle no salía en sus conversaciones. Y aunque Ágata se presentara algún día por sorpresa (hecho que debido a la falta de respuesta a sus llamadas pasó a ser más frecuente que antes), tampoco hablaban de ello. Solo con las miradas y con la actitud, ambos habían levantado una pantalla trasparente que impedía sobrepasar los límites de la implicación.

Gracias a los contactos que Sofía había hecho cuando era amante del marchante, Dedé coincidió con un editor que aceptó algunos de sus relatos inéditos, guardados por Dedé en una carpeta, y cinco días después le llamó. El Sr. Piernas tenía la intención de lanzar al mercado una nueva revista de literatura de cariz alternativo y proponía a Dedé que fuera uno de los pilares. Sin fecha de salida todavía, el hecho de que alguien influyente en el mundillo como Piernas le avalara, permitió que los de El Poblador le dieran más tiempo de margen, contentos al ver que Dedé era reconocido por alguien a parte de ellos mismos. Y así él se comprometió, sin acabar de darse cuenta que quizá adquiría un compromiso que no podría cumplir.

Este hecho reafirmó la relación entre Sofía y Dedé y los momentos amorosos se convirtieron en costumbre; y las costumbres provocan lo inevitable, a pesar de todas las promesas silenciosas y aunque nunca habían dejado entrever que aquello llevara a alguna parte, Dedé observó como la actitud de ella iba, lentamente, cambiando. Sofía pedía más a menudo que antes que él se quedara a dormir después del sexo en la 207 y por las mañanas ya no se iba en silencio de la 206 cuando pasaban allí la noche. Empezaron a surgir preguntas sobre el pasado cercano o se dejaban caer, como quien no quiere la cosa, comentarios en referencia a futuros próximos. Es probable que si él se hubiera dado cuenta de estos cambios ya de primeras, el patrón de respuesta hubiese variado. Sin embargo Dedé lo vio cuando, cercanos a mediados de diciembre, una noche se encontró con Ágata en el local en el que trabajaba Sofía. Habían quedado que él pasaría a recogerla y llegó una hora antes para poder tomar unas copas de vino gratis. Con la libreta en la que tenía ya casi acabado el relato correspondiente para El Poblador sobre la barra y un cigarrillo rubio entre los labios, cortados por el frío, notó una mano que le acariciaba la espalda. Era Ágata, sonriente y con aire melancólico, algo poco habitual.

Se sentaron en una mesa que acababa de quedar libre en un rincón discreto del local y allí, en compañía de un holandés que prometía como cartelista y con quien, en teoría, ella tenía una relación más o menos seria, empezó un juego de atracciones que Dedé no supo afrontar. De entrada, Sofía les tomó nota con una mirada dura y no mostró su sonrisa de camarera encantadora ni por casualidad el resto de la velada. A pesar de que las dos no habían coincidido nunca en un espacio tan cercano, Sofía adivinó quién era ella, quizá por los gestos o movimientos involuntarios de Dedé, quizá por un don natural o adquirido con la experiencia. En segundo lugar, cuando Ágata se enteró de que la camarera era Sofía, aproveció un momento en que el holandés se excusó, para tomar a Dedé de la mano y decirle:

- Hace semanas que no te veía. Te tiene bien agarrado, ¿verdad?

Dentro de sí, Dedé quiso retirar la mano, pero no lo hizo. Dentro de sí, Dedé quiso responder de forma fría y controlada, pero se calló.

  • Imaginaba que me llamarías o dirías algo -continuó ella.

Ágata utilizó un tono que él no recordaba haber visto desde que le pidió que se fuera de su piso, donde estaba instalado, hacía ya un trimestre de eso. Era un tono meloso acompañado por un velo líquido en sus ojos color cáñamo. Antes de que él hiciera o dijera nada de lo que podría arrepentirse durante días, el holandés regresó a la mesa con su sonrisa de turista alucinado en la cara. Dedé miró hacia la barra del local, donde Sofía servía licor a los clientes de altos vuelos de aquella zona de la Ciudad, cuando sus ojos se encontraron, leyó un doloroso reproche.

De regreso a El tigre blanco, Sofía no dijo nada durante todo el camino. Él permanecía también silencioso, a medio metro de ella, mientras rodeaban el Río. La chica llevaba un abrigo de color negro algo desteñido que la embellecía. A pesar de que la situación era incómoda, la falta de palabras servía a Dedé para evitar el tema que, tarde o temprano, saldría sin misericordia. Si no salía se sentiría aliviado y pensó que eso le haría valorar más a Sofía; pero por otra banda consideraba que era el paso natural.

- ¿Era Ágata? -preguntó ella cuando dejaron el margen del Río para internarse en las callejuelas del Barrio Viejo.

- Ahá -respondió él, mirando al suelo.

- ¿Cómo es que ha venido?

Dedé encogió los hombros. Hacía un esfuerzo para simular que eso ni le iba ni le venía, que le resultaba indiferente tanto haber coincidido con Ágata en el local como que Sofía se mostrara por primera vez con síntomas de debilidad. Suaves copos de nieve empezaron a caer y quedaban unos segundos sobre los adoquines y fundiéndose después. Pronto calarían y el blanco cubriría la Ciudad. Siguieron andando en silencio otro rato hasta que una respiración rota le hizo darse cuenta a Dedé que ella lloraba, luchando para impedirlo, escondiendo la cara bajo el ala de un sombrero a conjunto con el color de su falda.

Esa noche, por primera vez en semanas, no hicieron el amor. Ella se acostó de espaldas a él, mirando la pared desde la cama individual, y él se quedó mirando el techo. Quería que la reacción de la chica de la 207 no supusiera nada en absoluto, deseaba que si ella había visto como Ágata le tomaba la mano y él no la retiraba no la afectara y cerró los ojos procurando no pensar en nada más que en el relato que tenía que entregar en dos días. Sin conseguirlo, se levantó y encendió un cigarrillo, mirando por la ventana como los copos de nieve eran ya más numerosos, más grandes y consistentes y emblanquecían el solar y los tejados de las pocas casas más bajas que la pensión, triste y fría.

Por alguna razón que la mente masculina de Dedé no acertaba a comprender, durante los últimos días del año, Sofía se había propuesta hacer lo posible para no sacar el tema, pero sí para mostrar su desacuerdo con todo. No sonreía, casi no hablaba, se limitaba a actuar de forma mecánica. Él hacía ver que eso ya le estaba bien, diciéndose que en el fondo estaba con Sofía y Sofía con él porque les gustaba su compañía y por tener buen sexo casi a diario. Seguía apostando por aquel pacto no escrito ni hablado según el cual eso era lo que querían y pasarse de la raya suponía asumir las consecuencias de la vulneración de ese pacto. O aquello o nada, ese era el trato sin firma, sin apretón de manos. Hasta que llegó la noche de fin de año y, como si hubiera estado esperando aquella fecha para actuar, Sofía apareció con un espectacular traje de noche.

- Me han invitado a una fiesta. Espero que no tuvieras nada pensado por hoy, para hacer conmigo, quiero decir. Hace tiempo que me comprometí a acudir. No te sabe mal, ¿verdad?

Dedé, con un vestido nuevo y más caro que los demás, especial para nochevieja, la miró unos segundos. Estaba realmente preciosa.

- No -respondió-, ¿por qué tendría que saberme mal?

- Claro -contestó ella - ¿Por qué? Feliz año nuevo, Dedé.

Y le besó en la mejilla. Cuando Sofía se fue por el pasillo de la pensión, Dedé se quedó inmóvil como una estatua sin brazos, mirando el pomo oxidado de la puerta, el marco desgastado de madera vieja. De la calle llegaba más ruido que ninguna otra noche: coches, risas, gritos, todo resonaba por las calles de la Ciudad nevada. Faltaban aún unas horas para las campanadas. Por la ventana entraba el reflejo de alguna luz de neón navideña, quizá con la forma de un reno o de unas ramas de muérdago o un trineo. En aquella inmovilidad Dedé podía haber hecho varias cosas, seguramente todas mejores que quedarse quieto. Podría haber salido corriendo detrás de Sofía y preguntarle que pasaba aunque ya lo sabía, o haberle dicho que en realidad lo que más deseaba era pasar aquella noche con ella. Podría haber dado por finalizada la relación, el pacto, haber dicho para sí mismo que era Sofía quien rompió las cláusulas que les unían y librarse de la prisión en que se estaba encerrando él solo. Pero se quedó quieto. Quieto por dentro y quieto por fuera. Aun la lucha que mantenía contra sí como protección se había detenido. Por suerte o por desgracia, el propietario grasiento, el Sr. García, interrumpió aquel estado letárgico apareciendo por el pasillo, respirando con dificultad, para anunciarle que tenía una llamada.

Tercera parte: Ágata