Tu laberinto

15.10.2015

Ando perdido en el laberinto de una ciudad vacía de ideas, llena de personas invisibles con traje caro y sombrero de copa sin conejo dentro.

Mi mente se difumina entre despersonalizaciones y cargos de conciencia por no haber llegado a tiempo, por pensar que todo se andaría. Tú, mientras tanto, sigues prisionera de criterios ajenos, obcecada en no ocupar tu tiempo con gente que no te sirve de propaganda. Pero cómo puedo reprocharte nada si sigo enganchado a ti, como un imperdible viejo en tus pantalones que ha dejado su huella de color óxido. Igual que el resto de mortales que merodean a tu alrededor perdiendo baba y cerebro. En realidad, por mucho que tus palabras se gasten en mimarme y en hacerme parecer diferente, soy uno más. Ahora, me consuela como a los tontos saber que eso no te hace inmortal. Morirás, sola o conmigo, o con otro, pero morirás. Como lo haré yo y esta ciudad, aunque en realidad ella ya es un cadáver de hormigón y hierro. ¿Y yo qué soy? Soy la coincidencia en una vida planificada, soy el punto normal de una existencia extraordinaria. Soy a quien conociste cuando yo ya te conocía e hiciste creer que te había seducido, porque tú me sedujiste en la primera imagen, en la primera fotografía que te hice con el fondo helado de una sábana azul.

Vago entre callejones llenos de miseria alumbrados por luces de neón, necias, arrogantes y frías que me insultan alumbrando mi camino.

Desde el principio todo han sido rodeos, todo un hacer sin decir, un no hace falta explicar... Tu capacidad de andar por las ramas resulta contagiosa y bien pronto me adapté a ella, más por miedo a que te vayas que por convicción, y ambos construimos una insustancialidad bonita y de perfectas apariencias. Mi simpleza social contra tu complejidad, mi nadería popular contra tu totalitarismo, mi arte contra el arte que eres tú. Hablábamos de todo sin hablar de nada, hacíamos de todo sin hacer nada, conocíamos a todos sin conocer a nadie. Y precisamente ver en la nada que todo está acabando me duele. Yo quise lo que me envuelve y una parte dentro de mí sigue gritando que todavía lo quiero. Pero el paisaje se me hace vetusto, como si llevara aquí tanto tiempo que ya nada es capaz de sorprenderme, conozco todas las esquinas, cada una de las entradas y salidas, las puertas falsas, los rincones, las cloacas y el nombre de las ratas que viven en ellas. Pero tú formas parte de todo ello y eso es lo que realmente me impide enviarlo al fango, dejar que se hunda en la miseria que la misma ciudad va escupiendo. Como tú. Pero a ti te rescataré, porque siempre vuelvo, porque soy incapaz de irme, porque contigo siempre es un no parar de meterse dentro de un molde irrompible y desgastarse.

Especulo con carteles de locales que venden humo y planchan mentiras, que me halagan sin conocer un ápice de mí ni de mis consecuencias.

Se me aparenta triste mi sombra cuando parece huir cambiando de posición cada segundo, enganchada a mí sin remedio, a medida que avanzo pisando charcos que prefiero no saber de qué son y las luces me cambian la perspectiva. Mis pisadas resuenan en el completo vacío a conjunto con mis recuerdos, que se van enmoheciendo entre tanta perseverancia para convertirse en algo útil, en una herramienta que me justifique, sin éxito, en balde. Recuerdos que llevan siempre a la parte más oriental del árbol en el que estamos, mirando los lindes del bosque y las copas de todas las imaginaciones posibles nacidas de raíces de sueños imposibles. Porque en el fondo, eso ha sido contigo siempre, un sinfín de caminos secundarios no para observar el paisaje, sino para evitar la carretera principal y afrontar el problema. Y lo llamo problema y no me duele, porque la sinceridad con uno mismo duele sólo cuando no tiene remedio, cuando acumula demasiado pasado imborrable. Y el paisaje, el que se ve en esas desviaciones curvadas o desde la rama más oriental, es la excusa para no mirar dentro. Dentro del vacío que queda en nosotros. Mi cámara fue testigo de tus avatares y me enamoré de la idealización, me dejé llevar por la postura y me acosté con la ilusión. Sucumbí a todo lo que representas mientras una nube de nopuedeseres bajaba del cielo de los imposibles y cubría todos mis sentidos de niebla de aprovechaelmomento. Soy culpable igual que tú, o más porqué tú inventaste la mentira y yo quise creérmela. Nunca he planteado certezas, no me he atrevido a hablar de nosotros. Yo te plasmaba en imágenes y no noté la diferencia entre el tú exterior y el tú íntimo porque no la había, no la hay, a pesar de que creí que sí, que conmigo eras un tú distinto, propio, aislado, mío... Siempre has sido de todos, eres parte del decorado que yo fotografío, delante y detrás de la máquina.

Me aferro a barandillas de puentes sobre ríos secos a los que tiro piedras de broma imaginando el sonido del agua y los patos de plástico.

Todo es una mentira ahora. Tu popularidad pegada con cola y escoba en carteles gigantes me traerá tu recuerdo convirtiéndolo en perenne, no podré olvidarme de ti aunque quiera, y no quiero. Es este devenir de nadas que nos hunde, cada momento encadenado, cada instante vivido contigo sólo sirve pare llenar un álbum de fotos bonitas de las que fardar, flores de ropa en ramas podridas de un árbol muerto. Pero es que la ilusión de lo que creía que vivíamos marcó una huella tan fuerte que no puedo apartarla, no saldrá su impresión de mis mejillas. Tengo la sensación de que darme cuenta de todo no me ha roto el corazón ni lo ha congelado, más bien lo ha encerrado definitivamente con llave en su jaula, en la jaula que yo mismo fui tejiendo con hiedra cada día contigo. La ilusión, esa ilusión, de que tú y sólo tú me mirabas y de que las miradas estaban llenas primero de pasión, luego de amor y finalmente de futuro. Mi inocencia respecto a todo me golpea pero no me tumba, y tumbado estaría mejor, boca abajo, hundida mi cara en un pozo de silencio.

Deambulo entre vallas de espino que limitan campos de cemento con bancos clavados en el suelo, abuelos hablando como jóvenes y también al revés.

Y esta mañana, antes de que todo me pareciera un entorno muerto, aún miraba la salida del sol mientras tú dormías. Y me sentía afortunado, eras mía. La más alta y brillante de las estrellas, la más codiciada de las bellezas y la más idealizada de las mujeres. Quizá de haber permanecido con los ojos cerrados habría sido feliz unas horas más, unos días más, y no sé si la caída habría sido más dura porque no pasará nunca, y porque ni tan siquiera puedo caerme. Pero yo no puedo andarme más por las ramas pues estas se rompen a mi paso, inevitablemente. Me muevo a pasos tristes y pesados, por esta ciudad que hace unas horas era maravillosa y ahora es gris y opaca, por calles que antes derrochaban encanto y ahora encantan fantasmas, por rincones de aspecto romántico que ahora son para mí basureros escondidos. Jugaste tu papel, anduviste por las ramas de tu vida de éxitos tomándome la mano, y yo pensé que era por mí, y simplemente fue por no caerte, fue por ti. Yo fui lo secundario, lo que desvió la atención, lo que te mantuvo a flote, lo que te sirvió para no querer ver que ya tenías medio cuerpo en la arena movediza de tu propio fracaso. Me he dado cuenta de todo viendo tu cuerpo casi perfecto en la cama, mirándome con esos ojos que no decían nada, que podían estar pintados en una muñeca de porcelana. Ya te había servido para tu propósito y no hacía falta fingir más. Darme cuenta de que nada se andaría, que no era cuestión de llegar a tiempo sino de no llegar. Tu vida ya no te pertenece, pertenece al personaje que te has creado o has dejado crear y alimentar por otros, y yo, entre bambalinas, he ido saltando de rama en rama, como un mono, por no afrontar que mi vida tampoco me pertenecía.