Turbia Claridad

24.08.2020

Es lunes y es temprano. Ya hay gente haciendo cola ante la administración de lotería del pueblo a ver si se han levantado con unos cuantos millones en el bolsillo, o con unos miles de euros que a nadie le van mal, tampoco hay que aspirar demasiado arriba, que entonces todo es subida. Ya hace tiempo que cuando salgo a caminar y correr camino a las subidas y corro sólo en las rectas y las bajadas. Me he levantado quizás con la crisis de los 40 pegada a la piel, y eso que ya cuento 47. He pasado el ecuador de la vida, está claro, no llegaré hasta los 94. O tal vez sí, quién sabe, mientras sea ​​en condiciones y dignidad, que llegue hasta donde tenga que llegar.

Mientras tomaba el café, en el balcón, sorprendiéndome relativamente de ver que esta noche a llovido, me ha venido a la cabeza una reflexión superficial que, como me sucede a menudo, se ha ido metiendo adentro hasta que ahora ya me dirás quién la sacará. Si ahora me dijeran que me renuevan el contrato, ¿qué haría? Estoy en un trabajo que no me gusta ni me motiva como para pensar que me gustará algún día. Cobro poco. Como decía, tengo 47 años y añado que dentro de mi campo puedo presumir de un currículum envidiable, y aún así gano una mierda y todavía tengo que pelear para que reconozcan el trabajo que hago. Tiene un toque triste. Durante estas vacaciones, en una cena con las amistades que tanto quiero, uno hacía la broma -o no era broma- de que tan mal estudiante y mira donde estoy, refiriéndose, precisamente, a que no me encuentro en la cresta de la ola ni mucho menos. El problema es que me temo que en este mar donde me he metido no hay olas, es un mar tan plano que parece un lago en un valle rodeado de altas montañas que lo protegen de cualquier viento que pueda impulsar cualquier barquita. Y para subir las montañas hay una un bosque denso como los de Rumania en el que perderse es más fácil que en un laberinto hecho expresamente. Recuerdo a menudo aquel antiguo compañero de trabajo que un día llegó y dijo que lo dejaba, que aceptaba la oferta de su padre de heredar la pescadería. Por otro lado las cosas me van mejor que nunca, pienso. Estoy genial personalmente, pronto saldrá una novela mía a la venta y trabajo en el guión de una serie de televisión que, si ve la luz, será una subida de adrenalina y de autoestima que no veas. No, no se trata de una crisis existencial ni de una depresión, se trata, como decía al inicio, de una reflexión.

Cada vez más a menudo pienso que el sistema, para los que estamos en su parte media-baja (para los de abajo de todo aún más), está jodidamente mal montado: te levantas, tienes que trabajar entre 7 y 8 horas como mínimo, pagas un piso que te chupa como un vampiro, dedicas tiempo a ir y volver del trabajo que nadie te paga ni te devuelve, dedicas otro tiempo a limpiar u ordenar o papeleo o ir a comprar elementos básicos y cuando se termina el día , cansado, al menos yo, tengo la duda de si lo he aprovechado, de que todo fluye, que como en un reloj de arena los granitos van cayendo y ni he podido mirarlos o disfrutarlos. Ocho horas al día, cinco días a la semana, unas 42 semanas al año, unos 50 años de tu vida trabajando para disfrutar gracias a lo que te dan de unas 4 horas al día, dos días la semana, unas 10 semanas del año de tu tiempo. La balanza está desequilibrada. Y cuando quieres salir, cuando quieres saltar de tu platillo de latón, te dicen que claro, que ya verás qué pasa, que vigila no te quedes sin seguridad, que ... ¿Qué seguridad? ¿La de que seguirá todo igual? Joder, la mejor parte de la vida es cuando las cosas dejan de ser iguales y se mueven, varían, se transforman como la energía. Pero claro, de nuevo, tienes unas obligaciones, bocas que dependen de ti para ser alimentadas.

Entonces sales a pasear cerca del mar o por senderos entre altos árboles y piensas: yo lo que quiero es disfrutar de la vida. Que yo esté aquí es una especie de milagro, todo pasará y lo que habré hecho ha sido trabajar o luchar para sobrevivir en el peor de los casos cuando yo lo que quiero es pasármelo bien, es detenerme a contemplar el paisaje o perderme entre las ondas o buscando restos de ardillas o correr cuesta abajo o escalar y sentirme feliz cuando las vistas resultan espectaculares. Sí, dirán algunas personas, por supuesto, todo muy bonito, pero ¿cómo comes, cómo vives, como pagas las facturas? Porque las tienes que pagar, está claro. ¿Está claro? A mí me parece todo muy turbio.