Un crucero por el Mediterráneo. Domingo: Mónaco

27.03.2019

Hoy es el último día de crucero, quedará una noche donde rodearemos la costa mediterránea hasta llegar a Barcelona, ​​sobre las 8:00. Es un día que ya contiene cierta nostalgia, una sensación de final que impide, en parte, disfrutar totalmente de la última parada en el país de los ricos. Un país donde los pijos son los reyes, un paraíso fiscal. Pero el dinero no se lo han gastado, precisamente, en hacer bonita su capital. Sólo entrar en la bahía de Puerto Hercule, unos rascacielos sin la gracia de los de Chicago o Nueva York, se mezclan desorganizadamente con mansiones de lujo situadas unos metros más arriba. El Casino abre, majestuoso, la otra bahía. Llaman más la atención los yates que se ven anclados en el puerto que no la ciudad, no demasiado grande, presidida a cada lado por dos edificios emblemáticos: el Casino y el Museo Oceanográfico (que uno de los Rainieri construyó para demostrar su afición por el mar). En el centro, como ya he dicho, todo son rascacielos estilo Lloret, Blanes o Benidorm en primera línea de aquel puerto apretado y que se va haciendo mayor sin mucho acierto.

Nada más bajar noto el mismo mareo que en Nápoles y en Roma, la sensación de seguir flotando en el agua en vez de estar en tierra firme, de caminar haciendo eses. Damos un primer paseo dirección al Oceanográfico que nos hace sudar. A nuestro lado pasa de vez en cuando un coche de lujo que provoca la admiración de mi hermano. Mal día para encargarle las fotografías, casi todas serán de vehículos. Más allá de los rascacielos se abre el centro de la ciudad, el centro antiguo, al menos, tan pulcro como tan frío, los edificios están restaurados a la perfección, todas las avenidas son peatonales y los jardines son deliciosos. No es precisamente hermoso, no se trata de un centro antiguo hecho con la gracia de las ciudades mediterráneas (incluso Marsella, fea porque sí, tiene un casco antiguo digno de admirar), es más bien una gran urbanización que se fue ampliando a medida que los ricos descubrían la gracia, si es que la hay, de la zona. Llegamos al museo, la entrada vale 12 euros y decidimos, estoicamente, no entrar; total, en Barcelona hay uno muy bien trabajado, no vamos a hacer más rico al Rainieri este. Eso sí, nos cobran 4 euros por una botella de agua (4 euros en 2004). Mientras esperamos para subir al tren turístico (poco tiene de tren, más que la forma, pues va con neumáticos) paseo por los jardines de Saint Martin, donde cada árbol es diferente y tiene un cartel que te dice cuál es: árboles importados de Japón, de Brasil, de Canadá... Lástima que está en francés y en latín y ambos idiomas sólo los empecé a estudiar, sin llegar nunca a conocerlos.

El tren nos lleva como por un zoo, nos enseñan el palacio de los príncipes (sí, la frígida y la caliente, la femenina y la masculina, y el indefinido) donde montones de turistas, entre ellos los de nuestro barco que van en excursión organizada, hacen cola para ver el cambio de guardia que, como en muchos palacios y centros históricos, es de lo más pintoresco. Nos llevan también por las calles por las que se monta el circuito de carreras de Fórmula 1 y la curva en la que se estampó Fernando Alonso no sé qué año (foto). Para romper un poco la seriedad del resto de turistas que nos acompañan, con mi hermana y la niña empezamos a hacer el ruido de los coches de carreras por dentro del túnel, la niña se parte de risa, mi hermano se anima, yo cada vez estoy más mareado.

Después del tren nos disgregan, y los dos niños de la casa nos pateamos todo el paseo marítimo, haciendo fotografías a los coches de lujo, visitando la espectacular estación de trenes (lo mejor de la ciudad, pero el lugar más solitario), una iglesia raquítica y, finalmente, los jardines del Casino, con esculturas de diferentes y reconocidos artistas internacionales, alguna de espantosa, muchas que valen realmente la pena. En el Casino no nos dejan entrar, pero muy amablemente el portero se ofrece a tirar al buzón interior las postales que llevamos. Me parece entre curioso, patético y gracioso que a las once o doce de la mañana, hombres y mujeres totalmente arreglados, se pierdan el sol mediterráneo entrando a gastarse los cuartos en una sala de juegos, pero claro, en algo tienen que pulirse los billetes. Ya se han comprado el yate, los cuatro coches, las tres casas y algunos tendrán helicóptero (hay un heliódromo importante junto al parque de Fontvielle, muy cerca del campo de fútbol del AS Mónaco). Mi hermano se compra una gorra de Fórmula 1, las camisetas del fútbol ahora son muy caras debido a que el equipo fue finalista de la Liga de Champiñones la temporada anterior.

Una de las otras gracias de la ciudad, aparte de mujeres emperifolladas, tipos con coches de impacto que los sacan para recorrer los 500 metros que tiene de calles la ciudad, y de los jardines, son los acantilados. Mónaco se construyó por voluntad de reyes, por lo que la montaña, para poder llegar al mar, fue rota en seco formando precipicios que dejan ver todo el Mediterráneo en su excelencia. A la una ya estoy mareado hasta puntos extremos y decido volver al Grand Mediterráneo, aunque sólo quedan noventa minutos para regresar. Mañana, además, sólo llegar, voy hacia la universidad a examinarme y eso me preocupa. Pero evidentemente no estudio cuando llego el barco, sino que hago un recorrido estratégico con el fin de encontrar a Núria (ahora ya no es "la malagueña", es Núria y punto), pero no la veo por ninguna parte. Pico algo y me pongo a dormir.

En el preciso momento en que inicio la entrada en la fase REM, es decir, justo cuando me duermo, llega mi hermano como un terremoto haciendo comentarios simpáticos y enciende la televisión. Pronto tenemos que ir a comer. Está entusiasmado con los coches y dice haberse encontrado unos de los que ha conocido durante el viaje en las puertas del Casino. Ojeamos el diario de a bordo y descubro tristemente que no hay nada que me llame la atención, sólo la segunda parte del curso acelerado de Thai-Chi. Pero estará Ester, la cordobesa, y ¿cómo me mirarán las animadoras si han hablado con Nuria? No tengo nada de lo que avergonzarme, todo lo contrario, pero estas situaciones me ponen un poco nervioso. Me parece que me voy a quedar encerrado en la cabina mirando películas (ponen Moulin Rouge y Finding Nemo, nada menos) y dejando que mi miedo a la sociedad me convierta en una planta, o en una babosa. O en una patata frita, da igual.

Pero no, después de una buena siesta sin dormir, es decir, de tumbarme en la cama y hablar con el compañero de cabina y de sangre, decido subir a estudiar hasta el momento del Thai-Chi, y estudio un poco mientras mis ojos se alzan los folios para encontrarla a ella, sin éxito. A las 17:30 aprendo un poco más acerca de las posturas para canalizar la energía, descalzo, sobre el parqué de la discoteca, y no detecto ninguna mirada o comentario especial en las animadoras. ¿Qué me había pensado yo, que soy importante? Mónaco me debe haber subido a la cabeza. Y las horas se escurren y pensar que volveremos a estar en la ciudad, en un mar donde en vez de agua hay asfalto y en vez de peces coches, me hace pensar que no sólo volvería a repetir esta experiencia sino que no me importaría nada que durara una semana más. A pesar del mago y el humorista, a pesar de la familia del toro Osborne y más allá de la música de Bisbal. En la cubierta superior, tumbado en una de las hamacas, con el Grand Mediterráneo en marcha, despidiéndose de la costa francesa, me entra un ataque de trascendentalismo y me asusto. ¡Es la hora de un buen mojito! Después ducha y cena de gala.

Y la cena es el mejor de la fiesta de despedida, pues los camareros hondureños, panameños, guatemaltecos, mexicanos, peruanos, argentinos, etc. nos deleitan con una exhibición de baile mientras sirven la comida que provocan que todo el público se alce siguiendo el ritmo y dando palmadas mientras ellos se pasean con los platos a la cabeza, fuegos y malabares. El resto de la teórica fiesta se limita a un espectáculo final en el cabaret que resulta tanto triste como los anteriores, exceptuando cuando el presentador de origen desconocido despide a las animadoras y descubro que Núria resulta una especie de regalo final. Va vestida con un conjunto negro que tira de la silla. ¿Y si me pongo a trabajar en el Grand Mediterráneo durante unos meses? ¿Y si me hago animador? Yo, bailando con mi estilo inconfundible (por malo, que no por original) y diciéndole a la peña: "Esas palmas, vamos todos" y haciendo cursos de Thai-Chi o animando un karaoke... No, casi que no. Prefiero salir a la cubierta con el cuñado y el hermano a tomar una piña colada y admirar la noche mientras entramos en el Golfo de León. Y entonces viene la parte divertida, o de llorar a lágrima viva, cuando veo bajar a Núria por las escaleras y dirigirse a nuestra mesa en el cabaret (antes de salir fuera) y casi sin mirarme nos pregunta a todos si nos lo hemos pasado bien y sin dejarnos acabar nuestra respuesta, se va. Ya no volveré a verla más.

A última hora, cuando la fiesta ya no se oye y la mayoría de gente duerme, hago una visita final a la proa (delante, sea la proa o la popa) y contemplo el mar, con el reflejo de la luna en cuarto menguante y, antes de un nuevo ataque filosófico y metafísico, vuelvo a la cabina y me meto en cama con Nemo de trasfondo. Mi hermana y yo ya hacíamos planes, a la hora de la cena, para un nuevo crucero, esta vez sin embargo, por las islas griegas o recorriendo el Nilo. A través del ojo de buey se distinguen unas luces que deben ser Portbou, o Roses, es el tramo final de un crucero por el Mediterráneo.

Mañana llegamos a Barcelona. Pero esta será otra historia y, como decía Michael Ende, deberá ser contada en otra ocasión...

FIN