Un crucero por el Mediterráneo. Jueves: la Valeta

21.03.2019

La entrada al puerto de la capital de Malta es espectacular. A priori, a nadie le llama la atención este conjunto de islas, parece un lugar aburrido y sin muchos recursos por visitar, pero cuando las fortificaciones inglesas abren paso a la bahía se descubre una hilera de casas, cada una con las puertas y ventanas pintadas de un color diferente, que rompe todo prejuicio. Malta fue descubierta por los cartagineses y luego pasó a manos romanas, más adelante las tomaron los árabes hasta que fueron los alemanes quien la gobernara cinco siglos para cederla a no sé quién era; Napoleón la hizo suya durante unos años y luego los ingleses entraron a por todas y se la quedaron; hasta que en 1964 Malta se convirtió en estado independiente y ahora ya está dentro de la Unión Europea. Me parece recordar, del folleto que nos dan al llegar, que los españoles pintaron algo también, pero aquel imperio donde nunca se ponía el sol acabó en la oscuridad. Se lo comentaré a la familia de los polos con la bandera y el toro. Además, se nota que me he empollado la historia de Malta, que venía en una etiqueta de whisky de Malta... ¿o no era por eso que se llama así? Y el "Corto Maltés", ¿era de Malta o iba siempre borracho? ¿Y el halcón maltés? Mejor me callo.

Al bajar del barco hacemos cola bajo un sol de justicia (me encanta esta frase, la repetiré: bajo un sol de justicia, sol de justicia, sol de justicia...) para coger unos mapas y allí comienza el famoso asalto del taxista maltés. En la parada de mapas nos han dicho que debería costar 10 euros, pero todos quieren cobrar 15. Finalmente logramos el precio justo y a través de la ciudad fortificada llegamos hasta el centro neurálgico de La Valeta, una plaza de autobuses, todos muy lindos, emblema de la ciudad. Ésta consta de tres partes: una calle ancha y llena de tiendas de suvenires, la playa y el resto.

Paseamos todos en familia (foto emblemática) menos mi hermano, que ligó con una de las tres amigas de su edad y no ha sido capaz de despertarse  a la hora aludiendo que se encontraba mal. Entre las tiendas de recuerdos hay también cafeterías y tiendas de moda. Pero no es hasta que aparece ante nosotros una de las debilidades heredadas genéticamente, los "mercadillos" (a excepción del de Túnez, que no cuenta), que nos adentramos en las calles victorianas. Me compro una camiseta que dice "Nacido para ser salvaje" en inglés y sale un muñeco con un pañuelo en la cabeza, descubro que la reivindicación maltesa se parece bastante a la que aún perdura en Córcega, donde estuve hace ya años. Los tenderos hablan inglés, pero entre la gente de la ciudad se oye a menudo un dialecto que parece ser una mezcla entre inglés, italiano y árabe: el maltés (como el Corto y el halcón). La mayor expresión del idioma la encontramos cuando subimos a lo que dice ser un "templo típico de Malta" y empiezan a salir estudiantes ya que es, en realidad, una universidad típica de Malta. Nos hacemos unas fotografías ante la "Casa de Cataluña", en una de las anchas calles que dan al canal que separa La Valeta de la otra ciudad cuyo nombre ahora no recuerdo.

Decidimos separarnos cuando se produce una ligera fricción familiar, mi hermana quiere ir a la playa con la niña, mi cuñado no quiere, yo quiero ver la ciudad, mi madre quiere no quedarse parada al sol, mi padrastro no quiere que nadie discuta. Finalmente, mi prima, el hijo y la madre de ésta, se apuntan a seguir caminando por la capital. Todas las calles tienen cierto aire a las ciudades inglesas estilo York o el centro de Manchester, celosías que adornan las fachadas de casas pintadas en tonos rojizos, ocres e incluso azules. Me compro una camiseta naranja. Contagiado del espíritu calmoso que supone el Mediterráneo, entro en una iglesia para admirar una exposición. Los cuatro que somos, paramos a tomar un refresco y yo dejo que el sudor que me ha rodeado y me ha ido invadiendo a medida que empujaba el cochecito de mi primo segundo (Máááááássssssssimo) por las subidas de la ciudad se desvanezca.

Para llegar al barco nos hemos vuelto a juntar, pero yo y mi madre bajamos caminando por la acera de la muralla inglesa debatiendo sobre el estado del bienestar y el conflicto en Oriente Medio (es decir, sobre la familia). Me siento bien, no sólo por el hecho de que me ha sorprendido La Valeta como ciudad sino porque he practicado el turismo que a mí me gusta, como el que hicimos en Cagliari. Ver la vida y el movimiento del lugar, escuchar a la gente hablar, observar las calles, las casas, entrar en algún museo.

Al meterme en el camarote, a eso de las 14:00, despierto a mi hermano y le comento que nos vamos a comer. Se enfada porque no ha visto la ciudad, pero en un acto de juventud entusiasta decide comer a toda prisa y bajar a la isla aunque disponga de una hora escasa. Siempre comemos en el buffet libre, no en el restaurante, y luego nos sentamos en las mesitas individuales del Cabaret que parece una sala de espera gigante de algún prostíbulo como los de las películas, cuando no hay espectáculo (nunca he estado en un prostíbulo, o sea que es una comparación tirada al aire): mesitas con cómodos sillones rodeados de más amplios sofás, luz tenue, música de fondo, tapizado granate. Después, el más pequeño de los tres hermanos que somos baja del Grand Mediterráneo y yo me dedico a estudiar, o a intentarlo, para las pruebas que tengo en septiembre. Me acomodo en las butacas del pasillo de la séptima planta, con los apuntes repartidos, el sol en espalda y no sé cuantos adolescentes gritones jugando a las cartas, mientras esperan a que sean las 19:00 y abran el karaoke. Una afición que nunca he entendido esta del karaoke. Prácticamente no estudio nada, es difícil concentrarse cuando sabes que estás en medio del Mediterráneo, en un crucero, que Núria está en algún lugar del barco, que vino a buscarme en la proa la noche anterior o que nos encontramos por casualidad, quizá. Mi hermano llega al barco cinco minutos antes de su partida, nos calzamos los zapatos deportivos (tenis para los pijos, bambas para la gente del mundo real) y con el cuñado vamos a hacer unos toques de balón. No hay niños mal educados en el campo, sólo dos post-adolescentes.

Me ducho poco antes de cenar, siguiendo la rutina que me parece agradable a estas alturas ("Cuidado con el escalón" y "Cuidado con la cabeza"). Repaso el programa del barco, es decir, el Diario de a bordo, mientras por uno de los canales televisivos escupen Minority Report (la escupen con elegancia, es una buena película). Decido que intentaré evitar la "Noche italiana" del cabaret y que sino es que recibo proposiciones indecentes de la malagueña o, en su defecto, de la cordobesa (que de defectos tiene pocos), me pondré a estudiar en la habitación.

Esa tarde mi primo segundo aprende a caminar por los pasillos de la cubierta, su padre está en Holanda haciendo un Máster del Universo. Durante la cena mi sobrina vuelve a demostrar que cuando no le dan directamente la mantequilla, los palos de pan o las patatas fritas, puede tener muy mal genio. En la mesa proponemos darle alguna sorpresa a quien nos ha invitado al crucero y decidimos que le compraremos algo en Roma, pasado mañana, ya que él y mi madre, que ya han visto la ciudad muchas veces, se quedarán con la niña en el barco.

En el cabaret, aparecen los artistas de las pistas vestidos de fetuccini y cantando en italiano. Después, el Mago Guille nos demuestra que aparte de inflar globos y darles forma de espada o de rana sabe el truco de las anillas chinas. Salimos los tres deportistas de la familia a dar una vuelta y decidimos ir a visitar el karaoke. Está la rubia que nos guiaba el día del simulacro y, oh sorpresa, Núria (la malagueña) haciendo de anfitriones. El trío de amigas de la edad de mi hermano también está, él no les hace ni caso, con la que se enrolló se ponen cara de mal rollo. El karaoke es un aburrimiento y las canciones son peores que si se tratara de un recopilatorio de TVE durante la época de Aznar. Mecano no ha desaparecido de la memoria colectiva, por desgracia, y tampoco los Hombres G ni Pimpinella. Esta diversión me resulta deprimente y decadente. Como el karaoke no cierra hasta la 1:30, supongo que Núria tendrá que quedarse toda la noche. Nos avisan por megafonía que a las 2:00 pasaremos por el estrecho de Messina y recomiendan que salgamos a verlo.

Me encierro en la cabina por lo menos dos horas, pero en vez de estudiar veo Monstruos S.A. por enésima vez y un trozo de Regreso al Futuro II. A la hora indicada salgo a ver el estrecho. A la derecha, la punta de la bota italiana, a la izquierda Cerdeña. El mar en todas partes, como una sábana planchada. Unas rayas provocadas por las corrientes marinas parecen bancos de arena, mi padrastro cree que lo son y está convencido de que embarrancaremos. Mi hermano sube las escaleras que van a parar a las chimeneas e imita el Di Caprio en Titanic, consiguiendo ser el centro de atención un rato, en vez de serlo las luces de la península y la isla. No hay personal del barco, sólo pasajeros abarrotando la proa.

Con el viento relativo muy suave debido a la moderada velocidad del Grand Mediterráneo, concluyo que ha sido un día apacible, tranquilo, sereno. Y entonces me viene, fugaz pero persistente, como todos los últimos días de los últimos meses, la imagen de una persona que evoca otra. La primera es un presente difuminado y un futuro sólido, espero. La segunda es el pasado. ¿Cómo lo hace el mar para darte la calma necesaria que permite evocarlo todo sin convertirlo en una tempestad?

Mañana por la tarde llegamos a Nápoles.