Un crucero por el Mediterráneo. Lunes: Barcelona

15.03.2019

Este es un diario, en clave de humor, del crucero que realicé con mi familia el verano de 2004. Visto ahora, queda algo descontextualizado.

Lunes. Barcelona.

Nada más llegar al puerto, una multitud de familias y de mujeres mayores hacen cola para dejar su equipaje, comportándose como si tuvieran miedo de perder su lugar o de ser excluidos del viaje, tal que el inmenso buque que tenemos delante no pudiera meter a una ciudad entera.

-Lo lamento, pero su maleta no cabe y, en consecuencia, la tiraremos al mar.

En una de las colas hay un cartel en el que puede leerse la palabra Tupperware. Inicialmente no entiendo qué pinta aquello allí, hay gente y no tuppers haciendo la cola. Entonces mi hermano, bastante menor que yo, me señala que me suda la espalda y que tengo en la camiseta distintas marcas de sudor y gracias a esto me olvido de lo que me rodea durante un rato.

Nosotros, toda la familia entera (compuesta por un padre, una madre, tres hermanos, un cuñado, una nieta, una tía, una prima, un primo segundo y la hija del cuñado de su primer matrimonio), no colocamos en la primera de las hileras humanas que avanzan como hormigas entre aquel bullicio, frente al cartel que indica que por allí embarcan los de las cabinas de la 3001 a la 3120. Es la cola de los pobres, la más larga y la más lenta, la de los huéspedes de los camarotes que están más abajo del crucero, los que se ahogarán primero. Pasa una hora de calor sofocante y humanidad aplastante hasta que nos toca y, justo después de facturar el equipaje, nos hacen posar para una foto por cabinas. Mi hermano y yo, él me pasa el brazo por los hombros en lo que parece un acto fraternal hasta que le dice al fotógrafo:

-No somos gais, ¿eh? Somos hermanos.

Es lo que tiene la adolescencia, entre otras muchas pegas. Unas azafatas nos dan la bienvenida al Grand Mediterráneo, así se llama el barco en un intento de mira-que-guay-suena bastante poco fructuoso. Nos entregan también una tarjeta parecida a las de crédito que no podemos perder, que tenemos que llevar siempre encima, que sirve para pagar las bebidas, embarcar y desembarcar, entrar en los camarotes y para muchas más cosas que olvido con mi magnífica capacidad para obviar lo banal, lástima que no tengo capacidad para diferenciar lo que es banal de lo que no, paso previo imprescindible. Subimos por una pasarela y en el recibidor, tres hombres tocan música mexicana, a su lado un cartel dice: Trío Paraguayo. Empezamos bien.

Otra azafata nos conduce, toda la familia en tropel como en una película de Fellini, hasta nuestro pasadizo en la Cubierta 3: Ecuador. La cuarta es Argentina y la décima es México, tampoco recuerdo las de en medio. Compartimento 3086: dos camas, un televisor, dos literas plegables plegadas, un lavabo, un armario doble, una mesa de escritorio y una mesilla de noche. Nuestro camarero, encargado de ordenar las habitaciones y hacernos la cama se llama Daniel, es de Honduras y es un encanto. Más adelante, con la confianza, nos recomendará no apuntarnos a las excursiones organizadas y nos contará, más adelante todavía, que lo perdió todo por el Huracán Mitch. Y nosotros en un crucero.

El primer almuerzo es en el puerto de Barcelona. Mil doscientas personas hacen cola en un bufe libre. De estas mil doscientas, diez se muestran algo reticentes y la undécima es demasiado pequeña para quejarse de nada. Soltamos comentarios locuaces y de alto nivel como:

-Esta comida no vale nada.

-¿Y las bebidas, qué?

-Me toca el sol en la espalda y me quemaré aquí todo el rato.

La idea del crucero la tuvo mi hermana, pero la única persona convencida fue mi padre, que es quien ha pagado. Los diez reticentes, evidentemente, somos nosotros. Hay tres paraguayos que tocan música mexicana. Unos momentos después de haber comido, me hallo solo en uno de los lados de la piscina en la Cubierta 6, en la que hay toda una multitud, cuando dos animadoras, cada una me parece más agradable que la otra, se ponen a mi lado y en un andaluz de lo más simpático hablan conmigo. Una es cordobesa y la otra malagueña. Mi acento catalán les debe parecer de los más cómico. Pienso que estoy ligando hasta que me dicen que allí, exactamente donde estoy yo, es donde ellas tienen que empezar a animar el cotarro. Ahora sé que no estoy ligando, que estoy estorbando.

Por los altavoces, las palabras de un ente invisible van presentando al equipo de animación mientras suena a toda castaña una canción de David Bisbal. En total son diez: cinco andaluzas, un ucraniano y una ucraniana, una catalana, un italiano y una alemana. Todos los camareros y camareras, salvo dos, son latinoamericanos (una de las camareras es de Bielorrusia y el jefe de camareros es hindú). El barco es panameño. Hay tres paraguayos que tocan música mexicana.

Las animadoras se ponen a bailar e invitan a la gente a hacerlo. La de Córdoba, que sonríe más y baila mejor que la de Málaga, me hace señales para que me una. Le he dicho que observaría como lo hacen ellas antes de lanzarme cuando hemos hablado antes, me da vergüenza que vean lo mal que me muevo en una pista.

¡MOOOOOOOC!

Suena la sirena de salida del puerto. Yo hago un gesto a la chica indicando que no iré a bailar por ahora. Mi hermana, mayor que yo, y mi sobrina de dos años se sitúan en medio del show, quizá pueda aprovechar el encanto de la niña para ligar. Me digo que le he gustado a la cordobesa y a la de Málaga, también, me imagino un trio. Un trio paraguayo que toca música mexicana. Ante la insistencia me pongo a bailar unos minutos, bailar es de las actividades que más me bajan la autoestima, por suerte o por desgracia justo entonces termina la música y todos los pasajeros y pasajeras, todos, subimos a las cubiertas superiores para ver la salida del puerto de Barcelona, camino al Mediterráneo, el más grande y bonito de los mares de la costa catalana. Lentamente el Grand Mediterráneo sale a mar abierto mientras una voz en off nos da la bienvenida y nos informa que habrá un simulacro obligatorio de evacuación. Todos cagando. Ah, no, por si el barco se hunde. Las animadoras han desaparecido.

Empiezo entonces una ruta de investigación, que seguramente es una búsqueda escondida de las chicas, para ver qué hay en cada cubierta:

Cubiertas 1 y 2: salas de máquinas

Cubierta 3: cabinas baratas

Cubierta 4: cabinas menos baratas y parque infantil.

Cubierta 5: cabinas algo caras, recepción y tiendas.

Cubierta 6: piscina, bar exterior, música en directo (una chica alta y un chico bajo), cabaret y piano-bar, un restaurante.

Cubierta 7: cabinas caras, discoteca, karaoke, sala de Play Station, casino y bar interior.

Cubierta 8: cabinas bastante caras, gimnasio, sauna, otro bar exterior, biblioteca, sala de internet i una piscina termal.

Cubierta 9: cabinas para políticos corruptos de derechas, nuevos ricos y ricos viejos. Otro bar interior.

Cubierta 10: piscina para peques, campo de futbol-sala y pista de baloncesto.

El paseo dura una hora aproximadamente y no veo a las animadoras. Decido bajar al camarote, en el que ya encuentro nuestras maletas y todo está elegantemente dispuesto. Sobre mi cama está el Diario de a bordo (o parecido), supongo que Daniel ha visto que el menos irresponsable soy yo, en él se describen las diferentes actividades que se pueden llevar a cabo ese día, los horarios, las películas que pasan por los diferentes canales de forma continua y si toca ir vestido de gala o solamente con pantalones largos y zapatos (ambas prendas obligatorias para la cena). No podré ir en calzoncillos y pies de pato. Intento acordarme, al ver que cada actividad está dirigida por alguien del equipo de animación, del nombre de las dos que me han dado conversación pero no lo consigo, tendré pasarme por todas hasta que las encuentre. Hoy toca: campeonato de mus (sí, en serio), taichí, waterpolo. Sin embargo, con mi hermano y mi cuñado subimos a darle puntapiés a una pelota desinflada (es la única que tienen). Cuando me quejo, me dicen que para hincharla vaya al Parque Infantil. De mientras, mi padre y mi madre hacen cola para activar las tarjetas y poder comprar agua, que hasta esto hay que pagarlo. Para sorpresa agradable, la animadora malagueña, que se llama Núria, es la encargada del Parque en ese momento. Por supuesto, al verla, intento hacerme el simpático diciendo alguna chorrada y pidiendo un caramelo como el que acaba de darle a una niña y me responde:

-Para los que no bailan, no hay.

Si me hubiera dejado de tonterías y de "yo no quiero bailar a Bisbal" quizá habría podido alargar la conversación, pero me ha dejado cortado. Los dos minutos bailando detrás de ellas aprovechando el increíble carisma de mi sobrina de dos años, no han servido para nada.

En la pista de básquet hay un adolescente jugando con unos niños. Después de un rato haciendo pases a nuestra bola, decidimos jugar a la canasta con ellos, pero acabo hasta los cojones del crío maleducado y tramposo y, antes que tirarlo por la borda, prefiero ir a ducharme. Después de la cena hay la Fiesta de Bienvenida, así que me pongo relativamente guapo, que sumado a que ya soy relativamente guapo, me convierto en relativamente guapo al cuadrado, y ser relativamente guapo es peor que ser feo, lo digo por experiencia, pues se crea tanta indecisión que ni por indecisión.

Es curioso que dentro de un barco el agua salga a tan buena temperatura y presión. Cuando tiras de la cadena del váter hace un ruido que asusta, como si además de la caca tuvieran que aspirarte a ti. Un letrero al lado de las toallas limpias anuncia: "Ayude a preservar el medio ambiente, elija usted cuándo lavar las toallas. Toalla en el suelo se recogerá para ser lavada, toalla colgada es para volver a usarse". Un letrero en la parte baja de la puerta del lavabo informa: "Cuidado con el escalón" y otro en la parte alta advierte: "Cuidado con la cabeza". Qué gracia. Durante todo el viaje, cada vez que salimos del camarote, le recuerdo a mi hermano que coja la tarjeta o no podrá volver a entrar. Durante todo el viaje mi hermano llega tarde a las cenas debido a la cantidad de tiempo que se está retocando el pelo frente al espejo.

El maître del restaurante no es latino, es un italiano típico, de los que son tan simpáticos que resultan ligeramente molestos, algo sobón, como el 99,8% de los italianos. Me guía hasta la mesa en la que tenemos que caber once personas, dos de ellas en una trona por tener un año (el hijo de mi prima, o sea, mi primo segundo) y dos (la hija de mi hermana, o sea mi sobrina, hija de mi cuñado y hermana por parte de madre de la hija mayor de mi cuñado).

La cena del primer día no mata. Vuelve a oírse comentarios agudos del tipo:

-Qué ración más rancia.

-¿Y las bebidas, qué?

-Este pastel no vale nada.

Antes de la fiesta de bienvenida hay una especie de cabaret. Lo presenta un tipo de nacionalidad indeterminada. Hay un ballet del Grand Mediterráneo, un humorista argentino que hace muchos ruidos con la boca y poca gracia, un mago que no hace magia sino que se ríe de los niños de la primera fila y sabe hacer jirafas y espadas con globos largos, y también una cantante chilena.

Cuando termina, salimos a la Cubierta 6, en la que se hacen los actos al aire libre y empiezan a sonar ritmos de última moda (sarcasmo) como el Follow the líder y el Mayonesa y genios con personalidad y talento (más sarcasmo) como David Civera, Coyote Dax o King África. Durante unos instantes medito seriamente el irme a dormir, hasta que veo un montón de gente congregada frente al DJ, por llamarlo de alguna forma, y descubro que dos de las animadoras, una de ellas la cordobesa, bailan de maravilla y animan a la gente a seguirlas. Quién lo habría dicho, solo llevo una cerveza y bailo cosas que solo he bailado si llevaba cinco cubatas, tres cervezas, un carajillo y algún chupito de tequila. Estoy fatal. La de Córdoba me sonríe. A mí o alguna de las cincuenta personas que tengo cerca. A mí, pienso, está claro. Por arte de magia, a la 1:30 en punto, las animadoras desaparecen y mi búsqueda se acaba. Sí, remarco, estoy fatal. Subimos a la discoteca, no hay nadie, la gente sigue bailando en la cubierta, pero a mí ya no me apetece. Me tomo un mojito casi sin alcohol por un precio desorbitado, quizá debería informar que soy de las cabinas baratas. Después de cuatro copas y sin ir nada bebido, la música en la cubierta se termina, cerca de las 2:00 y nos invitar a volver a la discoteca donde DJ Eduardo pinchará hasta las 4:00 o así. Ahora hay alguien, poca gente, pero no está vacía. Una mujer de mi edad (perdón, una chica de mi edad), baila de forma sensual sola en la pista. El cuñado me informa de que ella es la pareja de un tío calvo, forzudo y bigotudo, que se sienta al final de la sala y de tan quieto que se está parece uno de los cojines de las sillas. Mi hermano saluda a alguien a quien conoce de vista que tiene una hermana que él dice que es muy guapa y después conoce a un trío de chicas de su edad. Empiezo a temer que me tendré que buscar la vida y sacar mi lado oscuro social, oscuro por oculto que no por malo, o me quedaré más colgado que el ancla del crucero.

Paseo por la cubierta antes de acostarme, hay una luna llena espléndida que se refleja sobre el Mediterráneo, totalmente plano, únicamente roto por las olas que hace nuestro barco. Sopla viento relativo, esto es, aquél que notas porqué tú te mueves, no porque sople el viento. Todo está sereno y, sin darme cuenta, comienza una desconexión neuronal que me hace olvidar Barcelona, el trabajo, mi gata, mi situación económica (voy al crucero invitado por el marido de mi madre, a quien aquí estoy llamando padre para abreviar, padrastro pues, desde mis cinco años o así, no me acuerdo, era demasiado pequeño), mi soledad después de dejarlo con la última pareja que he tenido. Pienso que parece increíble que esté allí, solo en la proa (delante, si no me equivoco), mirando el espectáculo nocturno de no ver nada, pero de saber que todo es mar, mar en calma.

Mañana llegamos a Cagliari