Un crucero por el Mediterráneo. Martes: Cagliari

19.03.2019

Me despierta a las 9:00 el móvil, mi madre nos avisa que a las 9:30 se acaba nuestro turno de desayunos. Hace un sol que rompe y se prevé temperatura de hasta 35º en Cerdeña. El desayuno se hace por el método de la selva, quien llega primero o empuja más fuerte recoge más comida. Una vez sales del buffet libre, un camarero se apresta a enchufarte en mesas donde no conoces a nadie. Por suerte hoy no soy el primero y veo a mi tía y mi prima y al hijo de mi prima en una de las mesas. Justo al lado se sienta una familia que da un poco de miedo y fastidia mucho: un hombre mayor con una camiseta que tiene en el cuello la bandera española, un nieto con la camiseta llena de toros Osborne, un hijo con un polo militar y la bandera española en el brazo. Pido al camarero que ponga una cortina entre nosotros, pero no me entiende. Un sociólogo dijo que uno de los tres pilares que le hace falta suprimir al hombre por no ser un animal como los demás es, precisamente, dejar de marcar territorio, como los perros. Pero dejemos el tema porque en un crucero no se permiten perros, ni gatos, ni ratones blancos de cola rosada.

Después del desayuno bajo a la cabina a ponerme el bañador, dispuesto a hacer natación, pero la piscina es tan pequeña y está tan llena de gente que me resultará inevitable lesionar a alguien si me tiro o si alargo un brazo. Las piscinas de la cubierta 6 y 8 son de agua salada. Cada noche la vacían y por la mañana la vuelven a llenar. A lo lejos se ve Cerdeña. Una voz nos comunica que llegaremos sobre las 14:00, que el primer turno de almuerzo se adelanta a las 12:30 y el segundo a las 13:30, que quien vaya en excursión organizada debe estar en la cubierta 3 a las 14:30, que quien no, puede salir a partir de media hora antes. Hora máxima de vuelta: 19:30, el Grand Mediterráneo zarpará a las 20:00.

Hago una serie de valiosos descubrimientos: Núria (la animadora malagueña) sólo está el Parque Infantil por las tardes, la cordobesa no se llama Núria y hay gente de todas las edades, en el siguiente porcentaje, aproximadamente:

50% parejas mayores de 50 años.

20% parejas mayores de 35 años.

10% mujeres solas de entre 35 y 60 años casadas, con el crucero pagado por Tupperware.

10% adolescentes y post adolescentes, la mayoría hijos del primer grupo.

5% de menores de 14 años, es decir niños y niñas, hijos del segundo grupo.

4'5% de parejas recién casadas de entre 25 y 35 años, sin hijos.

0,5% de individuos de 30 años, solteros, que van de gorra con la familia.

La conclusión a la que llego después de esta escalofriante estadística es fantástica, tanto que no pienso reflejarla sobre papel.

A las 11:00 comienza el simulacro. Menos mal que seguimos vivos. Nos llaman por megafonía y nos dicen que vayamos hacia las cabinas a buscar los chalecos salvavidas y que luego subamos a la Cubierta 6 y busquemos a la persona que lleve un cartel donde esté escrito lo mismo que hay en nuestra chaleco. El nuestro reza 5B41 o algo así. Después de, por lo menos media hora o más, estamos todos sentados con los chalecos (mi sobrina no para de protestar, normal), ante una animadora rubia. Entonces llaman a los de las cabinas de las cubiertas 8 y 9, que tienen unos botes tapados muy bien situados. Pasan veinte minutos o más. Llaman a los de las cabinas de la cubierta 7, que tienen unos botes sin techo. Quince minutos más. Avisan a los de las cabinas de la quinta planta, botes sin techo. Otro cuarto de hora. Informan a los de la cubierta 4 que sigan a sus guías. Pongamos diez minutos para que no parezca que exagero, que no exagero. Botes sin techo. Nos avisan a nosotros, los pobres, ha pasado más o menos una hora y media, nosotros no tenemos botes sino que por unas rampas caeremos a unas hinchables y hala, primero hay que tirarse al agua. Mi hermano hace un comentario sarcástico que nos hace reír, los oficiales que dan instrucciones no se ríen. Parece ser que el Titanic no es del siglo pasado, al menos no nos encerrarán con barrotes en nuestra cubierta, que no sólo será la primera en hundirse sino que es la última en salir. En caso de tormenta, hundiéndose el barco, lleno de niños y niñas menores de 13 años, abuelos y abuelas, la pregunta es: ¿se esperará el mar a que hayamos bajado todos para inundar el barco? Y lo hemos hecho con calma, con la histeria, prefiero empujar al agua a uno de los ricos y dejar a mi sobrina y al hijo de mi prima a resguardo (like a superheroe) que pensar en quién ha pagado más o ha pagado menos. Nosotros no es que no hayamos pagado más por no querer, sino porque no podemos. Por eso debe ser que, en caso de naufragio, tendremos el privilegio de morirnos primero.

A las 14:00, puntual como la muerte, el Grand Mediterráneo atraca en el puerto de Cagliari. Un autobús nos lleva gratuitamente quinientos metros hasta comenzar la ciudad. Mi hermano y yo nos descolgamos del resto y empezamos a subir calles italianas (y cuán italianas que son las calles italianas). Tenemos cinco horas para verlo todo. Subimos a la torres de San Patricio, donde casi me muero debido a mi pánico a las alturas; entramos por equivocación en el museo paleontológico o de no sé qué, paseamos por las murallas, sudamos como auténticos chicharrones y, después de muchas iglesias propongo ir a ver el Palacio de Justicia, son mi debilidad. El Palacio de Justicia de Paris es impresionante y también el de Londres, ¿por qué no el de Cagliari? En mi opinión es uno de los edificios más bonitos que hemos visto, intentando cruzar calles sin ser atropellados por la locura que suponen las calles italianas (y que locas son las calles italianas). En un balcón una sábana reza: "No alla guerra". La capital de Cerdeña no resulta una ciudad especialmente bonita, simplemente graciosa que, como la mayoría de ciudades italianas y españolas está más llena de iglesias y monumentos religiosos que de casas. Por el rato que estamos, destacaría un par de plazas el nombre de las cuales no recuerdo y el hecho de pasear por las calles, observando la vida de los isleños. Hay un monumento realmente escalofriante con colores pintados de una especie de payaso sosteniendo una A gigante. Será culpa de Mussolini. Después de mucho patear, reventados y sedientos, nos sentamos a un bar lleno de posadolescentes italianos e italianas. Mi hermano hace unos cuantos comentarios sobre las ragazze, decido hacer de hermano mayor y le hablo sobre el hecho que hay que valorar esto y lo otro, cosas que sólo se pueden valorar en la gente que conoces, en cambio cuando quieres ligar no vas a buscar la que parece más inteligente o la que parece mejor persona, sino la que te atrae (sexualmente) más. Soy un ejemplo pésimo.

Cuando falta media hora para volver al barco (se ha acabado el patio) compro dos postales, una para el bar de mi primo, otro para una pareja que están a punto de casarse, para que estrenen los imanes de la nevera. Buscamos de vuelta un buzón por las calles de la capital de la isla italiana, rodeamos el cementerio siguiendo la ruta de un bus turístico camino del puerto, sudando como cerdos, hasta que descubrimos que aquellas cosas rojas donde pone "Puesta" pero que tienen la ranura al revés, es decir, enfocada en la calle en vez de enfocada a la acera, ya sea para que los peatones de Cerdeña van por la calle o por qué nadie envía postales, son los buzones. Son casi las 19:30 cuando entramos en el Grand Mediterráneo y el Trío Paraguayo toca música mexicana en la entrada. Ducha y cena.

Contrariamente al día anterior, la gente se muestra más positiva. La cena es mejor que la de ayer. El maître italiano viene a vernos y trata a mi padrastro como si fuera el padrino de una mafiosa familia siciliana. No se cree que el hijo de mi prima se diga Max porque sí e insiste en llamarlo Máximo (Máááásssssimo). Para nuestra mesa toca un camarero encargado de las bebidas, uno encargado de tomar nota y llevar los platos, otro encargado de sacar los platos... Nuestro camarero suele poner cara de mala leche. Hoy nos han separado en dos mesas visto que ayer no cabíamos. Yo estoy con mi hermano, mi hermana, mi cuñado y la hija de éste y mi sobrina que consume menú infantil, con el trato que entre patata frita y patata frita debe comer un trozo de carne porque si no de la carne se olvida y cuando ve que le retiran de delante las raciones individuales de mantequilla o los palitos de pan se desespera.

Al volver a la habitación, el bueno de Daniel lo ha preparado todo y sobre mi cama está el diario del capitán, o diario de a bordo o cómo se llame. Mañana toca cena de gala y antes cóctel del capitán. Hoy no toca nada. No hay animadoras en la cubierta 6 y las busca casi desesperadamente, como si buscara a Susan, entre las ofertas nocturnas, sin éxito. El espectáculo del cabaret nos ofrece un show casi exclusivo del Mago Guille que es peor que el del día anterior. Al final del espectáculo el tipo que avisa de las cosas por megáfono avisa en persona de que mañana, a las 7:00, se llega a Túnez y ruega puntualidad. Mi hermano protesta, dice que no se piensa levantar tan temprano, yo ya tengo excusa para irme a dormir pronto. Además, en uno de los canales de películas ponen Regreso al futuro. Antes, salimos a la cubierta a tomar algo, hay menos gente que ayer. La chica encantadora y el chico como un tapón siguen cantando canciones de ayer y de siempre. Mi hermano se encuentra con la gente que conoció ayer, yo no me encuentro a nadie. Debería estudiar para las pruebas del día 6, no estoy haciendo nada. Durante un rato nos intentamos emborrachar sin éxito en la discoteca donde la chica sensual de mi edad baila en la pista, hoy no está sola, y el tío corpulento y con bigote se la mira desde un rincón. Ni rastro de mis amigas las animadoras. A la 1:00 estoy en la cama, mi hermano vuelve a las 4:00. ¿Cuándo se fue la juventud?

Mañana llegamos a Túnez.