Un crucero por el Mediterráneo. Miércoles: Túnez

20.03.2019

Una de las razones por las que es necesario que nos levantemos temprano es que la capital de Túnez, que se llama Túnez, muy original el nombre no es, está a más de una hora en bus. Además, la policía tunecina debe revisar uno por uno los pasaportes de los 1.200 pasajeros del Grand Mediterráneo. Vemos unas colas bestiales mientras vamos a desayunar, pero los polis van tan rápido que ya no queda nadie cuando hemos terminado. Solamente miran la foto del pasaporte y si les gusta tu cara o, de lo contrario, haces pinta de gastar mucho dinero en el país, te dejan bajar.

A través de las ventanas del bus veo vacas achaparradas y granjas medio abandonadas. Me habían dicho que Túnez era el más occidental de los países musulmanes, pero por lo poco que puedo ver la pobreza castiga en extremo, está claro que una cosa no quita la otra, hoy me he levantado espeso y, además, tampoco puedo analizar un país por lo poco que veré en un crucero. De vez en cuando, una torre se alza entre las casas o bien en medio del campo, es donde se rezan las oraciones. Una de mis aspiraciones es ver cómo lo hacen y sentir los cantos desde la torre. Pero hoy vamos en excursión organizada y no creo que veamos nada de nada.

Efectivamente, nos dejan ante una tienda del mercadillo tunecino donde los guías deben tener comisión. Mi hermano se siente fastidiado a medias porque vamos con un ritmo lento y se propone cruzar el mercado él solo y comprarse muchas cosas. Yo voy con mi madre. No dejan entrar a las mezquitas, para mi frustración. El mercado me decepciona, ya que aunque está lleno de color y sentir cientos de personas hablando árabe (es un idioma tan diferente que algunas veces pienso que no se dicen nada, que nos toman el pelo gesticulando y soltando vocales) resulta fascinante, en realidad se me antoja un montaje para el guiri de turno. Y yo soy un guiri hoy, aunque no llevo zapatillas con calcetines. Y a parte de los vendedores no hay ni un solo árabe con nosotros, todos somos catalanes y españoles, ingleses, alemanes, americanos, franceses, griegos y lo que haga falta. La gente encuentra encantador regatear por cada objeto o hierba de cada tienda. Decido no comprar nada, en parte porque al volver al barco todo el mundo llevará sombreros tunecinos, tambores o guitarras originales del país, pulseras, collares, túnicas... Es como un alemán que llega a Barcelona y se compra un sombrero mexicano, va a ver la Sagrada Familia y dice que Barcelona es bonito. No me está gustando esta excursión, no veo las calles de Túnez, no veo la vida de la ciudad, ni monumentos o edificios auténticos, sólo el mercadillo. Y tristemente he descubierto que las animadoras se quedan en el barco y no van a las organizadas, como esperaba pero no confiaba. Deben estar del Mediterráneo hasta la coronilla.

Más tarde decidimos tomar un desvío y descubrimos un mercado paralelo donde, en vez de extranjeros, hay árabes, sorpresa agradable. Es un mercado de ropa normal y de comidas. Nos hacemos fotos frente a las puertas de colores y en la entrada de una biblioteca. La gente no regatea tanto como un ardid turístico. Al final me iré más contento.

La segunda parte de la excursión son los escombros de Cartago. Pega un calor de cojones. Después de hacer cola, la guía nos explica el imperio cartaginés y dice:

-Dentro de quince minutos, en la salida.

¡Quince minutos! ¿Qué puñeta quiere que veamos en quince minutos? Encuentro curioso que yendo a visitar un país tan diferente como Túnez acabemos visitando escombros, pero la zona es bonita y decidí, el primer día después de la cena, no protestar (mucho). Hoy no lo estoy logrando demasiado. En fin, que vemos los escombros en quince minutos y el autocar se tiene que esperar por nuestra falta de puntualidad, al ir con dos criaturas. La tercera parada (sí, ya llevamos tres, así van los cruceros, todo es visto y no visto) es un poblado muy típico, según la guía. Todo lo que es "muy típico", en todas partes, en realidad es falso, aunque quizá no lo era antes. El poblado es tan típico que es un mercado para extranjeros. Es bonito, sí, ciertamente, puertas azules y edificios rojos o blancos, unas preciosas vistas al mar, pero tiene un terrible aire a artificial. Vive gente, algunos extranjeros. Al llegar nos han dejado ante una "casa típica" donde nos servirán el "té típico" del país. Preferimos no entrar, a pesar de las protestas del padrastro, él quiere té. Sudamos pateando por el pueblo. Nos queda una hora. Un hecho curioso: en el mercado de Túnez he comprado 10 postales por 1 euro y 4 sellos por 2 euros; cuando él me quería cobrar tres. En el poblado hay doce postales por 1 euro y más adelante encontramos veinte por 1'50 euros. Ahora me doy cuenta de que es una curiosidad bastante estúpida.

Volvemos a media tarde. Mi hermano y yo vamos sentados detrás un grupo de mujeres del Tupperware. Extrañamente, sin embargo, ya pesar de las animadoras, debo especificar que mi libido durante el crucero se muestra sospechosamente baja (sí, ya sé que parece todo lo contrario, pero estoy en un estado de ánimo algo precario). Cuando llegamos, uno del barco habla por el megáfono diciendo que todo el mundo ha comprado muchas cosas y me río, me alegro de no haber comprado nada más que las postales. Hay cola para entrar en el crucero, a lo largo de la pasarela, cientos de personas con las mismas compras... beeee, beeee. ¿Dónde está el perro pastor?

No he visto ningún canto desde las torres, ni siquiera lo he oído. No he podido entrar en las mezquitas ni pasear por las calles tunecinas. ¿He visto Túnez? No. Vi Cagliari, pero no he visto Túnez. Al entrar en la cabina Daniel nos pregunta qué tal todo, decimos que bien pero que el rollo ha sido ir con viaje organizado y aquí es donde él nos dice que lo mejor es ir por libre. Nos recuerda que hoy es la cena de gala y el coctel con el capitán a las 19:00. Ahora son las 17:30 aproximadamente. Hablando con el cuñado decidimos no ir al coctel por payasada y, ciertamente, ver después cúmulos de tíos con traje y corbata y mujeres con vestidos de noche que ni que fueran a la ópera es un poco ridículo. En mi familia las mujeres se ponen elegantes, pero evitan lo horterísimo de las cubiertas superiores. Nosotros vamos a hacer un partido de fútbol. Por suerte no encontramos a los chiquillos maleducados de ayer. Jugamos nosotros y luego hacemos un partido con otro grupo. Poco antes de las ocho bajo a ducharme. Después, durante un rato, me debato internamente entre sí llevar americana o no, si llevar corbata o no, si ponerme simplemente unos pantalones largos con zapatos y camisa o los pantalones elegantes que uso para las bodas (las bodas de los demás, claro).

Pienso, positivamente, que lo importante de un crucero no es realmente ver los sitios donde vas, que también, pero menos que el crucero en sí. Supone todo un mundo. Nos han informado de que hay casi cuatrocientas personas de personal en el barco, un trabajador por cada tres que están de vacaciones. Decido evitar la corbata y el pantalón de las bodas y me pongo sólo la americana (me refiero a ropa elegante, no voy desnudo de cintura para abajo). Cuando voy a buscar a mi hermana y veo que su compañero no lleva americana, me siento más oveja que él para seguir la multitud y me la quito. Quitármela por eso hace que todavía me sienta con menos personalidad. Ya he avisado que mi estado de ánimo no era una juerga.

En la cena con el capitán no veo al capitán, de hecho estoy seguro de que no lo ha visto nadie porque no está. Al coctel ha ido parte de la familia y mi madre opina que el capitán da miedo. El maître italiano vuelve a bromear con nosotros (Mááááássssimo). En la mesa, mi sobrina está cansada y se hace un poco la tonta, se produce alguna escena de relativa tensión. Hoy vamos a ver al humorista argentino que no hace humor y luego yo me escaparé. Al terminar la cena de gala bajamos a las habitaciones donde nuestro ya amigo de confianza ha dejado, como siempre sobre mi cama, el diario del capitán de mañana. Empiezo a dudar de que el hombre descanse. En uno de los canales ponen Pinocho. Necesito un replanteamiento serio de mi estilo de vida antes de atreverme a subir a ver al humorista argentino haciendo de helicóptero, de murciélago y de barco. Y así es, menos de murciélago el individuo nos obsequia con un sin fin de ruiditos y luego un recital de chistes costumbristas de la más alta estepa del tipo: "Van un chino, un coreano y un español en un barco que se hunde y el coreano dice: quien tenga el nombre más corto se queda con el único salvavidas. Y el chino dice, entonces gano yo que me llamo Oh. Y el coreano replica: no, gano yo que me llamo Casio y finalmente el español demanda que gana él pues se llama Nicasio. Cuatro mujeres se ríen y un señor se atraganta, ojalá sea el del bigote. Y entre tanto dolor de estómago de risa aparece, como una exhalación, como un suspiro (ahora me estoy pasando), vestida con un conjunto de noche, la cordobesa y se pone a hablar con uno de los camareros. Pienso que yo quiero ser el camarero, o mejor, quiero ser el vestido de noche. El argentino vuelve a hacer ruidos, así al menos los niños de las primeras filas le hacen caso. Casio. Nicasio.

Salgo antes de que termine el espectáculo y compruebo que no hay absolutamente nadie en la cubierta 6 (a excepción de la que canta y el tapón que lo acompaña). Subo hasta la última cubierta, no sin antes cruzar mi mirada con la malagueña, que vestida de uniforme toma algo en el bar exterior con otro uniformado. Tengo la sensación de que la mirada es larga, puede que no. En la proa (o en la popa, es decir, delante) tampoco hay un alma. El viento relativo es más suave que el primer día. Sé que detrás hemos dejado el continente africano y que delante tenemos... El mar está en todas partes y la luna en el cielo, eso seguro. Decreciente. No sé si tanta tranquilidad me acojona o me fascina, y lo estoy sopesando hasta que siento un "hola" que se mezcla con el aire húmedo. Ahora sí que estoy acojonado. La malagueña, Núria, me saluda con una sonrisa suave, ahora aparecerá el tipo uniformado, pienso. Pero no aparece. Durante unos segundos tengo demasiado miedo para decirle nada, como aquello de "¿Tu novio no habla?", "¿Pa qué, pa cagarla?". Pues igual. Sin embargo nos ponemos a hablar. Me cuenta que ellas funcionan con contratos de seis meses que terminan en diciembre. Núria está estudiando pedagogía. Al cabo de unos veinte minutos vuelvo a estar solo en la parte delantera del barco (sigo sin estar seguro de que sea la proa). No me doy de golpes contra la barandilla porque tengo vértigo, pero debería hacerlo por no haber bailado a Bisbal el primer día y por haber sido incapaz de retener la conversación (de retenerla a ella, simplemente) más de veinte minutos, cuando ha sido ella quien ha subido hasta aquí.

Bajo la luna siempre me sale una vena romántica y la luna + el mar = una vena romántica x 2. Lástima que sea un romanticismo solitario, pienso, pero no lo lamento (recordando que fui yo quien decidió dejar a mi última pareja), sólo lo pienso. Me doy cuenta que el estrés ha dejado paso a una especie de tranquilidad o imitación de la misma, al mezclarse un ritmo frenético con el bienestar de la calma nocturna. Quizá no es tranquilidad y sí melancolía. Yo que sé. Que bonita es la luna reflejada sobre el Mediterráneo.

Mañana llegamos a Malta.