Un crucero por el Mediterráneo. Sábado: Roma.

25.03.2019

Hoy es el día D, el día clave, la hora H. En primer lugar, o en segundo dependiendo hacia dónde sople el viento, porque estamos en Roma, ciudad en la que hubiera querido nacer si no hubiera nacido en Barcelona y, en segundo lugar, o en primer según se viene de oriente o de occidente, porque la noche se prevé movida. A las 6:30, puntual, la voz de nacionalidad desconocida nos despierta cordialmente: "Buenos días, señores y señoras pasajeros; el Grand Mediterráneo se encuentra anclado en el puerto de Civitavecchia. Todos Aquellos que participan de las excursiones programadas, deberían estar en el bar Cabaret a las...". Aproximadamente dos minutos más tarde (grado de error de +/- 30 minutos) suena mi móvil, mamá nos despierta. Hoy es "¡¡la maaaammmma!!" pues estamos en la capital italiana. Y para celebrarlo, nada más que un buen show tempranero a cargo de la familia al completo. Todo comienza justo después del desayuno...

Mientras esperamos a que nos toque nuestro autocar, con lo que tenemos que salir de Civitavecchia para ir a Roma, tomo de la mano a mi encantadora sobrina, la cargo en brazos y me acerco a Núria, la malagueña, que está al micrófono encargada de nombrar los grupos de las salidas. La niña, pequeña y viva, la reconoce y dice su nombre, ella se gira y la saluda. Sí, sí, la saluda. A mí ni me mira. Intento entonces un acercamiento desesperado en el que estoy a punto de tropezar con los cables del micrófono pero recuerdo que la noche espera...

A continuación, cuando se anuncia nuestra salida, mi hermano se da cuenta que no lleva la cámara digital y sale corriendo a buscarla. Nos informan que vamos bajando y que tendremos que ir en autobuses separados, porque no hay ocho (los abuelos y la nieta se quedan en el barco) plazas en un mismo autocar. Después de unos cuantos minutos, en que el niño (mi hermano) no aparece, voy a buscarlo a la habitación, allí me dice que no encuentra la cámara, que se la han robado. Le digo que ya lo investigaremos al volver, pero él dice que no, que no se marcha sin la cámara. La busca en todas las habitaciones y maletas, la prima y la tía y el hijo de la prima se van por cuenta propia. Cuando han pasado casi veinte minutos, bajamos de nuevo, él soltando maldiciones contra la humanidad y nos encontramos que han marchado casi todos los autocares, menos dos, y que éstos no tienen plazas. Quedan dos más que no van a la ciudad romana sino que llevan en las ruinas de no sé dónde. Las chicas nos dicen que nos tendremos que quedar en el barco. Indignados, decimos que hemos pagado por la salida y que no nos vamos a mover de allí (el cuñado se ha ligado al parachoques de un autocar con las correas de la sillita de su hija y canta el "no nos moverán" en italiano), pero ellas dicen que la salida, como dice el billete, era a las 8:00. Después de muchas protestas, llamadas a otros conductores ya en el camino romano, nos enchufan en los dos autocares que deberán hacer vuelta para dejarnos ante el Coliseo. Después, me dice una de las guías, tendremos que hablar con las guías responsables para ver dónde demonios sitúan para el regreso.

Vamos justo detrás de las mujeres del Tupperware durante el viaje, y todo el mundo sabe que llegarán tarde por culpa de o gracias a nosotros, que les hacemos dar un rodeo. A medio camino paramos en un área de servicio en la que tienen comisión. A medida que salimos de la ciudad portuaria y durante las dos horas de camino, la guía no para de comentar cosas sobre el paisaje y explicarnos que si en Roma veremos tal o veremos cuál. Al regreso repetirá exactamente lo mismo. Yo estuve en la capital italiana hace ya unos años, con un grupo de amigos, y me enamoré de la ciudad, auténtico museo toda ella y sobre todo, llena de romanos. A medida que entramos y que se van descubriendo las diferentes construcciones de los dos imperios de Roma, el romano propiamente dicho, y el del Mussolini, los pasajeros no paran de repetir: "Joder con los romanos" mientras filman y toman fotos desde dentro el autobús. Nos dejan ante el Coliseo y allí nos encontramos con el resto de la familia. Yo haré de guía ya que soy el único que he estado. Empezamos por el exterior del circo, el interior, en mi opinión, no vale tanto la pena y se pierde mucho tiempo haciendo cola. Caminamos por entre los arcos de triunfo hasta una vía principal que lleva a la "macchina de escribio", construcción monumental y un poco hortera, pero verdaderamente espectacular.

Aparte de la carencia de semáforos en los cruces más complicados, Roma destaca por la cantidad de andamios que llenan las calles, pues cada vez que derriban algo para hacer un edificio nuevo encuentran restos romanos y están obligados a conservarlos. Hay columnas dóricas y jónicas en cada esquina, mercados, restos de cementerios, antiguos templos, construcciones políticas y otro cada quinientos metros, es realmente fantástico. También es fantástica nuestra odisea para encontrar la Piazza di Espagna, ya que los romanos tienen la bonita y simpática costumbre de enredar a los turistas; damos más vueltas que un gladiador huyendo de los leones, hasta que al llegar, a pleno medio día con un calor dantesca, descubrimos que está en obras y no se ve casi nada. Decidimos, estoicamente, parar un tiempo para el desayuno. Paseo con mi hermano por las tiendas de moda y tomamos un cappuccino. A las dos, nos encontramos con todos en la Piazza di Espagna y vamos a buscar un restaurante, pero cuando mi hermana dice que han encontrado una tienda muy buena, yo, que desfallezco y me encuentro mareado, hago vía con mi hermano. Me compro otro polo de manga larga (ya compré uno color naranja en Malta, este es verde) y él unos pantalones. El cuñado adquiere una camisa brutal que yo no he comprado por razones puramente económicas. Después de comer en un mal restaurante italiano (mira que es difícil), hacemos vía la Fontana de Trevi, donde, evidentemente, tiramos las monedas de rigor mirando atrás y donde, evidentemente, chocamos continuamente con la marabunta de turistas (muchos de ellos siguiendo a una guía con un cartel y un número y el logotipo de un barco como el nuestro) y donde, evidentemente, decenas de vendedores ambulantes intentan convencernos de que la mejor decisión de nuestra vida es comprar una pistola de burbujas. Vemos después la Piazza di Colon. Más tarde llegamos hasta la Piazza Navona, decorada con la roca de Dioses y héroes y el agujero en medio y con un enorme andamio tapando casi toda la basílica.

A las 16:00, haciendo cálculos logarítmicos del tiempo que nos queda (logaritmos neperianos, no creáis, que tenemos nivel en nuestra familia), una parte de (hermana, hermano y cuñado e hija del cuñado) deciden ir al Vaticano. La prima, la tía, el hijo de la prima y un servidor de mí mismo vamos al Panteón de Agripa (un general romano tan avaricioso que comandó las tropas a cambio de un panteón gigante en medio de Roma). Antes, tenemos la misión de encontrar la tienda del Pinocho. A cada vuelta que damos por el centro de la Città nos encontramos una columna o una construcción aparecida tras la fachada de un edificio. Es una ciudad, a mi gusto, de baba, y el encanto de los italianos (algo pegajosos, sí, pero también encantadores a ratos) lo remata. Preguntamos a los carabinieri y nos dicen que Pinocho es una figura tan típica de tiendas artesanas italianas que hay en todas partes. Mi prima, que ha estudiado hostelería y sabe italiano, inglés, francés y varios idiomas más, hace de intérprete, yo llevo el cochecito del niño. Finalmente sin embargo, después de mucho caminar, de mucho marearme (esa sensación extraña que tengo al pisar tierra firme desde Malta), encontramos el establecimiento. Justo al lado está el Panteón. Por fuera es precioso, pero por dentro es acojonante. La enorme vuelta con los nichos de la familia Agripa, el agujero circular de la parte más alta dejando caer el sol como única fuente de luz de toda la construcción, los frescos y los relieves de las paredes, el mármol del suelo... ¡Uf!. Cuando viajé a Roma por primera vez, los cuatro que éramos terminamos yendo cada día una vez al menos a ver el Panteón

Bueno, pues a marchas forzadas empezamos a caminar de regreso al Grand Mediterráneo, parando en cada templo unos instantes hasta coger un taxi menos peligroso que el napolitano. Se acerca la hora de la cita, la città queda atrás. Al llegar son exactamente las ocho, tenemos el tiempo justo para ducharnos e ir a cenar. Sigo como colocado, a cada paso que doy me parece que el barco se mueve. Me explicarán más adelante que a alguna gente le pasa después de muchos días de viajar por mar, que se marea al volver a tierra. Antes de cenar, nos damos cuenta de que no hemos encontrado nada interesante para regalar a quien nos ha llevado de crucero, pues el tiempo que hemos estado todos juntos hemos discutido (amistosa o familiarmente hablando) sobre diferentes opciones sin encontrar ninguna. Le regalamos una camiseta del crucero y pedimos al Trío Paraguayo que le cante a medio cenar una canción mexicana. Todo el restaurante se gira a mirarnos, es una situación divertida, él se emociona.

Después de cenar, histérico como estoy e histriónico como soy, bajo al camerino a ver un trozo de "X-Men 2" intercalado con fragmentos, como no, de Pinocho. Hasta la una no acaba la fiesta de las sombras y será entonces cuando debo encontrarme con Núria. Los tres hombres inmaduros del viaje (cuñado, hermano y yo) vamos a tomar algo al bar después de aguantar unos cinco o seis minutos del cabaret "Paris La Nuit". Hace justo un rato que el Grand Mediterráneo ha zarpado de Civitavecchia en dirección a Montecarlo. El Mediterráneo parece desplazarse suavemente bajo nuestro, mimando el barco turístico que lo rompe en dos partes simétricas, como una cortina abriéndose, bajo una luna decreciente.

Exactamente a las 12:45, hago ver que estoy cansado y voy a dar una vuelta por las diferentes cubiertas, disimuladamente, como quien busca algo o simplemente pasea. Yo paseo buscando o quizás, no lo sé, busco paseando. Entonces la veo, inconmensurable, saliendo del Cabaret con un traje tan elegante que me hace sentir ridículo con mis pantalones sencillos y mi camiseta. No porque yo apruebe la etiqueta, sino porque parece que vayamos a dos lugares diferentes. Núria y yo charlamos un rato en la cubierta del medio, tomando una copa. Todo es perfecto, parece de postal, es demasiado artificial, pienso. Ella es demasiado bonita, el crucero es un "locus amoenus" moderno, la noche estrellada, el mar en calma, la bebida tropical...

Seguro que me desmayo o que resbalo y me rompo una pierna. Pero no pasa nada de eso. En un momento determinado, viendo que yo no tomo la iniciativa pues estoy demasiado nervioso, Núria me sugiere cambiar de sitio. Caminamos hasta la popa. Allí, la espuma que producen las hélices del barco parece perderse hasta el horizonte. El vestido deja ver una espalda que se antoja suave y fresca. Es más joven que yo pero me da mil vueltas en todo. Me siento demasiado alto y desgarbado, demasiado torpe, demasiado tonto, demasiado... Pero se me pasa cuando nos besamos. He dudado tanto que casi me ha asaltado. Nos estamos allí un rato más, la Luna sonríe y diría que en algún momento me guiña un ojo; luego, volvemos a cambiar de lugar y sí, su espalda es tan sedosa como había imaginado. Joder, me encanta Roma.

Mañana llegamos a Montecarlo.