Un crucero por el Mediterráneo. Viernes: Nápoles y Capri

22.03.2019

El saludo cordial matinal de mi madre me despierta mientras, por el ojo de buey, se muestra un mar en calma y, de fondo, la silueta de la bota italiana. Mi hermano duerme en una posición de dudosa recomendación mostrándome, sólo abrir los ojos, el color de sus calzoncillos. Los apuntes para estudiar están extendidos sobre la maleta que descansa en el suelo; si el bueno de Daniel viera como dejamos la habitación poco después de su trabajo, quizás le vendría a la cabeza de nuevo el desastre del Mitch, aunque dudo que algo así, y más cuando lo has perdido todo, se vaya nunca de la cabeza. Después de lavarme la cara hojeo el "Diario de a bordo" para distribuir la mañana. Hoy el Parque Infantil abre a las 10:00, si desayuno mucho quizá tendré fuerzas para llevar a mi sobrina, saludar a Núria y comentar algo gracioso y chispeante como: "Ey, la otra noche estaba espeso" o tonterías de las que me salen cuando quiero mostrarme interesante y sólo consigo parecer idiota. A ver, en resumen, el planning es:

10:00 a 13:00 - Parque Infantil. Podría vestirme de niño pequeño, pero con 184cm no colaría.

10:15 - relajación en la discoteca. Mal lugar para relajarse, y además lo hace una tal Rosana y no sé quién es.

10:30 - actividades deportivas en la cubierta 10. No, de buena mañana no toca, estará lleno de niños y adolescentes con acné. A cargo de Almudena, creo que ésta es la de Córdoba... Pero si me pongo a jugar a fútbol descubrirá que soy exquisitamente malo. Mejor lo dejo.

10:30 - Trivial en la piscina. ¿Trivial en la piscina? "¿Quién descubrió América?" Respuesta: "glu, glu, glu...". Vale, chiste viscoso. Lo hace Esther. Me parece que la cordobesa es Esther y no Almudena. ¿O no? Ahora dudo, pero del Trivial me sé la mitad de las preguntas y cantaría mucho. También paso. Quizás simplemente me dejo caer por allí para ver si la cordobesa es Esther o Almudena.

11:00 a 14:00 - Sala de Play Station. Eso sí que me motiva, pero no estoy aquí para quedarme frente a una televisión, no señor. Además, pone que sólo es para menores de 15 años. Yo hace 15 años que tengo 15 años.

11:00 - Gimnasia de estiramientos. ¿Quién será Victoria? No sabía que ninguna de las animadoras se llama Victoria. ¿Y qué deben estirar? Mejor me callo, pasamos a la siguiente opción...

11:00 - La hora del Bingo. Superplán. Sólo se aceptan pagos en efectivo.

11:45 - Tai-Chi. Mira, ¿ves? Eso sí que me haría gracia

Decidido, salgo de la cabina y desayuno. En el restaurante me encuentro a la familia casi al completo. Dos huevos fritos, dos tortitas, combinación de frutas, un croissant de chocolate, leche con cereales, zumo de naranja y café. Quizás lo vomito todo ya que ante nosotros vuelve a sentarse la familia del toro Osborne. Después me bajo, me pongo el bañador (de un naranja brillante, me gusta el color naranja), despierto a mi hermano y salgo a la piscina. Trescientos mil niños en diez metros cuadrados. Si llamo "¡Bomba!" casi seguro que se apartan. El Sol es de justicia (la justicia que mejor ni italiana ni española, estamos en aguas internacionales) y me digo a mí mismo que no puedo marcharme del crucero sin haberme bañado al menos una vez. Me abro paso a codazos, me remojo y salgo. He intentado nadar, pero al estirar el brazo han pasado dos cosas: he hundido a un señor calvo y he metido el dedo en la nariz de un preadolescente. Salgo del agua mostrando mi cuerpo de gimnasio (ejem, ejem) y me pongo a tomar el sol con un libro de la facultad para parecer más interesante y más joven de lo que soy. Hay una italiana con pechos operados (casi le llegan a la barbilla) dos hamacas más allá. Sé que es italiana porque dice "Cosa fare, stronzo di mierda?" en vez de "¿Qué haces mirándome las tetas, imbécil?". Me sumerjo en una lectura apasionante hasta que al cabo de diez minutos decido que un crucero no es un buen lugar para estudiar. Bajo a la cabina, despierto a mi hermano (sí, otra vez), me visto y voy en busca de Almudena y de Núria. O de Esther y Núria. Poco a poco me convenzo de que Almudena se llama Esther y pienso: "llegaré a la sala donde se hace Tai-Chi algo más temprano y así hablaré con ella". Antes paso por el Parque Infantil y descubro que no está mi sobrina, deben haber ido a la piscina de la cubierta superior. Por suerte Núria no ve mi ridículo y huyo. Cuando entro en la sala de Tai-Chi está la cordobesa, me acerco y le digo: "Hola, Esther, vengo a hacer Tai-Chi". Ella responde: "Yo soy Almudena". Si estuviera en el Bingo habría cantado línea. Al cabo de un rato, me estoy ejercitando haciendo ver que manipulo bolas de energía (imagino que soy Goku) y mientras tanto pienso en Núria, que de hecho (me digo a mí mismo) es más bonita y más simpática.

A las 14:00 atracamos en el puerto de Nápoles. Previamente, los tres hermanos hemos decidido ir a Capri con uno de los barcos taxis y luego visitar Nápoles de golpe. Subimos, con el carro de la sobrina y la sobrina ligada a él, a un ferri que tiene cafetería dentro y poco a poco nos alejamos de la ciudad que me hace pensar en Maradona esnifando coca y en la mafia, y nos acercamos a una isla realmente espectacular por sus acantilados y costas. Capri parece una isla llena de ricos. Mi hermana dice que ella se quedará en una de las playas con la niña. Nosotros nos bañamos (mi hermano con los pantalones pirata blancos, yo después de un ejercicio de cambio con toalla digno de Rowan Atkinson) y más tarde nos dedicamos a pasear por la isla, que está vista en dos zancadas. Las Vespa van a toda leche y los callejones que suben y bajan nos hacen sudar. Básicamente, Capri tiene dos calles, uno tocando el mar, la otra encima del pueblo. En medio hay caminos y callejones por los que no caben dos personas. Las aceras no existen, debes pasear mirando de no atropellar algún autobús y sorteando las Vespa. Yo tuve una Vespa.

Al cabo de dos horas, deben ser ya las 17:00, volvemos a coger todos el ferri y vamos hacia Nápoles. Una vez desembarcados, pasamos una odisea para encontrar un bus turístico que nos deje no recuerdo dónde, pero no podemos cogerlo porque regresa cuando el Grand Mediterráneo ya habrá zarpado. Caminamos, pues, por la ciudad más caótica que he visto nunca, entrando en diferentes lugares culturales. Realmente, tiene tanto de bonita como de desordenada. Las motos suben a la acera sin pensarlo si encuentran que hay demasiado tráfico (y siempre hay demasiado), los carabinieri miran el cielo, los coches pitan como si fuera un debate de "Salsa Rosa", la gente grita por las calles, los taxistas se saltan los semáforos y giran a la izquierda en dirección contraria, en cada esquina hay un museo, una plaza romana o una escultura. Al cabo de dos horas andando me duele la cabeza y tanto los demás como yo (he cambiado a la hermana por la prima no sé dónde, de hecho son hermanastra y primastra, no sé si lo había dicho, pero es para ahorrar explicaciones) nos quejamos del follón absoluto que reina. A pesar de ello, nosotros lo miramos fascinados, es como un gran espectáculo (mejor mirarlo bien arrimado a la pared, sobre la acera, por si acaso). Casi ningún motorista lleva casco, la conducción temeraria está a la orden del día y acabo convencido de que la mayoría de especialistas de películas de acción americanas deben ser napolitanos, como la pizza o la salsa. Finalmente, en la Piazza Garibaldi tomamos un taxi. No sé qué he visto y qué no de la ciudad, no he entendido el mapa que llevo encima y estoy un poco aturdido. Recomiendo Nápoles a la gente que no tenga que desconectar de nada. No obstante, estoy encantado, vivir y ver una ciudad como ésta a mí me entusiasma, es realmente una jungla de asfalto. El taxista no mira la carretera sino que se va girando para hablar con nosotros y yo aseguraría que baja toda la Vía Duomo en contra dirección para evitar el atasco. Me comenta que Nápoles tiene un millón y medio de habitantes y es, después de Roma, la ciudad más importante de Italia

Estoy tanto agotado que me siento mareado al bajar del taxi. Después de 16 minutos (de reloj) intentando cruzar una calle (Via Nuova Marina, para precisar) entramos en el puerto y subimos al Grand Mediterráneo, donde me tumbo un rato hasta poco antes de cenar.

Hoy toca la noche mágica, sobredosis de Mago Guille, no lo soportaré. Y luego, no me podré perder (sarcasmo) los juegos y actividades con el título: La pareja ideal. Durante la cena planificamos el día siguiente en Roma, en la que yo ya estado y hago un poco de guía turístico. Aprovechando que la sobrina se quedará con sus abuelos, nosotros compraremos el regalo por quien nos ha invitado. Poco después de una cena animada (lucha entre la niña y las patatas fritas de nuevo), bajamos a la cabina donde miro un rato de "Mi vida sin mí" hasta que decidimos no ir a ver al Mago y directamente pasar a la cubierta para beber alcohol y ver Italia. Una nueva y espectacular noche se abre tras nuestro. No hemos tenido ni un solo día de viento o nubes, todo parece perfecto. Cuando ya es noche cerrada paseo un rato por las cubiertas con mi hermano hasta que éste decide quedarse en la discoteca con la gente que ha conocido. Yo ya no tengo el sentimiento pesimista de ayer en el que recordé mi última relación de pareja y el hecho de que no llegara más lejos. Nápoles me ha animado y saber que mañana estaremos en Roma me aviva, pues adoro esa ciudad. Y mientras pienso y desvarío en mi interior, en uno de los laterales del barco (ahora sí que no sé si se babor o), veo que Núria se encuentra sentada en el bar de proa hablando con alguien. Decidido, entro dentro del bar y pido un whisky que, muy gentilmente, el camarero llena más de lo que toca. Por cierto, sí, suena a película de detectives o de Clint Eastwood esto de "entro y pido un whisky", pero es cierto como la vida misma, raramente pido nada que no sea whisky cuando tomo alcohol fuerte. Al cabo de un rato de incontrolada vergüenza en la soledad de la barra del bar, Núria me hace una señal para que vaya y me pongo a conversar con ella y con la sombra de un oficial mexicano. Parezco extrovertido y todo, riendo y explicando cosas, pero no lo soy. Por dentro el estómago se queja sin parar, de nervios. Tras quizás una hora o tres cuartos o dos minutos, ahora no lo sé con exactitud (tiendo más a los tres cuartos), Núria dice que se tiene que ir a dormir, que mañana se levanta muy temprano.

La acompaño a lo largo de las cubiertas laterales en silencio. "¡Di algo, stronzo!". Antes de separarnos en la entrada de las escaleras que bajan a las cabinas, me dice que mañana ella tiene que hacer "la noche de las sombras", que califica de ridícula, pero después, a las 00:30 ya habrá terminado, que seguramente irá al bar de la cubierta del medio, que nos podríamos encontrar allí. Me sonrojo como una pared sin revestir y digo que sí, que sí, que allí estaré y nos despedimos con un intercambio de sonrisas, tímida y nerviosa la mía, la de ella encantadora y segura. Los restos del segundo whisky me tiemblan en las manos. Con la sonrisa pegada bajo hasta la cabina, me trago un trozo de "La Bella y la Bestia 2" y me quedo dormido.

Mañana llegamos a Civitavecchia.