Un recoveco bañado por la penumbra

03.02.2020

Es triste cuando lo poco que nos separa puede con todo lo que nos une, más triste incluso que el hecho de que no nos uniera nada, de que fuéramos un par de conocidos desconocidos que se miran ahora en la distancia, a lo lejos, en el rincón de sombras dónde va a parar todo lo que se pierde sabiendo que pudo haber sido otra cosa.

A veces, cuando camino por la calle, al pasar cerca de un recoveco bañado por la penumbra, me detengo y lo observo, sin acercarme demasiado por miedo a que la umbría sea contagiosa o esté desesperada y quiera sumirme en una abrazo del que no podría escapar o sea astuta y se cuele en mis bolsillos y me la lleve a casa sin saberlo y luego se escabulla por las habitaciones y se quede en los armarios, al acecho, esperando a que nos durmamos. Me quedo observando por si distingo las formas que la conforman, una oscuridad no del todo oscura, percibiendo o imaginando lo que se mueve, lo que se gesta, lo que se cría o lo que simplemente permanece en estado latente. Es ese morbo inherente al ser humano, esa atracción de la abominación que nos hace fijarnos casi obsesivamente con la parte más desagradable de un físico bello, con lo más repugnante de una escena, con el punto feo de un paisaje hermoso. Miro aquel conglomerado de sombras establecido en su recodo y veo una cara integrada por muchas que implora piedad y clemencia con una tristeza agónica emitiendo un ligero bisbiseo que dice a la vez que no lo mires y que no dejes de mirarlo. La falta de dignidad que allí se acumula es tan grande que amenaza con estallar y arrasarlo todo. Y nada mira con mayor desprecio a lo indigno que lo que se cree digno, como el ex fumador que mira con desprecio a los fumadores sin darse cuenta que se desprecia a sí mismo. Allí estáis, pienso, todas las cosas que podríais haber sido pero os abandonaron u os abandonasteis, eso es lo peor, que os habéis abandonado, les diría pero me lo callo. Si no fuera por vuestra inmovilidad, me recordaríais a esa sustancia negra con máscara que persigue a la protagonista de la deliciosa El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). No sois las oportunidades perdidas, no llegasteis a oportunidad, sois la aspiración aspirada, el anhelo muerto, y me doy cuenta, cuando ya llevo rato con los ojos clavados y sin parpadear, que también se me despierta cierto desprecio, así que aparto la mirada, respiro hondo y sigo andando, porque es lo que hay que hacer, seguir andado o, como Dory en la maravillosa Finding Nemo (Andrew Stanton & Lee Unkrich, 2003) "sigue nadando, sigue nadando".

Quizá un día, como iba nadando, perdón, como iba diciendo, estemos allí dentro, en ese conglomerado de nadas, o al menos una parte de nosotros, quizá ínfima, quizá íntima, quizá ambas cosas puesto que no son en absoluto incompatibles. Me pregunto si una vez allí dentro seremos conscientes del por qué, del cómo, del cuándo, del dónde e incluso del quién y del qué, o simplemente habremos sido arrastrados por la inercia que parecer mantener aquello junto y nos conformaremos. Como tantas otras veces nos hemos conformado, como tantos rebeldes asesinados antes siquiera de saber que eran rebeldes o de rebelarse contra nada. O puede que sólo tú o puede que sólo yo o puede que nadie. Y caminaremos por una calle y al encontrar un rincón oscuro cuya oscuridad está constituida por nuestra cobardía lo miraremos atraídos por su repulsión y nos quedaremos por unos segundos, minutos o eternidades atrapados allí, sin saber que lo que nos atrapa es precisamente que una parte nuestra, tuya, mía, íntima, ínfima, está allí dentro, porque la habremos olvidado, porque allí todo se mezcla y se disuelve en su propia solución para fundirse en nada. Hasta que la propia repulsión nos cause repulsión por sentir repulsión y nos alejemos, ofendidos o ignorantes, o hasta que alguien tropiece con nosotros, allí parados, y nos haga desconectar de esa masa corrompida y seductora y al encontrarnos con sus ojos, de quien ha chocado con nosotros, el contraste sea tan brutal que entonces sí, nos olvidaremos del todo y una pequeña parte de lo ahora mirábamos lanzará un último grito agónico y morirá y será entonces devorado por lo que resiste, que se volverá más fuerte a cada bocado, a cada llanto por estar comiéndose a su igual, pero le será igual, porque ya no será nada.