Viaje de lo absurdo a lo imposible

09.03.2020

La miré a los ojos y caí en un abismo del que todavía no he salido. Estoy en el espiral de su iris en un viaje infinito hasta el agujero de su pupila. Cuando llora, de pena o de alegría, son sus lágrimas las botellas por las que naufraga mi voz pues dentro de sus lágrimas está escrito mi mensaje de socorro. Espero que cuando una de ellas se rompa contra el dorso de su mano, la tinta quede grabada en su piel y me lea y aspiro a que al mirarse en el espejo llegue a darse cuenta de que esa mota que cree polvo, es mi yo infinitesimal agitando con torpeza los brazos para no ahogarse.

Salí una mañana del absurdo para alcanzar el imposible y me extravié por el camino. Todo lo que he ido encontrando es motivo suficiente de distracción: tantas mariposas de estómago yendo de una flor deshojada a otra, tantas liebres durmiendo a los pies de olmos que dan peras; el zumbido de moscas inventadas sobre mierdas pisadas, piedras que buscan pies en los que tropezar, astillas que desde que estuvieron clavadas en un corazón cualquier dedo les viene pequeño; el bosque de olas y el mar de árboles, el baile de la calma y la tempestad, las piernas que cuelgan de los que se quedaron en las nubes y las cabañas en las que viven los que una vez se fueron por las ramas y decidieron no volver; la procesión de los vivos murientes, bancos en los que se sientan borrachos y niños que solo dicen mentiras, caminos que han hecho a caminantes, besos como golpes y golpes como besos, los segundos son peores.

En las puertas de los campos hay dibujos colgados con chinchetas de niños y niñas que quisieron crecer porque no sabían que no se podía volver. En uno de ellos, una niña que no cabe en la casa que tiene al lado mira con avidez un manzano, mientras unas aves que se asemejan sospechosamente a tortugas voladoras rodean una única nube color azul marino. Cerca, en una cerca, hace cola la gente que se hace la triste para que intenten animarla, convencida de que si se ponen alegres nadie les hará caso o les hará caso alguien solo para entristecerles, qué triste. Por el suelo se arrastra un calendario con tantos días marcados como importantes que el más importante es el que no está marcado. Una hilera de árboles que están marcados a navaja con nombres de personas que amaron a otras personas y no se les ocurrió más forma de demostrarlo que dañando al árbol y ya no se acuerdan de que lo escribieron, ni cuándo, ni dónde, ni de quién era esa persona a la que tanto amaron. Una gota de agua cae desde un cielo sin nubes y se hunde en la tierra con lágrimas de rabia, llamando traidoras a todas las que le prometieron seguirla y la han dejado sola. De ella nacerá una flor rebelde que se cerrará cuando paste por allí la vaca del sistema, cada día más gorda y más manchada.

Me pongo la mano en la frente a modo de visera para que el Sol que lo ilumina todo no me deje a oscuras y mi sombra sale pitando aprovechando un segundo en que dejo de pisarla. No me preocupa, siempre hay alguien dispuesto a hacerte otra sombra. En un balancín, una bufanda teje a una viejecita mientras sobre su cabeza una luciérnaga se da coscorrones contra una bombilla fundida. Me detengo en un cruce con inagotables senderos, dudando a pesar de saber que todos llevan al mismo sitio, creo que estoy volviendo atrás, hacia el absurdo, cuando antes iba bien hacia el imposible; lo certifica la pelota que corre tras el amo que le lanza un perro. En un muro está pintada la frase. "Impossible is nothing", a sus pies un indigente duerme para no notar el hambre; con un rotulador pasajero escribo en letras grandes: "Manda huevos", pero sustituyo la h por una g y sobre la u sitúo una diéresis, así parece una sonrisa boba, bobo. En muchos hombres son los huevos los que mandan. Sigo caminando y de vez en cuando me giro para asegurarme que no dejo huella, luego me dibujo en la mejilla una cicatriz para parecer un tipo duro, con arcilla blanda. Alguien sirve vermut negro en un claro y hecha hielo en el vaso picando a un corazón helado, un títere borracho se ha hecho un lio con los hilos que cortó y ahora no puede moverse, pero grita contento que al menos esa prisión es suya. Todos los globos acaban reventando antes de llegar al cielo, tienen demasiada presión para una meta tan alta. Sé que me estoy acercando cuando me pongo a recoger conchas en el desierto en el que un cocodrilo llora para poder vender sus lágrimas en pequeños potes, cada uno con su etiqueta del día y la razón del llanto. En un cactus alguien escribió con sangre: te querré nunca y otro contestó no te olvidaré siempre. Cae la noche y lo salpica todo.