Victoria Grim

25.10.2004

Victoria Grim, tu nombre resuena en mi cabeza. Las letras se mezclan entre ellas para volverse a ordenar. Te imagino castaña, de un marrón intenso; la piel ligeramente tostada por el sol, fina, apelando a su ternura para tocarla, para fregarla con dedos temblorosos. Ojos verde oscuro. La sonrisa suave, cubierta por unos labios acaramelados, a veces retocados por una fina capa de pintalabios casi invisible, con predisposición a ser besados, casi provocándolo solamente por el hecho de tenerlos delante. Y cuando sonríes empequeñeces los ojos dando un brillo al iris verdoso y la nariz se arruga, disimulada. Cuando esa sonrisa no es del todo sincera, cuando es malévola o de reprobación, se tuercen tus labios atados. Si cierro los párpados, tu voz toma sonido y la oigo pronunciar tu propio nombre: Victoria Grim. No emite más sonidos, no dice más palabras, solamente esas dos. Y sonríes al irte, girando primero el cuerpo esbelto, que no delgado, y después la cabeza, proporcionada a la perfección, moviendo tu pelo castaño con ella. Siempre te vas, no te veo de otra forma. La imagen se me difumina entre las calles de la ciudad y desaparece. Muchas veces me he dado cuenta que me encontraba en medio de la calle, mirando a la nada, soñándote. Deseo que vuelvas atrás, que te dirijas a mí, que me hables. Nunca lo has hecho. Simplemente te vas. Mides ciento setenta centímetros, quizá ciento setenta y dos. Tienes veintisiete años, un número que recuerdo mágico, yo quiero regresar a mis veintisiete y por eso, a ti, te pongo la misma cifra.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos -

esta muerte que nos acompaña

de la mañana hasta la tarde, insomne,

sorda, como una pesadumbre antigua

o un vicio absurdo"

Victoria Grim, has estudiado una carrera creativa, que no artística, quizá Filosofía o Historia del Arte, o Literatura. Sabes un montón de idiomas: francés, alemán, inglés, italiano y sobre todo, portugués, anhelo oírte hablar en portugués, los acentos suaves, el final de las palabras acariciado por tu sonrisa de dientes blancos. Y trabajas en una editorial, corrigiendo escritos y haciendo análisis literarios de nuevos escritores que buscan ser editados. Lo compaginas con una tarea más esporádica, un sobresueldo, en una pequeña revista dedicada a la crítica de libros que casi nadie conoce. Libros como los que venden en la librería a la que vas a menudo, para vender los que tienes viejos y comprar alguno de segunda mano, un volumen perdido o un autor recóndito entre docenas de estanterías que acumulan centenares, miles, de libros desgastados. De hecho, la imagen tuya que tengo es la de verte marchar de la librería, la puerta se cierra y el cristal te desdibuja y, al salir a la calle, Victoria Grim ya no está. Caras desconocidas moviéndose a ritmos monótonos.

Tu vida, Victoria Grim, no ha estado llena de tragedias ni de traumas, tampoco ha sido una vida con una infancia y una adolescencia adecuadas, eso te habría vuelto vulgar. Has crecido en un barrio de la zona media, en una casa de dos plantas. Tu habitación estaba decorada con carteles de películas antiguas que alguien te regaló. Una lámpara en la mesilla de noche ilumina los libros de cabecera, que cambian a menudo, autores pre soviéticos y norteamericanos de medianos de siglo y aquella recopilación de poemas que tanto te gusta: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, de Césare Pavese. Tristemente, solo puedo ver tus labios moviéndose al recitar una de las poesías, casi siempre un verso:

Se estremece la ciudad,

tiran aroma las piedras,

eres vida y despertar"

En ocasiones, si consigo mantener el ritmo cadencioso de mi propia respiración y no me descentro, la imagen de la boca sube por la nariz delgada y delicada para llegar a los ojos, que casi lloran al terminar de recitar. Con el tiempo, estaba convencido, conseguiría verte más allá de estas imágenes vagas, casi estáticas. Te vería moviéndote, te oiría hablar, sentiría el tacto de tus labios delgados, sabor a mermelada de arándanos. Pero ya no hay tiempo.

Tus padres te adoran, como tú a la hermana pequeña a la que tanto quieres y proteges, pobre, que mal se lo he hecho pasar. Y se entristecieron cuando les comunicaste que abandonabas el hogar para empezar una vida de independencia en un piso del centro. Pero se alegraron al ver que la chica crecía, bella, cultivada, y salías adelante. El piso era un sobreático pequeño y mal situado, con apenas sol, caluroso en verano y frío en invierno, que pronto se llenó de libros y de una colección de películas de vídeo de segunda mano y de discos de los ochenta y principios de los noventa. Y yo me enrabiaba cuando a duras penas te veía de espaldas, apoyada en el alféizar de la ventana que daba al pequeño balcón, con una manta cubriéndote los hombros, una luz de pie a la izquierda, un libro en tus manos, la noche de la ciudad imaginada con el ruido lejano de los coches. ¿Por qué no te girabas y me mirabas?

Después de diferentes experimentaciones amorosas, Victoria Grim, te enamoraste por primera vez en la universidad. Antes habías sentido algo parecido al amor, pero solo era intentos fallidos que acabaron muriendo en un rincón del alma. El chico en concreto era de tu curso, moreno de piel como la tuya, pelo negro nocturno, labios gruesos. Le envidiaría si no fuera porque tuvo un final trágico, después que rechazaras irte a vivir con él, el chico cayó en un estado de ánimo opaco que le condujo a la autodestrucción. Tú eso no lo sabrás nunca. Pasaron después dos años sin nada destacable en este campo, volviendo a las aventuras esporádicas y a los corazones rotos, pero siempre el de los otros. Eres romántica, aunque escéptica, en el fondo de esa alma en la que no crees se esconde el deleite de saber, con una mirada, con una sonrisa, que ahora sí, que os habéis encontrado. En aquellos dos años conociste a una de las amigas para toda la vida, la que te ofreció el trabajo en la editorial. Más tarde aparecería la posibilidad de publicar críticas en la revista minoritaria.

Reencontrarás palabras

más allá de la vida breve

y nocturna de los juegos,

más allá de la ardiente infancia"

En el presente, Victoria Grim, vives en un piso comprado, a fuera de la ciudad, en un pueblo alegre y discreto, por el cual te gusta pasear a media tarde, cuando el sol ofrece sombras vivas a los objetos muertos y sombras muertas a los árboles vivos que te tapan a lo largo de tu andar lento. Saludas a los vecinos que se sientan en los bancos de la calle, con perros viejos y fieles a sus pies. Se extrañan que no tengas pareja, te ven joven y bonita, te saben con estudios y el futuro te cubre con una aureola de bienaventuranza. Una vez por sema llega a tu casa un paquete con media docena de manuscritos, el cartero te saludo con su mejor cara, desea que una mañana le invites a entrar, le ofrezcas sentarse a tomar un café contigo. No he permitido que eso pasara. Y si hubiera pasado, quizá le habría muerto, en un accidente de motocicleta, esa Vespa de correos comida por un camión de mudanzas, por una camioneta de la carnicería. Del mismo modo que maté al estudiante. Sí, Victoria Grim, fui yo, pero esto tú nunca lo sabrás.

Pretendientes no te faltan: el chico de la motocicleta, el hijo del propietario del bar en la carretera, la ayudante de la veterinaria.

El espiral del amanecer

alienta con tus labios

al fuero de vías desiertas"

Dos tardes, los miércoles y los sábados, a parte de pasear, las dedicas a una afición que ni tan solo yo entiendo. Sobre las siete, acabado tu paseo, Victoria Grim, coges el coche y conduces hasta el pueblo vecino, compras aquello necesario y después te sientas en la parada del autobús de línea, el que va a la ciudad y vuelve, cada cuarenta minutos. Estás ahí sin un libro, sin periódico, con las piernas cruzadas y los brazos sobre las rodillas, y miras. Miras cerrar las tiendas, miras pasar a la gente mayor, a los niños, miras a los adolescentes en la plaza, a los autobuses que se paran frente a ti. No puedo evitar pensar que estás esperando a alguien, que quizá entre el correo semanal se ha colado alguna carta y esto me llena de una presión insoportable, muerdo mis puños cerrados con fuerza. Pero nunca baja nadie del autobús a quien saludes, ni tú subes nunca a el. Solo sigues ahí, en el banco. Si pudiera verte, sabría si sonríes o si suspiras por cada viajero que se cruza contigo, mientras piensas en que éste tampoco es él. Pero cuando estoy a punto de verte entera, uno de los coches pasa tapando mi visión. Por mucho que cierre los ojos y respire con pausa, sigo solamente viéndote marchar.

Algunos fines de semana, Victoria Grim, vuelves a la ciudad, donde familia y amigos te esperan. Comes con tus padres y tu hermana, cenas con las amistades, una visita obligada a la librería. Duermes en la habitación decorada con carteles de películas antiguas, explicas a tu madre como te van las cosas y ella te pregunta si has conocido a alguien y tú muestras tu sonrisa de boca torcida que mamá te reprocha. La hermana hace más de un año que tiene pareja y no se entiende qué haces tú, a quién o a qué esperas. El autobús, pienso yo, y me enfurezco, tengo ganas de reventar cojines a puñetazos, pero no lo hago. Por las noches sales a tomar algo después de cenar, casi siempre con la misma gente que conociste en la universidad. A veces acabáis bailando y tú tienes que apartar alguna mosca que se te acerca con propuestas bañadas en alcohol o con falta del tacto adecuado. No hace falta ser fino, no hace falta ser servil o caballeresco, solo hace falta saber encontrar el punto, aquel en el que sonreirás y se te arrugará la nariz con disimulo, la nariz delgada y delicada.

Y los pocos sentimientos que pareces mostrar bajo tu piel morena, aquella pose de sencillez exterior bajo la que se esconde una complejidad por descubrir. La calidez de la mirada de tus ojos verdes me ha hecho saber siempre que no eres fría, ni distante, ni impenetrable como quieres parecer. No pudo el estudiante romper tu barrera, no le dejé, pero tampoco puedo yo a pesar que creía conocer cada una de tus debilidades y de tus fortalezas. Quizá los árboles y las sombras muertas, o los objetos muertos y sus sombras vivas es a quien abres los poros para dejarlos entrever lo que guardas. Quizá las páginas del libro de poesía que adoras como te adoro yo tiene el secreto entre sus líneas, ocultándose en cada verso, tras cada coma. Eres tú, Victoria Grum, quien tiene el dominio de tu entorno y no yo. Todos los cambios realizados de poco me han servido, cambios de inicios y de finales, de contenidos y de conceptos, de textos y de contextos.

Incluso la noche se te parece,

la noche lejana que solloza

sileniosa, en el corazón profundo

cuando desfallecen las estrellas"

Y yo, la crueldad con la que he matado a los que te envolvían, como he ido modulando mi propia vida y la tuya, Victoria Grim, solo para complacerte y complacerme los deseos que tengo de ti. Y te considero desagradecida, no me has mostrado más que la imagen cuando te vas o aquello que me dejan entrever tus labios, algún verso, algún pasaje solitario.

Me he mostrado receloso de enseñarte al mundo. Tenía miedo que todos te codiciaran, que te imitaran, que te idealizaran. Detesto la idea de que otros hombres, como yo o peores, te vean también y que a alguno de ellos les muestres cómo vienes, les muestres cómo caminas, cómo hablas, cómo ríes y cómo lloras, mientras a mí solo me muestras cómo te vas. Sé que estoy enamorado de ti, Victoria Grim, y que es un amor imposible, pero la única alternativa que se me ofrece todavía me duele más. No por todo el tiempo que te he dedicado, por todo el amor que he puesto en cada detalle, por cada palabra exclusiva, sino por el mal que me causaría verte marchar para siempre. Tu nombre no para de resonar en mi cerebro cansado: Victoria Grim. Hasta ahora solo otra persona te conoce y ya te ha mostrado tanta idolatría que dudaba que pudiera continuar, pero lo he hecho y a cada paso te sentía más mía, aquel gesto al girarte se me repetía despierto y en sueños, lo veía en cada mujer, en cada puerta que se cerraba. Pensaba que quizá podría mantenerte conmigo para siempre, no dejarte salir, ahuyentando posibles visitas. ¿Te estropearía el tiempo implacable? ¿Te convertiría en una figura envejecida, amarillenta, humedecida por el desuso? Si te dejaba conmigo, solo para mí, podría despertarme a tu lado cada mañana, dormirme contigo cada noche, repasar tu vida una vez tras otra.

Me doy cuenta, sin embargo, que no puedo hacer esto a alguien a quien amo. No puedo tenerte encerrada, enclaustrada, dejar que te marchites. Yo soy el responsable de tu existencia. Seré el responsable de por vida y la vida algunas veces puede resultar demasiado larga. La tuya será eterna. Y la mía se haría eterna, eso lo entendí, tanto si te dejo salir como si te encierro o si te destruyo. Victoria Grim, podrías morir conmigo, pero sería una muerte muy triste. Tanto como la vida que llevo desde que te conozco, la tortura que me supone solo verte marchar.

Cara esperanza,

ese día sabremos también nosotros

que eres la vida y eres la nada.

Para todo el mundo la muerte tiene una mirada,

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos."

Antes de morir el autor escribió esta carta, destinada a su personaje, a su amor platónico, al que no podía acceder por ser de papel, y la guardó dentro del sobre en el que me envío el manuscrito original de su primera y única novela: "Victoria Grim", nombre del personaje principal que vio la luz mientras la de su creador se apagaba. Hoy celebramos su decimocuarta edición. "Victoria Grim" es ya todo un clásico. La persona de quien el autor habla al decir que también conocía a su personaje, es su editor. Todos los versos incluidos en la carta son del libro Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, del poeta italiano Césare Pavese.