Visita a Desengaño

16.07.2020

-(Dring drang dring) Sr. M. A. R, Sr. M. A. R; le llaman a Desengaño (drang dring drang)

Me levanto de la silla de madera clavada por su respaldo al dique de piedra de la sala de espera. Miro con cierta condescendencia al resto de gente que seguirá allí unos minutos, después de tanta dilación. Me duele el culo de estar sentado en el incómodo asiento, me coloco bien camisa y pantalones, recojo la mochila y me dirijo por el pasillo hasta la puerta adecuada. Un cartel anuncia: DESENGAÑO en negrita y, debajo, pequeñito, otro informa: pérdida de la esperanza o la ilusión, especialmente de conseguir una cosa que se desea o al saber que algo o alguien no es como se creía. Suspiro, más para armarme de valor que por razones sentimentales o emotivas, si no es lo mismo, tampoco por cansancio. Llamo con los nudillos, intentando resultar convincente a la vez que con un aire de timidez que provoca que sea un llamar indefinido. Tras la madera oigo un "adelante" en voz masculina, pero al pasar me atiende una fémina, más joven que yo, más lozana, adivino una sonrisa cordial tras la mascarilla azul pálido. Sus ojos son de un azul grisáceo a juego o de un gris azulado. El hombre de la voz está mirando su ordenador y lo hace como si se encontrara ante un reto tedioso, pulsa las teclas una a una, buscándolas con los ojos a través de la parte inferior de unas gafas de media luna anticuadas y luego levanta la vista para mirar la pantalla, comprobando que lo ha escrito bien. Pienso que eso es empezar con mal pie, con la de veces que he venido a Desengaño y es la primera que me atiende un trabajador que emana incompetencia y desgana por cada uno de sus poros. Miro esperanzado a la chica, que ahora trastea entre utensilios acumulados sobre unos estantes, pido al vacío con mis ojos que sea ella la encargada de atenderme, sin embargo el hombre señala la silla frente a él y me pide que me siente o, más bien, me lo ordena. Me siento, algo tenso por tal recibimiento y unas expectativas que caen a velocidad de vértigo.

El trabajador mira mi expediente en papel y se da cuenta de la cantidad de veces que he acudido, o que me han llamado para usar su argot, a Desengaño y sonríe, una sonrisa entre bribona y canalla y suelta un "vaya, es usted asiduo". Me apetece soltarle un moco, un sarcasmo punzante, pero como suele ocurrirme, me callo, sería poner más sal a la herida que ha nacido con el simple contacto inicial. El hombre tiene un acento indefinido, no sabría decir de dónde, podría incluso ser de aquí mismo, pero dramatizado, exagerado, sobreactuado. El tipo se pone entonces a hacerme preguntas que, de hecho, ya me preguntaron todos los facultativos y facultativas que me vieron en visitas anteriores, pero éste se demora tanto al apuntar con el teclado que me exaspera y a medida que avanzamos, lentamente, como el perezoso de Zootrópolis (Zootopia - Byron Howard, Rich Moore & Jared Busch, 2016), voy perdiendo los nervios. Cuando termina o cuando yo doy por hecho que ha terminado, el tío me mira. Pienso en la gente que en la sala de espera debe de desesperar ya, tengo ganas de irme, este Desengaño está resultando tedioso. Me mira y me suelta: toda decepción se debe más a las expectativas que nosotros hemos generado que al otro o lo otro.

Vale, le suelto, eso ya me lo sé. ¿La medicación? La chica que seguía trasteando todo el rato, como si en realidad no tuviera nada por hacer, viene hasta la mesa con un par de cajitas de productos farmacéuticos y también una inyección y puntos de sutura. Un momento, vacilo, esto no es necesario. Y empiezo a dejar caer tópicos horribles sobre que mis cicatrices han cauterizado todas, que no me duelen ya los golpes y han desaparecido los hematomas, que tal y que cual y que yo qué sé qué más. Cuando ignorando mi perorata la enfermera o doctora o practicante o lo que sea me unta el brazo izquierdo y prepara la inyección, el médico suelta que hay heridas que van por dentro y no se conocen hasta que ya han causado una hemorragia interna irreparable: que si los riñones ya no dan abasto, que si se llenan los pulmones de líquido, que si la sangre se ha vuelto demasiado clara. Pero, dice ella, qué contraste una muchacha de aspecto tan pijo en la consulta pública de un sitio tan cutre, las personas que nos rodean solo pueden herirnos por fuera, solo nosotros mismos podemos herirnos por dentro. Y me clava una aguja que me parece infinita.