¿Y tú qué buscas?

10.12.2019

He imaginado a una persona en medio de una multitud, dando la sensación de estar perdida, con un rumbo errático de aquí para allí, de vez en cuando haciendo el gesto de ir a preguntar algo a las otras personas que pasan por su lado, esquivándole o como mucho enviando una sonrisa de "ahora no puedo atenderte", pero no pregunta nada, por timidez o porque por dentro sabe que en realidad, ninguna respuesta le dará la solución a nada. Cuando se encontró por primera vez entre toda aquella gente yendo y viniendo, pensó que todas esas personas sabían lo que buscaban y por eso iban deprisa y en línea recta, distancia más corta entre de dónde vienes y a dónde vas. Poco a poco, sin embargo, se percató de que quizá no sabían con tanta claridad como él había supuesto que sabían lo que buscaban, sino que no buscaban nada y prestando atención clasificó a esos no buscadores en dos tipos: las que no buscaban nada porque ya creían tener lo que necesitan y las que no buscaban nada porque llegaron a la conclusión de que no hay nada para buscar. Hizo entonces dos subcategorías para cada una: en el primer grupo estaban las que estaban contentas con lo que habían encontrado y  estaban las que se conformaban con ello, ambas habían dejado de buscar; en el otro grupo estaban las que habían desistido de buscar nada, convencidas que no lo encontrarían nunca, y las que abandonaron la búsqueda tomando una actitud nihilista de que no hay nada por buscar.

Eso fue al principio, luego la clasificación no solo resultó insuficiente sino que le aburrió. Resultó insuficiente porque dentro de ella faltaba poner a las personas que, como él, daba la sensación que deambulaban y aquellas que iban cambiando de rumbo según lo que encontraran, a las que primero tomó por pobres parásitos, luego por almas sin pena, finalmente por gente sin personalidad y después de mucho estudiarlas, comprobó que casi siempre sonreían, de manera que o bien eran ignorantes de base o bien habían decidido que lo mejor no era buscar algo en concreto sino encontrar algo y dejarse llevar, razón por la que daba la sensación de que iban a remolque.

Un día, chocó de bruces, por andar mirando sus apuntes, con otra persona que deambulaba y empezaron una conversación: ¿Y tú qué buscas?, preguntaron las dos a modo de presentación. No lo sé, respondió la primera; yo no busco nada en concreto, dijo la segunda, así no limito lo que puedo encontrar. La primera persona, responsable de aquellas listas en horas de aburrimiento, pensó un rato en la respuesta de la segunda persona y después preguntó: Pero si no buscas nada en concreto, ¿por qué criterios te riges? Tardó un rato en responder, se puso pensativa y miraba a la multitud como si esperara encontrar por allí la contestación correcta, pero solamente buscaba las palabras. Supongo, dijo, que tengo algunos criterios básicos, ya sabes, algunos fundamentos que he interiorizado a base de mi educación, mi nivel social y cultural, mis aspiraciones y mi experiencia pasada, pero tampoco sabría concretar y además, estoy segura de que son criterios flexibles y permeables. Pero, intervino la que decía no saber qué buscaba, si no pones límites las posibilidades son demasiado extensas, tanto que hacen imposible que encuentres algo concreto. No, dijo la que decía no buscar nada en concreto, eso hace que cualquier cosa que encuentre pueda ser válida para mí y a la vez no serlo, puesto que esa validez vendrá determinada por la persona en sí que haya encontrado, no por mis criterios, que no dejan de ser prejuicios. Ya, musitó la primera persona que aparece en este relato, sin embargo y solo por poner un ejemplo necesitarás establecer algunos parámetros que delimiten la búsqueda o en caso contrario estarías todo el tiempo encontrando sin parar y valorando esa validez sin parar. Qué va, aseguró la segunda, una vez encuentras algo se activan una serie de protocolos invisibles y que ni sabes que se han activado que hacen un pulso entre lo que ese algo te hace sentir y lo que ese algo te inhibe, te debe haber pasado en muchas o varias ocasiones que algo que no te gustaba primero te gusta después o que alguien que al inicio no te agradaba te agrada al cabo de un rato o después en frío.

La persona que no sabía lo que buscaba o se decía a sí misma no saberlo se quedó pensando largo rato cuando su interlocutora se fue por un sitio distinto del que había venido. Sin darse cuenta se puso a caminar, más mirando sus pies sobre aquel suelo indeterminado que mirando hacia adelante. En ese proceso de pensamiento había dejado de buscar y simplemente andaba, se dejaba llevar por momentos por el vaivén de la multitud, por momentos jugaba a esquivarla. Entonces tropezó de nuevo con alguien con mucha prisa que atolondrada por el choque le pidió disculpas y le preguntó si estaba buscando algo. Ella la miró y sin saber como había llegado hasta allí, se dio cuenta de que eso, saber cómo habia llegado, no importaba demasiado y respondió: ahora ya no.