Y

29.10.2019

Si miras fijamente una carretera recta y luego cierras un poco uno de los ojos, la carretera se divide en dos, con esa forma peculiar de la Y que muestra que el camino seguido hasta ahora ya no es posible, hay que decidir cuál de los dos nuevos se toma. Ambas carreteras, según cómo se mire, parecen ser la anterior con una desviación, pero son distintas. Ya no es la misma carretera, nunca lo es aunque una de ellas conserve el nombre formado por una, dos o tres letras y por uno, dos, tres o cuatro números. AP-7, C-32, BV-1104 o lo que sea. Las líneas rectas que cruzan desiertos americanos son espectaculares, como lo son las de curvas sinuosas entre árboles de un denso bosque o las de giros imposibles ascendiendo una montaña. Pero no ofrecen alternativa, más que ir hacia adelante o hacia atrás. Me gustan más los cruces, los desvíos y las señales con múltiples opciones. No es necesario que haya tantas como para perderse, pero sí más de una. Es imprescindible. Me es imprescindible. Y como decía, si tengo que elegir entre todas, creo que la carretera en forma de Y es la que más me convence.

Aunque es cierto que las carreteras de un solo sentido, sean rectas o curvas, quizá simbolizan mejor, son una metáfora más acertada, del camino de la vida (esta frase me parece horrible); y lo serían todavía más aún si no se pudiera hacer ninguna maniobra para volver. En la vida no puedes volver, puedes recordar, pero no estar allí de nuevo. La carretera, la recta que atraviesa todo el valle, que se convierte en túnel para cruzar una montaña o en curvas para sortearla o subirla, es el tiempo, nuestro coche (o moto, o camión) es el presente. Delante el futuro, detrás el pasado, pero tú existes únicamente en tu coche, en ese lugar en ese momento, da igual a la velocidad que vayas, el futuro siempre estará igual de lejos. Y no puedes pararte porque quizá te embistan por detrás o, peor, quizá el coche no vuelva a arrancar luego. Hay paradas, gasolineras solitarias o bares llenos de otros viajeros, en los que te detienes a descansar, a reponer energías, a socializar porque la radio mola pero no interacciona contigo. Algunas partes del viaje las haces solo, otras acompañado, al principio con alguien que conducía por ti hasta que te enseñó a hacerlo o aprendiste por ti mismo; al final con alguien que conduce por ti porque tus reflejos ya no son los que eran, no obstante seguirás decidiendo tú el camino. O ya no.

La teoría de los mundos paralelos sería imaginar que, delante de la encrucijada de la Y en una carretera, tú vas por una banda y otro yo tuyo toma la otra desviación. Las dos carreteras nacidas de la primera se van separando paulatinamente, puede que en algún punto una de las dos de un giro brusco y ya sea imposible suponer hacia dónde lleva. Mientras sigues por la ruta que tú has tomado (cabría aquí discutir si eres tú el del universo paralelo o el otro), negar que dudaras al llegar a la bifurcación, sería mentirte a ti mismo. Nadie toma uno de los caminos con seguridad absoluta, con una certeza sin paliativos, sin fisuras. Ni que sea por una milésima de segundo o cómo se llame la fracción de tiempo más pequeña mesurable, por tu cabecita ha pasado la probabilidad de tomar la otra bifurcación, la izquierda en lugar de la derecha o al revés, incluso es posible que se te haya pasado por la mente seguir recto, ir por el desierto. Me pregunto si eso es decidir o es la incapacidad de decidir. Eso sí, sin perder de vista en ningún momento el asfalto, que es la zona de confort que te hace sentir bien. O la zona de confort son los carteles que te dicen hacia dónde lleva cada nuevo camino, supongo que depende de cada quien.

En una ocasión una persona me presentó la decisión que había tomado, entre lágrimas suyas y mías, hace tiempo de ello, y dijo que no sabía si era la decisión correcta. Seguramente nunca sabemos qué decisión es la correcta, pero creo que si se toma una decisión, sea la que sea, es porque en ese momento, en esa fracción de tiempo infinitesimal en que una neurona elige un desvío en lugar de otro, es porque esa es la decisión correcta. Luego podrás arrepentirte todo lo que quieras, pensar que deberías haber hecho lo otro; quizá puedas abandonar la carretera tomada, cruzar una parte de desierto sorteando baches, rocas y serpientes, para coger ahora la otra carretera, la que desestimaste. Puede suceder que ya no puedas tomarla. Pero nunca es ir marcha atrás, eso no se puede hacer. Cambiar de opinión sí está permitido. Por supuesto, o no tanto, mejor tomar una decisión rápida que no ser de aquellos que necesitan parar el coche en el momento de elegir la variante y mirar y remirar y pensar y repensar, tanto que el tiempo se detiene y te van adelantando por todas partes. Que igual no es importante llegar el primero pero sí llegar alguna vez. Algunas personas moverán los dados que tienen colgados del retrovisor y según lo que salga, giraran a la derecha o a la izquierda, como si el destino no supiera que el azar es aquello que no se puede controlar.

Sin embargo, la decisión tomada es la que cuenta ahora y la no tomada, la carretera que se pierde en un horizonte distinto y ahora ajeno, no cuenta, y es en la primera por la que hay que conducir. O cruzar el desierto. ¿Y? Pues si hay que cruzarlo se cruza y no pasa nada.


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