Ya nada es como era

03.06.2019

Lunes, 3 de junio de 2019

Ya nada es como era, dicen aquellos que no estaban o que solo estuvieron de paso, que ya no se acuerdan o que se acuerdan vagamente, con esa distorsión que el tiempo otorga a la memoria y la disfraza de sentimiento. Si bien quizá es cierto, yo también lo pienso de algunas cosas ya sea porque no son como eran o quizá, simplemente, es porque me estoy haciendo viejo, hecho que sucede desde la hora exacta en que nací (eran sobre las dos y media de un mediodía de principios de un agosto).

Podría empezar hablando de mi infancia y de cómo el pueblo en el que aún veraneo no se llenaba hasta los bordes y podías ir todo el día en bicicleta por ahí, sin más peligros que tú mismo. O maldecir la cantidad de zona de colores que limitan las plazas de aparcamiento en las calles (azules, naranjas, rojas, verdes) y que antes no era así. Podría hablar de lo bonito que era escribir postales a mano y de lo difícil que fue decir un te quiero por primera vez. Yo me acuerdo perfectamente, estaba allí y en cierta forma sigo estando. He de aclarar que ella lo dijo primero y que yo, seguramente, no me di cuenta de que la quería hasta que esa carta de la baraja se puso sobre la mesa y pasó a ser, casi, la única carta que valía. Podría decir que antes uno tenía que esperar a los impuntuales sin tener ninguna noticia.

La frase "Cualquier tiempo pasado fue mejor" invoca al hecho de que nunca estamos contentos ni contentas con lo que tenemos ahora.

Podría decir que ya nada es como era, que ahora conseguir sexo es relativamente fácil y tener amigos se puede hacer sin moverse de casa y sin tenerlos físicamente. Que antes no había gente que ganaba un sueldo impresionante por ser jugador de videojuegos, que había que ganarse el pan con el sudor de la frente. Que antes se respetaba más a los mayores, pero es que ahora uno tarda mucho más en ser mayor. Antes a los 60 uno era mayor y ahora es joven. Y no hablemos de los viejóvenes. A los nacidos a partir de 2010 les llaman Generación T, de táctil. A la mía la llamaron Generación X. Antes no se les ponía nombres a las generaciones. O sí: la del 27, por ejemplo.

Antes conocías a alguien en un bar, una discoteca, en el autobús o en la facultad o la biblioteca, ahora en estos lugares la gente mira al móvil, hacen swip y así no tienen que mirar a la cara hasta que hay feeling por chat. Antes la palabra feeling tenía otro sentido. La globalización y las redes sociales permiten que conectes con quien está a cientos de quilómetros mientras vas desconectando de quien tienes a centímetros. Antes la gente leía en los trenes. Ahora la gente se enamora de virtualidades.

Es que ya nada es como era. Ni yo soy como era. Soy más viejo y más sabio a la vez que más infantil y más idiota. Me sigue gustando quedarme en la terraza de un bar observando con disimulo a la gente e imaginando de qué están charlando, de qué se conocen. Me sigue poniendo algo nervioso mirar a una persona que me gusta y que nuestras miradas se encuentren. Me continúa pareciendo encantador llevar un libro y sentarse a leer en un banco o en una silla mientras te tomas una cerveza. Insisto en lo bonito de una conversación e incluso en lo cautivador de un silencio, pero no por las pantallas, sino porque no siempre es necesario decir algo. En mi contra va que hablar con alguien por mensajes instantáneos sin conocerle físicamente se me acaba haciendo pesado, que no puedo decir a quien no he visto reírse que me despierta deseo, porque no lo sé, a mí unas fotos y unas palabras escritas o pequeños mensajes de voz no me dan suficientes datos. Y es que ya nada es como era, y sin que eso signifique que sea mejor o peor, sí quiere decir que en algunas cosas me he quedado un poco atrás. Prefiero jugar con mis hijos a un juego de mesa o mirar juntos una película que ese "estar juntos pero separados" que supone que cada uno mire su pantalla y haga algo distinto. O quizá, simplemente, es que me estoy haciendo viejo.