Ya nadie lee en los trenes

03.12.2019

Entré en el tren, ya estaba oscuro. Bueno, hacía rato que estaba oscuro, eran casi las ocho de la tarde y el invierno es lo que tiene. El vagón estaba bastante lleno, gente joven, gente mayor, personas de aquí y de allí, diferentes géneros, colores, formas de vestir, formas de andar. Una cosa en común. Nadie leía. No había absolutamente nadie con un libro en las manos, excepto yo. Lejos de sentirme marginal, me sentí exclusivo. La mayoría de los pasajeros miraba el móvil, cada uno el suyo. Jugaban, enviaban mensajes instantáneos, cotilleaban por las redes. Era un vagón de personas solitarias, ni que lo fueran al menos durante el viaje, nadie parecía conocer a nadie o relacionarse con nadie. Gente suelta, más que solitaria. Antes de sentarme, eché un vistazo general al vagón para asegurarme que no solo tenía una primera impresión, sino que esta se confirmaba. En efecto, de las treinta o cuarenta personas que estábamos allí, el único con un libro era yo. Y pretendo ganarme la vida escribiendo, voy bien para ir a Roma.

Ya hace tiempo que me había fijado en eso. Ya nadie lee en los trenes. Antes, cuando estudiaba, yendo en metro o en autobús, lo habitual era ver a gente leyendo. Leyendo libros, esos objetos de papel, algunos delgados otros gruesos, en general más altos que anchos, con una portada y una contraportada y en medio un montón de hojas de papel cosidas o grapadas, llenas de letras, que te cuentan una historia o te explican algo interesante de saber. Así en general, están escritos por un autor o autora, en ocasiones por varios; algunos cuentan una sola historia, otros cuentan varias en el mismo volumen. Los que te hacen reír, que te hacen llorar, que te dan miedo, que te intrigan, que te llevan a mundos diferentes, a épocas remotas. Viajas en el espacio y el tiempo entre sus páginas y en tu cabeza. O un periódico, o un cómic, o una revista, ya nadie lee en los trenes.

Al sentarme tuve una sensación algo preocupante. Pensé: lo han conseguido. Nos tienen a todos mirando la misma pantalla, abstraídos de la realidad aleatoria para ponernos a todos en la misma realidad, una de encapsulada y manipulada. Con cámaras para vernos, localizadores para saber dónde estamos, saber qué decimos y a quién se lo decimos, que intereses tenemos, que es exactamente aquello que en ese preciso instante capta nuestra atención. Miras una página web de muebles y cuando te conectas a cualquier red, te aparecen anuncios de muebles. Buscas "bombilla" en Google y saltarán anuncios en otros sitios sobre venta de bombillas. Nos tienen exactamente dónde quieren. En la palma de nuestra mano, voluntariamente y contentos, llevamos el dispositivo de control perfecto ya que encima estamos orgullosos de llevarlo. Si no tenemos, y cada vez menos gente tiene, cierta capacidad para abstraernos de él, ya interrumpe todo lo que hacemos: invade nuestras conversaciones, nuestro trabajo, nuestros procesos creativos. Las personas se sientan a hablar contigo dejando el móvil encima de la mesa, una declaración de intenciones: esto es tan o más importante que tú. Gente mirando el móvil en reuniones, en formaciones, en encuentros con las amistades. Te haces selfies cuando antes le pedías a alguien que te hiciera una foto y a menos eso te obligaba a vencer cierta timidez y hacer un mínimo esfuerzo social. En Minority Report, Philip K. Dick imagina un futuro cercano en el que nos controlan por la retina de los ojos. El protagonista avanza por la ciudad y constantemente le invaden anuncios, ofertas y propuestas basadas en el control absoluto sobre lo que acaba de hacer o decir, casi lo que acaba de pensar. Es una agonía. El Gran Hermano de Orwell no está en cámaras puestas en casas y calles, lo llevamos encima, lo miramos y nos mira constantemente, como un tic nervioso. Lo miras, lo guardas y al cabo de unos minutos vuelves a él, no fuera caso que... ¿Que qué? Que nada.

Un libro no te hace eso, no te controla y si te controla es porque su autor o autora ha conseguido engancharte con una historia que tú has elegido. Cuando cierras el libro el mundo que hay en él como mucho permanece en tu imaginación, no invade tu vida privada, no te envía notificaciones impertinentes cuando estás en otro asunto, se mantiene callado allí dónde lo hayas dejado, espera a que tú actúes, él no actúa. Solo actúa, y de qué manera, cuando vuelves a abrirlo. A mí me gustaba, antes de sumergirme en mi lectura, observar los libros que llevaban los demás pasajeros: una novela, un libro de arte, uno de historia, lo que fuera. Sin invasiones. Y corres para terminar el párrafo, para llegar al punto y aparte antes que el tren llegue a tu estación, usando la tarjeta de viajes como punto de libro, o un papel de anotaciones, o un punto de libro. Casi nadie se siente perdido sin un libro, todos nos sentimos perdidos sin el móvil. Se llama dependencia.

Yo sigo yendo a todas partes con un libro. Sigo leyendo en los trenes, en las terrazas de los bares, en las escaleras o en el banco de una plaza o parque, en la butaca o el sofá de casa, mientras estoy de pie fumando en el balcón o haciendo cola para algo. Y cuando hablo contigo, no estoy pensando en si tendré algún mensaje suyo (del libro) o en si habrá atendido al mensaje que le he dejado, porque estoy contigo y cuando estoy con el libro estoy con el libro. La imagen algo desoladora de una solitud voluntaria, de un individualismo paranoico que me produce ver a una multitud mirando al móvil, quizá me convierta en inadaptado, en raro, en marginado, en viejo, en desfasado pero, mientras tanto, seguiré leyendo en los trenes.