Yo de mayor quiero ser como tú

25.03.2021

El centro comercial tiene unas entradas grandes, unos arcos de aluminio que destacan por delante de la pared de cristales que se alza, monumental, hasta cuatro pisos y se desplaza a derecha e izquierda cubriendo toda la manzana. Hay aparadores en la planta baja y en la primera planta, que decoran las vitrinas inmensas. En la entrada principal unas letras grandes, iluminadas por dentro, de color verde pálido, anuncian el centro. Hay maniquíes con ropa deportiva: sudaderas, gorras, chándales, bambas, camisetas para hacer ejercicio, pantalones cortos que se agarran al cuerpo de la figura inerte de plástico gris. Hay otros aparadores con material para el hogar: cortinas de diferentes colores, exposiciones de cubertería o decoración variada. En otros se ven más maniquíes con vestidos elegantes para hombres de negocios, para mujeres de negocios, chaquetas, sombreros, complementos. Una tienda de juguetes rompe la dinámica general.

La niña paseaba cogiendo la mano de su madre, a pasos acelerados, por dentro del centro comercial. Lo hacía medio embobada, comprobando la cantidad de gente que se movía tanto o más rápido que ellas, de tienda en tienda, como las abejas de flor en flor. La cartera de la escuela iba repicando contra la espalda delgada cubierta con un vestido azul pastel. Ella no había visto nunca un pastel azul, pero esa ropa era de color azul pastel. Así lo llamaba su madre. La cola que recogía su cabello negro también repicaba, esta contra la cartera, adornada al final de todo con un lazo de color azul cielo. Los zapatos oscuros hacían un ruido suave sobre el suelo recién encerado, ruido ahogado por pisar de la madre, las conversaciones que pasaban y se iban a la velocidad de su caminar; y las músicas de fondo del complejo comercial, pero sobre todo por la maleta con ruedas que la madre sostenía con la mano que no sostenía a la hija. Era la primera vez que la iba a buscar a la escuela con una maleta cargada. Cristina sabía que tendría que decidir rápida los zapatos que iban a comprar y también debería ser ágil eligiendo una chaqueta. Marchaban de vacaciones y tenían prisa. La madre se encargaría de las bragas, los calcetines y demás. La niña se sentía contenta de ir con una madre firme, decidida, que por su caminar y actitud hacía girarse a los hombres y también a algunas mujeres que la envidiaban. Admiraba su madre, la tenía en un pedestal tan grande como su cabecita podía imaginar. La madre la dejó en la porta de la zapatería i se agachó:

-Vendré en unos minutos -dijo-. Tú ya eres bastante mayor per elegir sola los zapatos, no importa el precio.

La niña la miraba, sin pestañear.

-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

-Mamá, yo de mayor quiero ser como tú.

Ambas sonrieron y la niña recibió un beso de agradecimiento.

Cristina vio desaparecer a su madre por la puerta de apertura eléctrica de los almacenes, se volvió y entró en la tienda. Su reloj infantil marcaba las siete y ocho minutos. Una chica simpática le preguntó qué quería y ella dijo que tenía que comprar unos zapatos cómodos, le había dicho su madre que eran para caminar deprisa. Unas deportivas no, unos zapatos. Mientras se probaba diferentes pares, la dependienta le preguntó la edad y el nombre: Cristina, 8 años. Se decidió por unas botas bajas de rojo suave, casi rosa, y comentó a la chica que ahora vendría la madre a pagar. Mientras tanto, cambió de tienda y fue a la de al lado, donde tenía que elegir la chaqueta. Enseguida vio una que la enamoró, azul marino con una capucha de un intenso naranja oscurecido. Se la probó con la ayuda de otra chica más bonita que la anterior que le aguantaba la cartera de la escuela. La pusieron en una bolsa y pidió que se la guardaran un rato, hasta que llegara su madre para pagarla. Miró su reloj digital con la Hello Kitty, habían pasado más o menos veinte minutos, era rápida. Se sentó en los bancos frente a las tiendas y escuchó manar la fuente del centro del pasillo de aquella planta baja, mientras miraba pasar la gente: parejas enamoradas, parejas enfadadas, hombres solos, mujeres solas, ancianos, niños y niñas y también perros. Tuvo la tentación de comprarse algo en la parada de golosinas con el poco dinero que llevaba en la mochila, pero sabía que su madre se enfadaría.

La dependienta de la tienda de chaquetas le comentó, tiempo después, que ya eran las ocho de la tarde y tenían que cerrar. ¿Dónde estaba su madre? Cristina no lo sabía, pero estaba segura de que vendría. Se distrajo mirando las golosinas, se aseguró de que no había salido ningún juego nuevo para la Nintendo que le interesara y luego, aburrida, sacó un libro de la cartera y comenzó a leerlo.

A las ocho y treinta y dos minutos, con más de la mitad de tiendas cerradas, la chica de las chaquetas y un guardia con pistola le preguntaron de nuevo dónde estaba su madre. Cristina respondió que debía de estar a punto de venir. La dependienta estaba preocupada, comentó al policía que la niña llevaba más de una hora allí delante, esperando. Por walkie-talkie el agente se puso en contacto con otro como él. Le pidieron que no se moviera de allí y la chica de la tienda de chaquetas se ofreció a esperar con ella, se llamaba Marta.

A las nueve en punto, cuando el centro estaba ya todo cerrado, llegaron dos policías de los que ella veía por la calle, iban vestidos diferentes que los otros dos del almacén. Le hicieron preguntas y se apuntaban las respuestas una libreta. Cristina empezó a tener miedo y a pensar que le había pasado algo a su madre. ¿Dónde estaba su padre? No lo sabía, la madre siempre decía que no tenía. ¿Parientes cercanos? ¿Abuelos? ¿Tíos? La niña soltó una lágrima provocada por un miedo creciente, a la vez que por la sensación de abandono que le invadió. Todo el mundo parecía tener claro, menos ella, que su madre no volvería.

* * *

Con veinticuatro años Cristina se prepara para acabar Periodismo en la universidad de las afueras de la capital. Es una chica firme, digna de ver, que provoca miradas entre los estudiantes y profesores. Su andar decidido, su talante seguro y un aire de orgullo y dignidad la hacen envidia de otras chicas. Hace dieciséis años que vive con sus abuelos desde que su madre desapareció en unos grandes almacenes. Ahora ya no, pero de menor pensaba a menudo en ella, la recordaba y sus sentimientos habían pasado por las mismas etapas por las que pasa un enamorado al que acaban de dejar: dolor, lucha para recuperar lo perdido, odio, resignación y olvido. Los abuelos se hicieron cargo de ella sin ninguna objeción, sólo al inicio, destrozados por la desaparición de la madre, la cual costó, pero amaban a su única nieta y la cuidaron como a una hija.

Cristina no esconde sus virtudes, se deja admirar y le gusta el juego que se crea con los chicos cuando ella da cuerda o tira de esta. Había descubierto el sexo a los quince años en el instituto y se había liberado de forma desmedida sólo iniciar la universidad. A falta de dos meses para terminar la carrera, con trabajo asegurado donde había hecho las prácticas, se emancipó, abandonando el hogar de los abuelos para alquilar un piso, compartido con una amiga, en la ciudad.

Un dieciséis de octubre, Cristina se encuentra paseando tranquilamente por los grandes almacenes, echando las imágenes de ella sola, sentada junto a la fuente, que parece que ya no funciona, de la planta baja, no lo tiene claro. Piensa sólo en la ropa que se quiere comprar y en sí aceptar la invitación de un chico para ir a cenar. La tienda de zapatos todavía está, pero no la de chaquetas, ahora es una tienda de telefonía móvil. La tentación la invade al pasar por delante la parada de golosinas, pero sabe que no lo tiene que hacer y se contiene. Se compra unas medias y un sujetador, que agrega a la bolsa donde está el traje chaqueta que utilizará para el nuevo trabajo, la que le ofrecerán si, como piensa, la entrevista del martes fue un éxito. Tiene toda su vida planificada, nada puede salir mal. Entonces recibe una llamada.

Cuando Roger -antiguo amante y ahora su ginecólogo- le confirma por teléfono que está preñada, tarda un rato en reaccionar. Piensa largamente en quién es el padre, pero las posibilidades se le escapan. Demasiados polvos rápidos, demasiados momentos de locura, de riesgos excitantes. Demasiadas veces olvidándose de tomar la pastilla. De pie en el espejo del probador contempla su cuerpo bien formado y se acaricia la barriga. Sólo tiene veinticuatro años, se dice, no quiere una criatura. Abortará. Convencida, paga la camisa y vuelve a casa.

Teniendo en cuenta que tiene clarísimo que no tendrá a la criatura, Cristina no se cuida mucho y sigue haciendo, después de licenciarse con la cuarta mejor nota de su promoción, la misma vida de antes o aún con más intensidad. Ahora trabaja y gana un buen sueldo. Sale tres o cuatro noches por semana, bebe y fuma, se acuesta con el que más le gusta. No quiere ataduras, ninguna relación estable. Dos meses después, dándose cuenta de que tal vez llega tarde, le pide a Roger que le quite el feto. Le hacen las pruebas correspondientes, la miran, la estudian... Si aborta corre peligro, le dicen finalmente, pues irregularidades en la formación del embrión provocan que sea una operación demasiado delicada. Firmemente, Roger le recomienda que tenga la criatura, aunque será un embarazo de riesgo. Cristina cambia de ginecólogo. Los resultados son en vano, todos le dicen lo mismo: es peligroso, por su salud, abortar. De este modo, la periodista deja de fumar y de beber, para de salir por las noches más que cenas esporádicos, cada vez se recluye más en casa y permite que su embarazo la vaya cambiando, poco a poco, mientras ve en un futuro imaginario como sus planes de vida se van al traste. No puede permitirlo.

A finales de julio tiene una niña. Semanas antes contactó con el Instituto de la Acogida y la Adopción, pero, cuando la oye llorar, cuando la coge y nota el corazón de la pequeña latir cerca de él, decide quedársela. De nombre le pone Berta. El apoyo de los abuelos de Cristina es vital y cuando va viendo que tira para adelante, que puede compaginar el trabajo con la criatura y que tiene energías para no caer de sueño, se anima y va recuperando su talante fuerte y firme, su estilo decidido y, en unos meses, vuelve a ser la Cristina de antes, sólo que un año mayor y con una criatura. Pasan de nuevo hombres por su vida, que ahora huyen más rápido que ella, conoce a personajes interesantes, pero ya no los ve como objetos sexuales, como procuradores de su placer, sino que los evalúa en función de su actual sistema de vida. No cree, como dice la abuela, que la niña necesite un padre para crecer bien, puede cuidarla ella sola y ya encontrará la manera de compensar la figura paterna, si es que es necesario. Echa de menos, no obstante, la libertad de antes y, a medida que la niña crece, este sentimiento de nostalgia no sólo se repite, sino que se incrementa.

* * *

Con treinta y tres años, Cristina pasea por los grandes almacenes con aire elegante, va vestida como lo que es: directora de sección en un importante diario nacional. A su lado, cogida de la mano, una niña encantadora la mira y le sonríe. Van a comprar unos zapatos y una chaqueta para irse de vacaciones. Tienen un poco de prisa. A pesar de aquella pose de seguridad, los últimos años de la madre no han sido muy fáciles. Ha tenido diferentes experiencias sentimentales desastrosas y la lucha por mantener el trabajo y aspirar a ascensos con Berta de por medio ha supuesto un desgaste de energía casi excesivo, incluso para alguien como ella. Casi no tiene vida social ahora: Berta y el trabajo, el trabajo y Berta. En más de una ocasión ya se le había pasado por la cabeza, aparte de hoy, dejar a su hija en casa los abuelos una temporada e irse, olvidarse de todo o poder dedicarse al trabajo de tal manera que le quede crédito suficiente para descansar una temporada; poder volver a salir de copas siempre que quiera y no solo cuando consigue canguro, sin sentirse culpable, tener sexo alocado... Todavía no le ha dicho a la niña que se marcha sin ella y que los abuelos la pasarán a recoger en breve. De hecho, los abuelos tampoco lo saben, duda que les gustara saberlo, no se lo permitirían. Por ello informará en último momento.

Y mientras piensa como decirle esto, sentadas las dos comiendo un helado, es cuando Berta le dice que una mujer lleva rato mirándolas fijamente. Tendrá cerca de los cincuenta años, bien vestida y la acompañan dos hombres con cara de abogados. Cristina no sale de su asombro y aunque guardó las fotos de su madre dentro de un cajón para no volverlas a sacar nunca más, la reconoce. Entra en una especie de estado catártico, en que no puede pensar más que en la dependienta de la tienda de chaquetas mirándola con pena y diciendo que hacía más de una hora que estaba allí sola. Justo donde ahora, en vez de una fuente, hay una exposición de dinosaurios de cartón. Berta dice cosas que ella no escucha. Y al recordar lo que pensaba hace un rato se siente despreciable. No se le ocurre que tal vez su madre tenía que huir de algo, que quizás le pasó un hecho grave, porque la ve sentada, bien puesta, serena, y nota que no tiene remordimientos en mirarla, aunque ahora se levante y se acerque y con voz temblorosa pregunte:

-¿Cristina?

Ella sigue estática, pero la piel de la cara se contrae en una profunda expresión de desprecio.

-Parece que no estás muerta -dice finalmente.

-¿Quién es, mamá?

-¿Esta niña es tuya?

-Tampoco estás viviendo bajo un puente ni estás moribunda en ningún hospital. Y podría asegurar que no has perdido la memoria.

-Quizá si me dejas sentarme con vosotros podría...

-No, ya nos vamos.

-Cristina...

-Vamos Berta, el tren nos espera.

Levantándose, Cristina prácticamente arrastra a su hija con ella, pero se detiene unos metros después y, volviéndose, le suelta a la mujer:

-Nos espera a las dos.

Sin abrir boca, Berta persigue, literalmente, a su madre por los pasillos del centro comercial hasta las escaleras mecánicas que llevan a la estación de tren subterránea. Las maletas con ellas. Los ojos de la madre tienen ahora un cristal líquido que los cubre. La hija la mira, pero no es hasta que ambas están sentadas en el tren que le pregunta quién era.

-Alguien a quien yo me quería parecerse de pequeña.

Y el tren marcha hacia el norte, con los ojos de una mujer rondando la cincuentena, aproximadamente, que se pregunta si ella no debería haber subido hace muchos años, cuando aún estaba a tiempo.