Yoko Ono y el racismo

17.06.2019

(por @incomp_let)

El sábado pasado estuve en un concierto-exposición en Vallekas donde no hubiera desentonado Yoko Ono cantando como las ballenas. Le conté a Erik, el cantante del grupo, que así lo había descrito a mis amistades antes de ir, después de escuchar el audio ejemplo que me puso Ramiro; Erik se rio. Además de la música, pinta cuadros y tatúa. Tiene una mirada profunda e inmaculada, una calidad de escucha que impresiona hoy en día, y sobre todo, huele a vida.

Llegué antes de la hora y en la puerta había dos chavales y una chica, muy del barrio. Me miran discretamente; probablemente no sabían qué pintaba allí, aunque no voy ni mucho menos encorbatado; llevo zapatillas de marca, pantalones de pitillo, y una camiseta de los hippies que puede ser informal o no, dependiendo de con qué la combines; ellos no imaginaban que hace veinte años yo estuve empadronado también en Vallekas, concretamente vivía en la zona fea: Entrevías. Ellos no sabían que cuando era adolescente todos los viernes por la tarde yo iba de mi casa a los bajos de Arguelles por la calle del bar de los nazis, pudiendo haber elegido ir por la calle de arriba o la calle de abajo; de esa forma comenzaba mi sesión de cardio de los fines de semana donde ellos nos perseguían hasta la puerta del Lemmy, un bar heavy, y cuando llegábamos, nosotros y nuestros amigos también melenudos les perseguíamos a ellos hasta la puerta de su bar; dos o tres vueltas hasta que nos cansábamos y ya teníamos cosas de qué hablar; cosas de la chavalería.

Volvamos sobre el pasado más reciente. El caso es que llegamos antes del concierto y empiezan a llegar amigos de amigos, gente maravillosa; entre ellos hay un joven brasileño, con sus rastas hechas moño, camisa de cuadros, vaqueros y chanclas. Otro tipo con una luz en la mirada de infarto. No creo que sea un hombre guapo, pero el caso es que toda su estética va en armonía y eso le confiere una cierta belleza. Hugo, que es como se llama, toca el saxofón, y lo llevaba en la mochila, así que Erik naturalmente le invitó a tocar con ellos. No sé si naturalmente, pero a mí me tenían todos impresionado. El caso es que Hugo respondió con su acento: yo fluyo. El caso es que el cabrón fluía. Se armonizaron, y dieron el concierto, el público les pidió una de Shakira... no, esta parte es broma; en realidad no se trataba de una música ni comercial, ni alternativa; lo definiría como una música incómoda, pero no mal tocada, sino simplemente otra música, ¿electro punk? Erik gritaba y llegó a tirarles cosas al público. Ya me había dicho que si quería salir a leer poesía al escenario que lo hiciera, pero no llevaba nada escrito, aunque me dieron ganas de salir a destruirles la vida a todos. Terminó el concierto, y salió otro grupo, más rock, más entendible, o cómodo, o algo más a lo que estamos acostumbrados. Nosotros salimos a la puerta y formamos corrillos para charlar. Comenzamos a hablar de la vida en los países latinoamericanos, sobre todo de Brasil, de donde eran la mayoría. Hablamos de la democracia, del ecosistema, de la infancia...

El caso es que acabé contándoles la historia de una compañera de clase a la que le llegó la xenofobia junto con la primera menstruación. Lo particular de la historia es que nuestro profesor de inglés, al que conocíamos desde los cinco años de edad, es negro. Un tipo con el que prácticamente te has criado, que te ha limpiado los mocos, que nos hacía guiñoles con los que nos divertíamos el horror, de repente te molesta porque es negro. No es que te moleste por su comportamiento, es que de la noche a la mañana te has dado cuenta de que los negros son malos; y no es que te pongas a la defensiva, es que pasas a la ofensiva y empiezas a insultarle en medio de la clase; llamándole negro. Ahora que lo pienso, no éramos muy originales porque creo que él ya sabía que era negro. De hecho era uno de los pocos negros que había en España cuando yo era pequeño, una época en la que ver un negro en el metro era raro. Seguro que os suena porque es actor; salía todas las navidades haciendo de Baltasar en los anuncios de juguetes. No os diré el nombre, os dejaré pensar en ese negro anónimo que os marcó la infancia, al que seguro que esperabais con ilusión la noche reyes. Con ilusión, no con miedo.

Les conté además que me he echado unos amigos peruanos, y además unos amigos colombianos que actualmente viven en Francia, y que frecuentemente les hago chistes racistas. No lo hago como exaltación del racismo, sino precisamente lo contrario, para llegar al absurdo del tema. Les puse algunos ejemplos, pero al cabo de tres, Hugo me hizo un gesto con la mano y me pidió que parase con eso. Ya estaba cansado de estar por allí, quería irme a casa, pero debo admitir que ese gesto me hizo sentirme un extranjero. De alguna manera ese chico mantenía sus principios en alto, le molestaron mis comentarios y me lo hizo saber. De camino a casa me sentía un poco mal porque no quería ofenderle, pero realmente mi pensamiento funciona de otra manera. No considero que algo deje de existir por dejar de hablar de ello. El contraste con esa gente tan íntegra me hizo sentir como un demonio que aguanta el ratito que debe pasar dentro de una iglesia. Mentalmente me considero más incómodo que la música de Erik.

Recordé una conversación que tuve con un amigo íntimo, psicólogo, sobre los prejuicios. Me afirmó que todo el mundo tiene prejuicios, porque es una forma de almacenar información en formato reducido dentro de la mente. Los prejuicios son el JPG o el MP3 de la cabeza. La mente ahorra esfuerzo con ello. Es para darle unas vueltas. Es para empezar a descomprimir archivos sobre la mesa y mirar qué prejuicios tenemos nosotros.