Zas, patam, flish

20.04.2018

Zas. Patam. Flish.

Lo he hecho.

Náuseas, terribles. Ya me advirtieron. Sin todavía poder levantarme vomito ruidosamente sobre el suelo, solo bilis, llevo cuarenta y ocho horas en ayunas, lo requerido.

Dolor de cabeza, horrible. Ya me advirtieron. Cuando ya no me queda nada por vomitar la sien parece estallarme y me cubro la cabeza con las manos en un acto reflejo, caigo al suelo, quizá sobre lo vomitado, no lo sé.

Desorientación, espantosa. Ya me advirtieron. Cuando consigo zafarme del dolor de cabeza y me levanto, no sé quién soy, dónde estoy, qué hago aquí, sea donde sea este aquí. Me invade por unos instantes la sensación de haberlo perdido todo, de haber caído en un abismo, de estar a punto de ser pisado por un pie gigante.

Sigo los pasos que me enseñaron: cierro los ojos, me mantengo en pie, respiro honda y pausadamente y busco algo en mi memoria, un anclaje. Necesito anclaje. ¿Pero qué es? Acuden a mí unas notas musicales, una melodía sencilla, que va cobrando forma, que toma sentido. Sí, la canción, ese es mi anclaje. Y desde allí empiezan a salir, como arpones, como patas de un pulpo, otros recuerdos. Poco a poco mi cerebro se va situando, de dónde vengo, cómo he llegado hasta aquí, por qué, quién. Abro los ojos.

Estoy en una sala grande de una casa grande, señorial, victoriana. Alguna de las sedes del Régimen, sin duda. Sí, Londres ya no existe. Llevo el biotraje, lo único que puede viajar conmigo. En alguno de los bolsillos debe de estar, efectivamente, aquí, el envoltorio de bioplástico con las pastillas. Me tomo una. Siempre me ha costado tragar sin agua y más ahora, con la boca seca. Agua. Exacto, el siguiente paso es encontrar agua, mi cuerpo se ha descompuesto y vuelto a componer y lo que se pierde en este trance es líquido. Antes, sin embargo, debo comprobar que la casa está vacía. El biotraje lleva incorporada una biomochila y dentro, aquí están, las arañas. Las saco con cuidado del envoltorio de carbono y las dejo en el suelo. Al principio, los arácnidos se muestran desorientados, como me ha pasado a mí, luego se ponen a trabajar. Seis arañas que recorrerán la casa y enviarán las señales de todo lo que encuentren al biotraje que, a su vez, trazará un mapa que podré ver mentalmente. Deberían ser siete, pero una ha aparecido muerta, ya me advirtieron.

Todo según lo previsto. Necesito que las cosas sean previsibles ahora mismo. No hay nadie, la humanidad ya ha quedado prácticamente extinguida por estas fechas. Las arañas han enviado sus señales, la casa está desierta. Yo vengo de los primeros kilómetros del desastre, del camino que llevaba a un agujero sin fondo que todos veían, pero plaf, de lleno. Me he preparado para esto, estoy listo, soy listo. Casi un año de entrenamiento exhaustivo para un viaje único que debe de durar lo menos posible. Cientos de viajes al pasado para cambiar el futuro y resulta que debíamos viajar al futuro para cambiar al pasado. La magia de las paradojas temporales. Debo encontrar el estudio. Miro el mapa mental, ahí lo tengo, en la planta baja, al lado de la biblioteca.

La casa, o debería decir mansión, enorme, majestuosa, se mantiene limpia, no hay restos de polvo, hace poco alguien ha debido de limpiar. Es curioso, pienso cruzando un largo pasillo, que alguien pierda el tiempo limpiando cuando el mundo se está acabando. Las paredes están decoradas con un papel color verde matiz con lirios en relieve de un verde más claro, el suelo está cubierto de moqueta tirando a granate, hay muebles con objetos de decoración inútiles cada dos o tres metros, puertas que no tengo porque abrir cada cinco o seis, a ambas bandas. Me detengo en un mueble bar que hay en un espacio más ancho del pasillo y bebo una botella entera de agua sin respirar. Al final, o casi al final, la penúltima puerta, es el estudio. Mi tarea es fácil: hallar los archivos de la Resistencia y enviarlos, según todos los cálculos este caserón es el último bastión del Régimen y aquí está todo. Hay también, algo paradójico en esto, pero no he venido a cuestionar nada. Sin embargo, destruir a la Resistencia cuando fue el Régimen quien acabó con todo, resulta una contradicción a tener en cuenta. Mis maestros ya me lo explicaron, no he logrado entenderlo del todo, pero no he venido a cuestionar nada: hace setenta años, cuando yo soy un niño, se producen una serie de revoluciones en cadena en los países subdesarrollados, apoyados por la autodenominada Resistencia al Capitalismo en los países desarrollados. La injusticia de la inmigración, de la desigualdad. Una injusticia necesaria para el equilibrio, me dijeron. Y me lo creí, no estoy aquí para cuestionar nada. Debido a eso, los países occidentales: Europa, Estados Unidos, Canadá, los poderosos, empezaron a establecer una serie de medidas cada vez más cerradas, cada vez más agresivas, hasta que tuvo que instaurarse el Régimen. Ellos no lo llamaron así, lo llamaron Pacto de Szolnok, la ciudad húngara donde se celebró la cumbre de los 8. Luego vinieron las guerras, los escondites, la creación de ciudades estado, los cambios en el mapa, la gente abandonó sus casas ante las invasiones de hordas violentas, autóctonas y extranjeras, el capitalismo moría ahogado en su propia agua. La creación de estas ciudades nuevas, auténticos búnkeres, contuvo durante un tiempo los embates, pero nada dura eternamente, y todas las balas acaban cayendo si no encuentran un blanco. Esto es cosecha mía, me lo contaron de otra forma.

Entro en el estudio, hay una mesa antigua con un ordenador mucho más avanzado que los que he visto nunca. Una pantalla panorámica apagada me saluda. En mi memoria, está la clave de acceso. Lo enciendo.

  • Te estás preguntado cómo es posible que sepas la clave de acceso de un ordenador que, de dónde tú vienes, todavía no existe. ¿Correcto?

Pego un bote que me hace tirar un jarrón, seguramente muy valioso, al suelo, y se rompe en cuatro pedazos casi exactos, como si ya hubiera caído otras veces y supiera por donde romperse. Las arañas no me han avisado, según ellas no debería de haber nadie. Veo la cabeza de un hombre sentado en un sillón, de espaldas a mí. Su voz me resulta familiar.

- Las arañas no han podido detectarme porque las he manipulado yo, antes de que vinieras.

- ¿Cómo...? -no acabo de formular la pregunta, recuerdo la bioarma que llevo, la saco rápido, como me enseñaron y apunto al sillón.

- Y te has preguntado, un montón de veces, por qué te eligieron a ti, precisamente, de entre todos los candidatos. De hecho, podríamos decir que prácticamente vinieron a buscarte. ¿Correcto?

Nadie me advirtió de esto. Estoy asustado. Si encontraba alguna forma de vida humana del futuro debía de matarla antes de que me viera, pero ya me ha visto. O solamente me ha oído entrar ahora, al acecho, alertado por la presencia de las arañas.

- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

- Lo mismo que tú.

Ese tono, ese timbre de voz. Yo le conozco.

- Si me giro, ¿prometes no disparar? Yo no voy a dispararte, sería perjudicial para mí.

- De acuerdo -digo, inexplicablemente miedoso-, gírate con las manos en la cabeza.

- Lo haré, lentamente.

Lentamente, el sillón gira sobre sí mismo y ante a mí aparece...

- No es posible.

- Claro que lo es.

- Eres, ¿yo?

- O tú eres yo, depende de cómo se mire.

Ahora ya no estoy asustado, ahora tengo la sensación de formar parte de una alucinación increíble, perfecta, completa. Si fuera un sueño provocado por el viaje tendría distorsiones, no habría tantos detalles. La pastilla, pienso, es un alucinógeno, me han engañado.

- Qué rápidamente te lo estás cuestionando todo, ¿verdad? -dice el otro yo en el sofá. Con el mismo traje, el mismo peinado, todo exactamente igual que yo- Oh, espera: tú no estás aquí para cuestionarte nada. ¿Correcto?

Deja ir una risita burlona. No he dejado de apuntarle, aunque el pulso me tiembla tanto que si acertara sería por azar. Si esto fuera una alucinación provocada por una pastilla, tendría que haber otros efectos: sensación de euforia, de tristeza, de ira, de bienestar, de desubicación. Pero solo tengo miedo.

No, no es la pastilla-dice él como si leyera mi pensamiento-. Y no, no estoy leyendo tu pensamiento, soy tú o tú eres yo, de manera que cuando yo estuve en tu lugar pensé exactamente lo mismo que piensas tú ahora.

- ¿En mi lugar?

- Claro, mira que soy tonto. Estoy aquí, de manera que primero tuve que venir, pensar que encontraría el archivo de la Resistencia y que podría enviarlo. Pero me ocurrió lo mismo que a ti, cuando llegué, yo ya estaba.

- No, no comprendo, yo no...

- Deberías dejar de apuntarme con la bioarma, es desagradable hablar con esto mirándote. Y me duelen los brazos aquí arriba.

- No dejaré de apuntar hasta...

- Hasta que estés seguro. Claro, claro, me olvidaba. Verás. Evidentemente no es la primera vez que haces este viaje en el tiempo hacia el futuro.

- ¡Claro que sí, es mi primer viaje!

- No, no lo es. Viajaste aquí antes y por eso yo, o sea tú, ya estás aquí. Pero cuando yo, o sea tú, llegué, ya había otro yo, o sea otro tú, aquí, que además me explicó lo que te estoy explicando yo ahora, de manera que ya había habido otro tú antes. Y seguramente otro antes, y otro, y otro... ¿Me sigues?

- ¿A dónde?

- Que si me entiendes. ¿Cómo puedo ser tan zopenco?

- Te equivocas, este es mi primer viaje.

Y entonces me lo cuenta todo de mí. Me explica mi vida, todos mis recuerdos, en un relato durante el cual olvido a qué he venido, olvido aprendizajes que durante un año me hicieron sentir especial, se borran de mi memoria todos los juicios que he ido emitiendo y conservando. Bajo el arma mientras le oigo hablar de mí, de mis noviazgos, de mis sentimientos en determinadas situaciones, de mis secretos, de mis mentiras, de mis aciertos y mis errores, de mi recorrido hasta llegar, exactamente, hasta dónde estamos, estoy, ahora.

- Y por eso tú, y solamente tú, tienes la contraseña del ordenador, porque ya has estado aquí. Por eso vinieron a buscarte. ¿Sigues dudando?

Ya no puedo dudar. Me siento en el escritorio. En la pantalla un recuadro pide desde hace mucho rato, una contraseña de acceso.

- ¿Y ahora qué? -pregunto, desanimado.

- Pues debes introducir la contraseña y enviar los datos a tu presente. Así yo podré volver.

- ¿Y qué pasa conmigo?

- Tendrás que quedarte aquí hasta que vuelvas, y repetir la operación.

- ¡Pero esto no tiene ningún sentido! -exclamo, ofendido por la idea de pasar no sé cuánto tiempo aquí.

- ¿Viajar al futuro para cambiar el pasado tiene sentido? Claro que no, por eso estamos encerrados en este bucle idiota. Pero no te preocupes, en realidad no pasa ni un día. De hecho, inmediatamente que yo me haya ido, aparecerá el nuevo. Tardarás unos minutos en entrar en el estudio. Siempre viajas al mismo momento.

- ¿Alguna vez he probado a romper este ciclo?

- Sí, yo mismo. Pero no sirve de nada. Te he dejado una lista con las cosas que he tenido tiempo de probar, acumuladas a las cosas que han probado tus yo anteriores. Como todos tenemos la misma letra y escribimos con el mismo bolígrafo, y además pasan solo unos minutos entre el uno y el otro, que en realidad no son minutos ya que si no el día no pasaría, simplemente se produce algún tipo de flexión en el espacio-tiempo y vuelves atrás cuando yo me voy, pues es difícil saber cuántos de nosotros hemos escrito en la lista. Bueno, un jaleo todo. Hala, dale a la contraseña.

- Cuando vuelvas, podrías decirles que se están equivocando al enviarme aquí, eso lo solucionaría.

- Ya lo has intentado. Pero al volver vuelvo a un pasado alternativo, ¿es frustrante verdad?

Sin saber exactamente por qué, introduzco la contraseña, entro en los archivos que mi otro yo me dice cuáles son, y los envío al pasado. Por alguna razón los datos pueden viajar en el tiempo también. Delante de mí, desaparezco. Me quedo un rato perplejo hasta que oigo unos ruidos que provienen del otro lado de la casa:

Zas. Patam. Flish.

Y el chapoteo de un vómito. Ya me advirtieron.

Este relato fue escrito y publicado originalmente en: dekrakensysirenas